Hay mujeres (inteligentes) que me leen. Eso dijo Lau el otro día en la senda. El paréntesis es mío. Literario. Yo le había contado sobre los correos que había recibido, las reacciones, a su proposición cuando me picó la medusa. Risas.
—¿Ahora los artefactos van a ser de humor? —continuó, los dos allí caminando. El mar, a un lado; la carretera llena de coches, al otro—. No estaría mal. Viene bien reírse un rato.
Mientras sea humor inteligente, pensé. Y esté bien escrito, con estos giros anti-logarítmicos, estos artefactos serán lo que tengan que ser. De humor, también. Aunque creo que el de hoy va por otro lado. O no.
La culpa la tienen estas dos fotografías.


La persona es la misma: Anne Carson. Una poeta. Le acaban de dar el Premio Nobel de Literatura. En 2020 ya le habían dado el Premio Princesa de Asturias de las Letras. Aun así, su obra, en España, era escasa. Es. Publicada por Pre-Textos, Vaso Roto y Lumen (que hace doblete aquí y en Argentina). ¿Por qué? La respuesta es muy sencilla: porque por muy “eterna candidata a los Nobel” que Anne Carson fuera, por muy “poeta viva más importante de las letras anglosajonas” escribía, y escribe, poesía. Y, no contenta con eso, sus poemas son ensayos narrativos. Y todavía hay más: siempre anda a vueltas con los griegos. Pero no los griegos de ahora que trafican con petróleo; la obra de Anne Carson está repleta de referencias a Homero, Eros, Gerión, Hércules, Platón, Safo… esa calaña. Pues la semana pasada le dieron el Premio Nobel de Literatura y ahora resulta que toda España la ha leído. En serio. En serie. No dejo de ver mensajes, artículos, noticias, posts y hasta en los grupos familiares de WhatsApp la gente habla de Anne Carson y su obra, de su erudición y de esa manera que ella tiene de mezclar emoción y pensamiento, oye. Que lo hace como nadie. Y con sentido del humor. Parece mentira, ¿cómo no nos habíamos dado cuenta?
Anne Carson, una poeta que se ganaba la vida dando clases de Griego. Me imagino que ahora, a sus casi ochenta años, sería una jubilada activa (si es que eso existe en Canadá). Y venga todo el mundo a hablar de ella. Que si a los quince años, en un centro comercial, vio un libro raro y se lo compró. Que si la profesora de latín le daba clases a la hora del recreo. Y la niña, Anita, terminó el Bachillerato y se matriculó en Lenguas Clásicas. Por lo del Griego. Vaya disgusto para los padres, supongo. ¿No podrías estudiar algo con más salida? ¿Una ingeniería? ¿Informática? ¿Una FP? Y la niña, ¿pues no va y deja la carrera? Y después vuelve, la termina y se va a Escocia a profundizar sus conocimientos en métrica griega y crítica textual clásica. Un libro por aquí (el primero de poesía a los 42), una traducción por allá, mientras da clases en Princeton, la Universidad de Nueva York o la de Michigan, y Anita se convierte en Anne Carson, la mujer de la foto. ¿Cuál de las dos? Ambas. Depende de quien te la esté vendiendo. De quién te esté hablando de ella. ¿Y? Que da igual. Que, a los poetas, los escritores, no hay que mirarles la fotografía, ni cotillear sus vidas. A los poetas, a los escritores, hay que leerlos. Porque es su obra la que tiene que hablar por ellos.
Sabes hace años estuve casada y cuando se fue mi marido se llevó mis libretas.
Libretas con espiral.
Ya sabes ese frío y ladino verbo escribir. Le gustaba escribir, no le gustaba tener que empezar
él mismo cada pensamiento.
Utilizaba mis comienzos con varios propósitos, por ejemplo en un bolsillo encontré una carta que había empezado
(a su amante de aquel momento)
que contenía una frase que yo había copiado de Homero: ἐντροπαλιζομένη, es como cuenta Homero
que Andrómaca se fue
cuando se separó de Héctor: «mirando a menudo hacia atrás»
bajó
de la torre de Troya y fue a través de las calles empedradas a la casa de su leal
marido y ahí
con sus mujeres entonó un lamento por un hombre con vida en su propia morada.
Leal a nada
mi marido.
¿Entonces por qué le amé desde la temprana adolescencia hasta entrada la madurez
y la sentencia de divorcio llegó por correo?
La belleza. No tiene mucho secreto. No me da vergüenza decir que le amé por su belleza.
Como volvería a hacerlo
si se acercara. La belleza convence. Ya sabes que la belleza hace posible el sexo.
Este es un fragmento de La belleza del marido. Un ensayo narrativo en 29 tangos de Anne Carson. Si te interesa, seguro que lo tienen en tu biblioteca habitual.
Esta semana me he alargado demasiado. Quería hablarte también de un escritor que lo dejó todo, literalmente, para ponerse a escribir. Y no le han dado el Nobel. Lo guardo para el próximo artefacto.
¿Y los gatos? Estupendos. Ahora están subidos al tejado de la caseta y cotillean la calle desde ahí. Lau y yo (entre conversaciones y paseos, seguimos con la idea de cambiar de decorado) intentamos que no se rompan la crisma al bajar.
Con amor,
Pedro
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