Había escrito dos artefactos para hoy. El primero contaba mi paseo del miércoles, cuando voy a dar clase en la biblioteca Cánovas del Castillo en el centro de Málaga. Gentrificación, guiris y una dosis de actualidad: la noticia, que nos salpica a todos, de que Maricarmen ha muerto. En el segundo de los artefactos contaba lo que nos pasó el domingo: me picó una medusa y Piter, que ya debe andar por los seis meses gatunos, se cayó al patio del vecino. Un trocito de vida, a ratos cómico, incluso patético.
Le pregunté a Lau cuál le apetecía leer. El segundo, dijo. Estábamos en el sofá, acabábamos de comentar algo sobre esa idea loca, ya un propósito, de irnos a vivir al campo. Este curso. En eso estamos.
El domingo por la mañana me picó una medusa
Habíamos corrido cinco kilómetros (seguimos sin coger el ritmo) y Lau, que no perdona una, se metió al mar sin pensárselo. Yo, más tímido, le pregunté, todavía sin quitarme las zapatillas de correr, si estaba fría.
—No —respondió.
—¿Y sucia?
Turbia sí que estaba. No se veía el fondo, pero no tenía esa capa de aceite, y vete tú a saber qué, con la que nos había recibido las últimas veces. Y me metí.
El agua estaba a la misma temperatura que el aire, 23 grados. Lo miré después. Y disfruté de un par de brazadas mar adentro. Me quedé flotando. Y entonces lo sentí. Un ligero pinchazo en el cuello.
—¡Ah!
Pensé que me había clavado el colgante. O que algo me había tocado, pero ¿cómo vas a pensar? Y, entonces, otro pinchazo, este más fuerte. En el antebrazo. Noté algo que lo recorría. Y volví a gritar. Lau y yo reaccionamos. Y empezamos a nadar hacia la playa como si nos persiguiera el monstruo del Lago Ness. Es angustioso no saber de lo que huyes. Nadar en una dirección sin saber si te diriges hacia la salvación o hacia una trampa todavía peor. Salir de Málaga y meterte en Malagón. Pero si, nadando en el mar, te sientes en peligro, tu instinto te conduce a la orilla. Y eso hicimos.
Una vez allí, la conclusión fue rápida, fácil. No había sido el monstruo del Lago Ness. Con la ilusión que a mí me hacía. ¿Un ictiosaurio? Seguramente, una medusa, moribunda. Mi piel estaba irritada, se había empezado a convertir en una ampolla que me recorría todo el antebrazo. El cuello, yo no podía verlo, Lau me comentó que solo estaba irritado.
—Agua, agua de mar —repetía.
Y volvimos a la orilla para que me la echara por encima. Fue entonces cuando dijo algo que le va a dar mucha vergüenza leer, pero lo dijo. Puede que me cueste mi matrimonio:
—¿Te meo?
Ahora los dos sabemos que es una leyenda urbana, que no es un remedio para las picaduras de medusa, pero prometo por mi palabra de escritor que me lo ofreció. Supongo que bromeaba. Pero allí, en el fragor de la batalla, ¿lo hubiera hecho? Universos cuánticos aparte, algo nerviosa sí que estaba. Yo, sin embargo, estaba tranquilo. No tenía dolor fuerte, era como una quemazón, y estaba concentrado en el antebrazo.
—Si me llega a pillar la cara…
—O un ojo —dijo Lau, siempre tan positiva.
Seguimos allí en la orilla, en la playa vacía, incluso comentamos que así estaba al principio de los tiempos, en 2018, cuando nos vinimos a vivir a este pueblo que ha dejado de ser residencial para convertirse en dormitorio. El matrimonio que nos vendió la casa se mudó a la Cruz del Humilladero. Para estar al lado de los nietos, nos dijeron. Esto es un cementerio viviente, sentenciaron. Justo lo que nosotros veníamos buscando. No contábamos con el éxodo malagueño. Ni con el cambio climático. Seguimos cinco grados por encima de la máxima histórica. Aquí, donde la Axarquía se besa con el Mediterráneo, ya no quedan solares ni descampados, todo son edificios o explotaciones de mangos. ¿Hay agua para tanto? Y solo una depuradora. Con esta conversación, o una muy parecida, dejamos que pasara el tiempo y la ampolla de mi antebrazo se convirtiera en más ampolla.
Decidimos que si iba a más, buscaríamos una farmacia abierta, preguntaríamos a una persona humana cuál es la evolución de la picadura de una medusa, pero que, por ahora, seguiríamos con el plan original: correr cinco kilómetros, baño en el mar, comprar dos cruasanes y subir a casa a desayunar como vikingos.
Y eso hicimos.
O eso íbamos a hacer porque, durante los preparativos, a Piter le dio por subirse por primera vez al muro del jardín. Y, no contento con eso, se dirigió a la parte más alta y de allí saltó a la caseta del vecino. Que tiene el tejado inclinado. Y Lau, que estaba llamándole comida en mano, vio como el gato saltaba y desaparecía al resbalar por el tejado. Y Simba ya estaba en lo alto del muro maullando como una sirena. Y Piter, desde abajo, maullando que su alma se le perdía. Y yo que buscaba las llaves y el móvil, cogía el transportín y me iba para la casa de Carlos, el vecino, rezando para que estuviera. Carlos o su esposa o su hijo.

