Antes de que se me olvide:
Gracias por vuestros mensajes. Parece que “Caja” gustó. Es posible que tomemos ese rumbo.
Ya sabéis que compartimos jardín con Felixa, la gata parlanchina. Las ballenas también hablan. Aquí tienes un diálogo entre ballenas azules, los animales más grandes de la tierra. Lo compartieron Tania Alonso y Juan F. de Planeta Mauna Loa, uno de esos boletines a los que sí merece la pena estar suscrito.
Y, ahora, vamos con el artefacto de esta semana. Está dedicado íntegramente a un libro, El olvido que seremos, que hemos leído, analizado y diseccionado en el Club Literario de Torremolinos. ¿Quieres que lo comentemos tú y yo? Escríbeme.
Un libro sobre padres e hijos. Sobre la relación de un padre con su hijo, el autor. Las memorias del hijo. La biografía del padre. La historia reciente de un país llamado Colombia. Todo esto es El olvido que seremos de Héctor Abad Faciolince. También es un poema de Borges, el poema que llevaba el padre, el día que le mataron, en el bolsillo. Lo de que matan a su padre lo cuenta el propio autor, el hijo, en la primera página. Este libro no es de esos libros en los que tienes que descubrir quien es el asesino. Ni esperas, por un momento, que se salve. Para eso han hecho la película. No la he visto. No necesito hacerlo. Está en Netflix. Hace tiempo que nos dimos de baja y no lo echamos de menos.
Hoy solo quiero hablarte de un libro. Este, que debería estar en todas las bibliotecas. Por lo que transmite. Por su forma.
Incluso al final de su vida mi papá había empezado a cultivar rosas en la finca por un motivo muy simple, que contó en una entrevista: «¿Por qué las rosas? Simplemente porque a mi esposa, Cecilia, le gustan mucho las rosas». Mi mamá, a su vez, trabajaba tanto, en el fondo, por una causa altruista: para que mi papá no se tuviera que preocupar por ganar plata, e incluso para que pudiera regalarla, como le gustaba, sin pensar que estaba descuidando a la familia, pero sobre todo para que pudiera mantener su independencia mental en la Universidad, para que no pudieran callarlo, como es tan común aquí, con la amenaza y la presión del hambre.
Recomendaciones 100% personales
Si esto te parece interesante, échale un vistazo a las obras que he comentado durante estos años: más de 600 libros, películas, series y documentales que merece la pena recordar.
Conocí a Abad Faciolince en una comida, en A Coruña, gracias a mi querido Javier Pintor (¿Qué será de él? Tengo que llamarlo). Apenas fueron un par de horas, demasiado poco tiempo. Me pareció un tipo (al pensar en él me sale esta palabra, perdón si es demasiado informal), un tipo afable, tímido. Mencionó varias veces a sus hermanas (que también ocupan una gran parte del libro, de la historia compartida de su padre). Lo último que supe de él, cuando todavía tenía Instagram, es que andaba por Ucrania intentando parar los misiles rusos. Al final, se le contagió la valentía de su papá.
Para mi papá el médico tenía que investigar, entender las relaciones entre la situación económica y la salud, dejar de ser un brujo para convertirse en un activista social y en un científico. En su tesis de grado denunciaba a los médicos-magos: «Para ellos, el médico ha de seguir siendo el pontífice máximo, encumbrado y poderoso, que reparte como un don divino familiares consejos y consuelos, que practica la caridad con los menesterosos con una vaga sensación de sacerdote bajado del cielo, que sabe decir frases a la hora irreparable de la muerte y sabe disimular con términos griegos su impotencia». Se enfurecía con quienes querían simplemente «aplicar tratamientos» a la fiebre tifoidea, en lugar de prevenirla con medidas higiénicas. Lo exasperaban las «curaciones maravillosas» y las «nuevas inyecciones», que los médicos daban a su «clientela particular» que pagaba bien las consultas. Y la misma revuelta interior la sentía contra quienes «sanaban» niños, en vez de intervenir en las verdaderas causas de sus enfermedades, que eran sociales. […]
Decía que la sola medida de dar agua potable y leche limpia salvaba más vidas que la medicina curativa individual, que era la única que querían practicar la mayoría de sus colegas, en parte para enriquecerse y en parte para aumentar su prestigio de magos de la tribu. Decía que los quirófanos, las grandes cirugías, las técnicas de diagnóstico más sofisticadas (a las que sólo tenían acceso unas pocas personas), los especialistas de cualquier índole o los mismos antibióticos —por maravillosos que fueran—, salvaban menos vidas que el agua limpia. Defendía la idea elemental —pero revolucionaria, ya que era a favor de todo el mundo y no de unos pocos— de que lo primero es el agua y no deberían gastarse recursos en otras cosas hasta que todos los pobladores tuvieran asegurado el acceso al agua potable.
Sí, esto pasaba hasta hace bien poco. En Colombia. Y aquí. Olvidamos demasiado pronto. ¿Por eso escribimos?
Los libros son un simulacro de recuerdo, una prótesis para recordar, un intento desesperado por hacer un poco más perdurable lo que es irremediablemente finito. Todas estas personas con las que está tejida la trama más entrañable de mi memoria, todas esas presencias que fueron mi infancia y mi juventud, o ya desaparecieron, y son sólo fantasmas, o vamos camino de desaparecer, y somos proyectos de espectros que todavía se mueven por el mundo. En breve todas estas personas de carne y hueso, todos estos amigos y parientes a quienes tanto quiero, todos esos enemigos que devotamente me odian, no serán más reales que cualquier personaje de ficción, y tendrán su misma consistencia fantasmal de evocaciones y espectros, y eso en el mejor de los casos, pues de la mayoría de ellos no quedará sino un puñado de polvo y la inscripción de una lápida cuyas letras se irán borrando en el cementerio.
Pero sobre todo escribimos para terminar de sanar. Cuando la herida está a punto de convertirse en cicatriz, entonces.
…con el poder evocador de las palabras. Si las palabras transmiten en parte nuestras ideas, nuestros recuerdos y nuestros pensamientos —y no hemos encontrado hasta ahora un vehículo mejor para hacerlo, tanto que todavía hay quienes confunden lenguaje y pensamiento—, si las palabras trazan un mapa aproximado de nuestra mente, buena parte de mi memoria se ha trasladado a este libro, y como todos los hombres somos hermanos, en cierto sentido, porque lo que pensamos y decimos se parece, porque nuestra manera de sentir es casi idéntica, espero tener en ustedes, lectores, unos aliados, unos cómplices, capaces de resonar con las mismas cuerdas en esa caja oscura del alma, tan parecida en todos, que es la mente que comparte nuestra especie. «¡Recuerde el alma dormida!», así empieza uno de los mayores poemas castellanos, que es la primera inspiración de este libro, porque es también un homenaje a la memoria y a la vida de un padre ejemplar. Lo que yo buscaba era eso: que mis memorias más hondas despertaran. Y si mis recuerdos entran en armonía con algunos de ustedes, y si lo que yo he sentido (y dejaré de sentir) es comprensible e identificable con algo que ustedes también sienten o han sentido, entonces este olvido que seremos puede postergarse por un instante más, en el fugaz reverberar de sus neuronas, gracias a los ojos, pocos o muchos, que alguna vez se detengan en estas letras.
Escribo esto para que vuelvas a leer este libro. Tendrás que hacerlo en digital porque perdí nuestro ejemplar en papel, quizá dedicado. Quizá prestado a un alumno desmemoriado. Me gustaría que volvieras a leerlo, te digo, con los ojos del ahora que no son los mismos. La historia de un padre y un hijo. La historia de un hombre que creía en lo que hacía, con sus virtudes y sus defectos, consciente de la responsabilidad que supone ser humano. Ojalá, algún día, nos amemos incondicionalmente, de esta manera:
una carta que siempre me ha dado confianza y fuerza. Transcribirla es un poco impúdico, porque en ella mi papá habla bien de mí, pero en este momento la quiero releer porque esa carta revela el amor gratuito de un padre por su hijo, ese amor inmerecido que es el que nos ayuda, cuando hemos tenido la suerte de recibirlo, a soportar las peores cosas de la vida, y la vida misma: «Mi adorado hijo: eso de las depresiones a tu edad es como más común de lo que parece. Yo recuerdo una muy fuerte en Minneapolis, Minnesota, cuando tenía unos veintiséis años y estuve a punto de quitarme la vida. Creo que el invierno, el frío, la falta de sol, para nosotros, seres tropicales, es un factor desencadenante. Y para decirte la verdad, eso de que de pronto desempaques aquí con tus maletas y dispuesto a enviar todo lo europeo para un carajo, nos pone a tu mamá y a mí en el colmo de la felicidad. Tú tienes más que ganado lo equivalente a cualquier “título” universitario y tu tiempo lo has empleado tan bien en formarte cultural y personalmente que si te aburres en la universidad es apenas natural. Cualquier cosa que tú hagas de aquí en adelante, si escribes o no escribes, si te titulas o no te titulas, si trabajas en la empresa de tu mamá, o en El Mundo o en La Inés, o dando clases en un colegio de secundaria, o dictando conferencias como Estanislao Zuleta, o como sicoanalista de tus padres, hermanos y parientes, o siendo simplemente Héctor Abad Faciolince, estará bien; lo que importa es que no vayas a dejar de ser lo que has sido hasta ahora, una persona, que simplemente por el hecho de ser como es, no por lo que escriba o no escriba, o porque brille o porque figure, sino porque es como es, se ha ganado el cariño, el respeto, la aceptación, la confianza, el amor, de una gran mayoría de los que te conocen. Así queremos seguir viéndote, no como futuro gran escritor, o periodista o comunicador o profesor o poeta, sino como el hijo, el hermano, el pariente, el amigo, el humanista que entiende a los demás y que no aspira a ser entendido. Qué más da lo que crean de ti, qué más da el oropel, para los que sabemos quien eres tú.
[…]
Tú sabes muy bien que las ambiciones de tu mamá y yo no son de gloria, ni de dinero, ni siquiera de felicidad, esa palabra que suena tan lindo pero que se alcanza tan pocas veces y apenas por períodos tan cortos (y que tal vez por eso mismo se aprecia tanto), para todos nuestros hijos, sino que por lo menos adquieran bienestar, esa palabra más sólida, más perdurable, más posible, más alcanzable. Muchas veces hemos hablado de la angustia de Carlos Castro Saavedra, de Manuel Mejía Vallejo, de Rodrigo Arenas Betancourt y de tantos cuasi-genios que conocemos personalmente. O de Sábato o de Rulfo, o del mismo García Márquez. Qué más da. Recuerda a Goethe: “Gris es, amigo, toda teoría (yo agregaría, y todo arte), pero sólo es verde el dorado árbol de la vida”. Lo que nosotros queremos es que tú vivas. Y vivir significa muchas mejores cosas que ser famoso, alcanzar títulos o ganar premios. Creo que yo también tenía desmesuradas ambiciones en materia política cuando estaba joven y por eso no era feliz. Sólo ahora, cuando todo eso ha pasado, me he sentido realmente feliz.
Se puede sentir lo mismo, sin necesidad de ser padre e hijo.

