Otro de esos momentos que no quiero olvidar, de esos que me gustará leer cuando el azar me devuelva a estas líneas.
Jorge, nuestro profesor de yoga, termina la clase con un pequeño discurso. No suele hacerlo. Estamos en savasana, la postura del cadáver, y, mientras reviso (a veces encuentro) aquello que se ha movido a nivel físico y mental durante la sesión, suena su voz, escucho sus palabras en un punto indeterminado del espacio. Solo para mí.
—Podemos clasificar los pensamientos en cuatro tipos principalmente: positivos y negativos. Necesarios e innecesarios. Si tienes un pensamiento negativo e innecesario, déjalo ir. Si tienes un pensamiento negativo, pero necesario, gestiónalo. Si tienes un pensamiento positivo, disfrútalo.
Casi nada.
Terminamos la sesión con tres “Om” y una ligera inclinación de cabeza, con las manos en el pecho. De agradecimiento. De comunión. Estos ratitos de yoga semanales son el mejor regalo que Lau y yo nos hacemos. Lo veo en su cara, cada jueves, cuando salimos del Aula de Movimiento Respira y nos dirigimos a nuestro coche, el Cerulian.
—¿Qué puedes hacer para estar mejor?
Nos miramos con complicidad, satisfechos, y nos repetimos esta pregunta que es una pregunta recurrente que nos hace Jorge. Y nosotros, como buenos yoguis que queremos ser, nos lo llevamos fuera de la esterilla. “¿Qué puedo hacer para estar mejor?” No confundir con “¿Qué es lo que me gusta hacer?”
“¿Qué puedo hacer para estar mejor?” implica aceptación, autoconocimiento y atención plena. Es una actitud hacia la vida que te abre todas las puertas, pero es difícil de mantener. “¿Qué es lo que me gusta hacer?, ¿qué me apetece?” es mucho más rápido, es llenar la nevera de ultraprocesados para no tener que cocinar. Es como pedirle a la IA que escriba un texto de mil palabras contándoles a mis lectores lo que dijo Jorge el otro día, lo bien que nos lo pasamos Lau y yo yendo a yoga, que añada una cita de Roger Deakin. Y después le incluyo dos giros de los míos y a correr. ¿Hacia dónde? ¿Para qué? A lo siguiente. Sin pasar por el ahora.
Ahora toca escribir un texto en el que Jorge dijo lo que dijo y yo sentí y pensé algo que ahora, al escribirlo, ya no es lo mismo porque en el proceso de escritura descubro aquello que no vi en su momento. Y más. Porque intento que alguien me entienda y, en este esfuerzo, ¿qué puedo hacer para estar mejor?, yo aprendo más de lo que creía aprendido, el recuerdo va más allá de la idea gracias al trabajo de mi subconsciente o del instinto o de vete tú a saber qué partes humanas están trabajando ahí dentro ahora mismo.
Y crezco.
Porque eso es lo importante: lo que sucede dentro de ti mientras estás haciendo lo que estás haciendo. Y si le dices a una máquina que lo haga por ti, ¿sabes lo que pasará dentro de ti? Nada. Es como si le pidieras a alguien, IA incluido, que te hiciera un resumen de un libro en lugar de leerlo tú mismo. No sirve. Respecto a la escritura, que es de lo que sé un poco, nuestra mente no funciona igual en modo “creación” que en modo “revisión”. Y ambos procesos son necesarios. Para seguir mejorando. O, por lo menos, para que mi mente siga trabajando. Y no sea una máquina la que dé forma a mis pensamientos. Porque son estos pensamientos los que dan forma a mi mundo. Como escritor, como persona. En eso estamos.
Fui a Gales porque es una tierra cargada de magia; porque la montañas Rhinog ofrecen un entorno salvaje donde tendría libertad para moverme como el humo de pipa en un salón de billar, con esa aparente despreocupación con que discurre el agua risueña entre el brezo, las rocas y la turba. Fui allí para alejarme todo lo posible de los poderosos estímulos que, según Wordsworth, nos impiden reflexionar como es debido en los tiempos que corren. Mi único objetivo era perderme por completo; desaparecer en aquellas colinas y lagos de montaña y pasar el máximo tiempo posible sin saber volver a casa. Y, si por el camino me encontraba con lugares donde nadar y darme algún chapuzón, cada cual más fortuito que el anterior, miel sobre hojuelas. Lo mejor de nadar por nadar es que todo se concentra en el aquí y el ahora; ni un ápice de su esencia o intensidad puede escaparse hacia el pasado o el futuro. El nadador se conforma con verse transportado por la corriente, plena de misterios, dudas e incertidumbre. Es como la hoja que cae al río, por fin liberada de los insignificantes designios de su vida.
Esta belleza pertenece a Diarios del agua de Roger Deakin. Cuenta la contraportada que la idea del libro se le ocurrió mientras leía “El nadador” de John Cheever. ¿Por qué no hago yo lo mismo?, se preguntó el autor. Y allá que se fue, a recorrer las islas británicas a nado. Qué envidia. Lo cuenta con gracia, gran cantidad de anécdotas y un montón de datos. Me faltan reflexiones. A ratos, me ha arrancado una sonrisa. Y otras veces me ha vuelto a enfadar con las leyes injustas e inmorales que se mantienen por el beneficio de unos pocos. Una oda a la libertad plena. La siguiente lectura será Diarios del bosque, del mismo autor, libro que comentaremos en el Club de Lectura de Medioambiente que coordino para la Universidad de Málaga. Un punto de encuentro para personas que buscan leer algo diferente, como dirían los participantes del Taller de escritura juvenil “Antidiotas”, un grupo de raritos, con perdón. A ellos también pienso preguntarles qué piensan de la dichosa y omnipresente IA.

