Siete vidas tiene un gato
Tenemos chico nuevo en la oficina. Se llama Simba y tiene 18 meses (21 años humanos). Es grande, muy grande. Está fuerte, algo fondón, pero ya he empezado a entrenar con él. Y a controlar sus calorías. Nada más salir del transportín se paseó por el salón como si fuera suyo. Demasiadas confianzas. Esa misma noche durmió con nosotros en la cama. Cualquiera se mueve con sus casi diez kilos pegados a las piernas. Hemos pasado de Felixa, la gata más pequeña y dicharachera, a Simba, un gato rechoncho y mudo. Al próximo que me diga “Los gatos son…” le pienso pegar un corte de los buenos. Este es el quinto y cada uno ha tenido su propia personalidad. Coincide con Telma, una mestiza persa que se paseó por estos artefactos hasta abril de 2023, en la forma de tumbarse en mi escritorio: necesita que alguna parte de su cuerpo esté en contacto con mi mano o, en su defecto, brazo. A ser posible, con la cabeza completa apoyada sobre mí. Se me había olvidado escribir así. Aprendiendo. De nuevo.
Otra cosa que se me había olvidado: los pelos. Con Felixa tomamos la decisión de que no entrara en casa. Con Simba hemos comprado una aspiradora sin cables. Por el bien de nuestro matrimonio. Queda por decidir si le dejamos que salga más allá del jardín. Yo soy partidario del régimen abierto, pero Lau no quiere que Simba se pasee por la urbanización y luego se meta con nosotros en la cama. Yo que sí, ella que no como en aquel penoso poema que escribí hace tantos años. Todavía no tenemos que decidirlo. En esta etapa de adaptación, el gato no debería ni salir al jardín, pero nos mira con una carita… Nosotros trajinando con las flores y él plantado al otro lado de la puerta de cristal. Se me rompe el corazón.



