El viernes vamos a Granada, al CES Cristo Rey. Estuve el curso pasado. Repito. Paseas por el Albayzín mientras yo hablo de Un ewok en el jardín con 250 alumnos. Prácticamente todo el centro está en el salón de actos. Todos se han leído el libro. Las responsables de esta hazaña son Salud y Belén, dos de las profesoras.
¿Eres docente en un instituto?
Si tus alumnos están leyendo alguna de mis novelas (Héroes, Un ewok en el jardín, Atlántico, etc.) o si quieres organizar un taller de escritura creativa en tu centro, consulta aquí los diferentes formatos. Se pueden adaptar a alumnos de ESO y Bachillerato. Disponible en cualquier provincia de España y online.
Es Salud quien me presenta. A mí y al libro. Disecciona el ewok, las tres partes, los tres estilos. Su epílogo. Después, A (no voy a escribir su nombre por si no quiere que quede aquí escrito). A ha intentado suicidarse dos veces. El año pasado le diagnosticaron autismo. Está aquí para contarlo. Se levanta de entre el público y se quita los auriculares, se planta frente al micrófono y empieza a hablar. Con temple. Hasta que le falla la voz, le entran dudas. Yo también dudo: ¿acercarme a ella sería demasiado condescendiente? Decido esperar. Lo mismo que hace el resto del auditorio. Esperamos. Y ella continúa, dice lo que tenía que decir, lo que quiere decir. Con seguridad. Magnífica. Termina. Aplaudimos. Yo que siempre aplaudo en lenguaje de signos, estoy tan emocionado que choco una palma contra otra. Me doy cuenta cuando veo a las alumnas de integración agitar las manos por encima de sus hombros. Las emociones. Siento la piel de gallina, un nudo en la garganta mientras me acerco al micrófono, a A.
¿Puedo darte un abrazo?, le pregunto.
Dice que sí. Nos abrazamos.




Respiro, respiro otra vez mientras ella vuelve a sentarse y yo empiezo a dar las gracias. A Salud, a Belén, al resto de los profesores y a los alumnos. Se me olvida mencionar a edebé. Digo algo del Premio. Las emociones. Los nervios. Le doy las gracias a A, por su valentía. Su testimonio es mucho más importante que cualquier palabra que yo haya podido escribir. Me extiendo un poco más antes de empezar a hacerles preguntas, de provocarles para que me las hagan, de establecer un diálogo inteligente y sincero. Ellos son los culpables. Sus profesores. Yo soy el mismo en este centro, que en el próximo o en el de la semana siguiente. Intento adaptar mis respuestas a sus necesidades. Ellos marcan el nivel. Y hoy el nivel es muy alto.
Después del diálogo, algunos de los alumnos toman la palabra para explicar lo que han hecho a partir de la lectura de la novela. Reseñas, portadas, un poema, un póster de una gata subida a una barandilla y otro con sus razones para seguir vivo, dos cortometrajes. Han analizado la única aplicación que han encontrado para prevenir el suicidio. En inglés. También han creado una web con diferentes recursos para diferentes enfermedades de salud mental y el centro ha habilitado un correo electrónico donde cualquiera puede pedir ayuda. Hasta una lectura sorpresa, por parte de los profesores, de los mejores textos que han escrito los alumnos. Cuando llega el momento de la firma, estoy sobrecogido. Mientras dibujo gatos, Salud me pregunta si, la chica que el curso pasado hizo la presentación sobre las relaciones tóxicas, podría hablar conmigo unos minutos. Por supuesto, respondo.
A la salida, me estás esperando. Vamos al mirador de San Nicolás. Aquí estuvimos ¿en 2017? con F, H y U (no voy a escribir sus nombres por si no quieren que queden aquí escritos). A F le han operado hace poco de un cáncer de vejiga; anda con una bolsa y media vejiga. Le llamo. Le escucho sonreír. Sé que sonreirá cuando lea esto, que habrá encontrado varias erratas y se habrá mordido la lengua para no decírmelo. Mi hermano mayor. Si hubiera tenido que elegir uno, le habría elegido a él. Qué miedo pasé el día que le operaron. No puedo imaginarme lo que sentía su esposa. Su hija. Entramos en esa etapa de la vida. Mañana puede ser otro ser querido, nosotros mismos, quien enferme. Podría ser nuestro último día juntos. Abre los ojos, ¿estás viva? Da las gracias. Aprovecha el día. Vive con los cinco sentidos. ¿O son seis?
Antes de bajar el Albayzín, comemos.
Subimos.
Nos montamos en el cerulian y ponemos rumbo a casa. Llamo a mi madre. Todavía no he hablado con ella esta semana.
Hasta aquí la historia es vulgar; lamentable, pero vulgar. B entiende que no debe telefonear nunca más a X. Un día llaman a la puerta y aparecen A y Z. Son policías y desean interrogarlo. B inquiere el motivo. A es remiso a dárselo; Z, después de un torpe rodeo, se lo dice. Hace tres días, en el otro extremo de España, alguien ha asesinado a X. Al principio B se derrumba, después comprende que él es uno de los sospechosos y su instinto de supervivencia lo lleva a ponerse en guardia. Los policías preguntan por dos días en concreto. B no recuerda qué ha hecho, a quién ha visto en esos días. Sabe, cómo no lo va a saber, que no se ha movido de Barcelona, que de hecho no se ha movido de su barrio y de su casa, pero no puede probarlo. Los policías se lo llevan. B pasa la noche en la comisaría.
En un momento del interrogatorio cree que lo trasladarán a la ciudad de X y la posibilidad, extrañamente, parece seducirlo, pero finalmente eso no sucede. Toman sus huellas dactilares y le piden autorización para hacerle un análisis de sangre. B acepta. A la mañana siguiente lo dejan irse a su casa. Oficialmente, B no ha estado detenido, sólo se ha prestado a colaborar con la policía en el esclarecimiento de un asesinato. Al llegar a su casa B se echa en la cama y se queda dormido de inmediato. Sueña con un desierto, sueña con el rostro de X, poco antes de despertar comprende que ambos son lo mismo. No le cuesta demasiado inferir que él se encuentra perdido en el desierto.
Fragmento del cuento “Llamadas telefónicas” de Roberto Bolaño.
