Estoy aprendiendo a correr despacio. El objetivo es que las pulsaciones no suban, se mantengan. Corro una hora sin cansarme. Dejo que me adelanten otros corredores, me muestro indiferente ante la marca. Respiro cuando un conductor imprudente pasa demasiado cerca, demasiado rápido. Llego al final de la senda y sigo corriendo por el arcén, hasta el límite con el Rincón de la Victoria. En ese tiempo consigo no pensar en nada, vaciar las voces de mi cabeza.
Cuando necesitaba escribir, llamaba a mi yo del futuro para preguntarle qué clase de bromas debía poner en el monólogo para asegurarme de que aquello funcionara. Escuchaba la música como si la estuvieran tocando en directo para mí. Miraba al cielo como lo miraba cuando pensé que estábamos yendo a otro planeta… Convertí en mi esclava a la locura.
Contemplo el mar. Inspiro, espiro a 130 pulsaciones por minuto. Toco la barandilla de madera del puente y regreso. A veces, aprovecho estas salidas para repasar las respuestas que he dado en las …

