He tenido un sueño: venían los zombis. Yo soy más de vampiros (Tom Cruise y Brad Pitt en Entrevista con el vampiro o Salma Hayek en Abierto hasta el amanecer pusieron el listón muy alto, aunque mi preferida es The addiction, con una oscura Lili Taylor, aspirante a filósofa en plena crisis existencial: seguir viva a costa de renunciar a sus principios). Incluso intenté escribir una novela de. Y lo que me salió fue la historia de una mujer que se come a su marido. En el disco duro está. A Lau le encanta. ¿Funcionaría por entregas? Quizá le dé una oportunidad.
Volvamos a empezar.
He tenido un sueño: venían los zombis. Y Lau y yo los esperábamos tan tranquilos. Estábamos en la cama y sabíamos que venían. Los zombis. No era nuestra habitación actual. Tenía la puerta blanca y había cabecero, también blanco. Tenía que haberme dado cuenta de que era un sueño. Tan blanco todo. En el sueño no hablábamos. Lau y yo nos decíamos lo que teníamos que decirnos con la mirada.
—Vienen los zombis.
—Pues vale.
—Aquí estamos, tan bien.
Y nos dábamos la vuelta, arropados (eso también lo recuerdo) con un edredón también blanco y apoyábamos los pies, desnudos, sin calcetines, sobre el cabecero. Tan a gustito. Las paredes eran de un ligero color crema, nicotina, arena. Para contrastar con el cabecero blanco. Y nuestros pies, juntos, en una esquina del cabecero, así los dos tumbados al revés esperando que llegaran los zombis. Porque algo les pasaba. No sé el qué. Pero se atascaban en la puerta de la habitación y les veíamos las caras de zombi por la rendija. Como en El resplandor, cuando al protagonista se le termina de ir la pinza y persigue a su esposa hasta el cuarto de baño. Redrum. Gracias, Stephen King. Gracias, Kubrick por alimentar mi imaginario. Pero estos eran zombis, no un escritor consumido por el alcohol y el fracaso al que se le meten todos los espíritus en el cuerpo.
En mi sueño, era el fin del mundo. Después de lo que habíamos trabajado en la nueva casa. Y la finca. Habíamos creado casi un bosque. ¿Qué sería de los animales? ¿Y el huerto? Ni rastro de los gatos. En el sueño, no pensé ni un momento en ellos. ¿Los zombis comen gatos? ¿Quién iba a malcriar al gordo de Simba? Piter, ¿con quién se echaría la siesta a partir de ahora? Casi mejor que se los comieran. También. Nunca he entendido a los zombis. Ese afán por comer por comer y correr despendolados sin control de sus propios miembros. Emitiendo unos gruñidos indescifrables. Soy mucho más de vampiros, ya lo he dicho. Te chupan la sangre, pero con estilo.
Y allí estábamos, Lau y yo, en la cama, serenos esperando que los zombis consiguieran abrir la puerta, en el sueño, y nos comieran. Eran cuatro o cinco zombis, todos con la cara llena de heridas y los tendones a flor de piel. Y aquí fue cuando me di cuenta de que estaba soñando: entraron despacio, se arremolinaron alrededor de nuestros pies, todavía sobre el cabecero de la cama, y empezaron, pues eso, a comernos. Pero lo hacían con calma. Diría que con cariño. Los zombis más educados que he soñado nunca. Una incongruencia. Y Lau y yo tan tranquilos, hablándonos con la mirada. Lo teníamos todo hecho. No teníamos que ajustar cuentas con nadie. Hasta aquí habíamos llegado. Y no tenía ningún sentido seguir corriendo. Había llegado nuestro final: alimentar a los zombis. Y era tan bello.
Un libro escrito hace dos mil años (o más)
Tienes derecho a cumplir con tus deberes prescritos, pero no tienes derecho a los frutos de la acción; nunca te consideres la causa de los resultados de tus actividades, y jamás te apegues a la inacción.
Que, en castellano del barrio donde me crié, Entrevías (Madrid), viene a ser “Trabaja sin pensar en la recompensa porque si esa es tu motivación estás condenado a la ansiedad y la insatisfacción”. Lo que le viene pasando al noventa por ciento de las personas que comparten atasco con Lau todas las mañanas. Más o menos. El otro diez por ciento nos debatimos entre la inacción y jugar con los gatos.
La cita pertenece a el Bhagavad Gita. Tal como es de A. C. Bhaktivedanta Swami Prabhupada. Me lo recomendó Jorge, mi profesor de yoga, para este verano y acabo de empezarlo. Este libro, cuyo título traducido vendría a ser algo así como “El canto del Señor”, “puede leerse como un manual de psicología y espiritualidad aplicable a la vida diaria, una guía para alcanzar la iluminación en el caos cotidiano”. Vamos, que no haría falta que nos mudáramos al campo.
Empieza así: un guerrero, Arjuna, está a punto de entrar en una batalla y se bloquea de miedo y dudas. Entonces, Krishna, su auriga, se pone a explicarle cómo hacer para no agobiarse. En la batalla. La vida. Y es a través de su conversación que nos enteramos de todo. Lo voy leyendo de a poquito, en las mañanas, con el cuaderno negro donde tomo mis apuntes de meditación y autoconocimiento. Un placer. Un lujo. Gracias, Jorge.
Su propuesta es tan distinta a todo lo que me rodea que me permite volver a la realidad (los correos electrónicos y demás tareas inevitables) con una sonrisa. Conceptos como “acción desinteresada”, “conocimiento y discernimiento intelectual”, “el amor puro” o “la meditación y el control mental” aparecen aquí en su versión original, a veces algo enrevesada, pero accesible. ¿Aplicado a nuestros días? Hacer las cosas bien sin obsesionarte con el resultado, querer sin ahogar, calmar la cabeza… Este libro da para mucho.
Por si las dudas: Krishna, en esta corriente filosófica, es la fuente de toda la existencia. Sea eso lo que quiera decir para cada uno.
Pues eso.
Con amor e imaginación,
Pedro

