Un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo
El último encuentro del año tenía que ser en el IES Salvador Rueda, con Antonio García Romero. Ministerio de Cultura mediante, conversé con sus adolescentes de cómo escribí Héroes y otro montón de temas.
—¿Cuál es tu película favorita? —pregunta un adolescente en la primera fila.
—¿Qué importa? —respondo—. Podría decirte un título de esos de película importante. Pero prefiero darte el título de una que me gustaría que vieras: El club de los poetas muertos. No es una de esas que verás en las listas de las mejores de la historia, pero para mí es mejor que El padrino.
Ahora, al transcribir esta respuesta, me doy cuenta de todo lo que encierra. Valores. Y me vienen a la cabeza los dos títulos que debería haberle respondido. Películas mucho más películas que mi querida y emotiva El club de los poetas muertos, largometrajes que unen arte, emociones y un mensaje con el que me siento identificado: Cómo ser John Malkovich y Olvídate de mí. Me lo apunto para la próxima vez. Quizá debería hacer una sección en mi web. Hacer lo mismo con los libros. Para que no me pillen. El próximo curso.
Un curso en el que Antonio no estará.
Porque se jubila. Y me da pena pensarlo. No por mí, por ellos. Hacen falta profesores como tú, Antonio, de vocación, implicados. Más allá de la literatura. Sí, dejas la biblioteca en buenas manos. Conchi también seguirá, pero nunca nada es lo mismo. ¿Qué harás ahora, Antonio? Además de tus carreras mañaneras por Lagos, a la sombra de las araucarias; de leer a Eduardo Mendoza, ¿qué mentes despertarás ahora? Me gusta imaginar que si yo hubiera sido profesor habría pertenecido a tu grupo, al de los buenos profesores. Hagas lo que hagas, no dejes de leerme, por favor. Y de escribirme.
Todo lo mejor.
Por la tarde, ese mismo viernes, después de una clase de piano en la que Claudia, mi profesora, conviene conmigo en que dejemos el “Canon” de Pachelbel para más adelante —quizá para dentro de diez años, dada mi progresión actual— y nos centremos en una adaptación de “La primavera” de Vivaldi acorde a mis capacidades —creo que me tiene sobrevalorado—, me baño con Lau en un mar Mediterráneo más caldoso que nunca. Según el Instituto de Geociencias (CSIC-UCM) cinco grados por encima de la media. La temperatura más alta que se ha registrado en estas fechas.
Al salir del mar, mi reloj Garmin está muerto. Ahogado. Mi compañero de carreras, mi registro deportivo, el pulsómetro de mi vida, esa pantallita que se enciende en la noche oscura, cuando Lau pulsa el botón superior del lado derecho. Ahora que se lo había aprendido. Cuatro años después. Va y se ahoga. ¿Un sentimiento? Incredulidad. Me lo compré en enero de 2022, fue el capricho que me permití al ganar el Premio edebé con Un ewok en el jardín. Mi apuesta para empezar a correr en serio, en serie, de verdad, sin excusas. Un reloj multideporte, sumergible a no sé cuántos metros, con música integrada, pago NFC y un montón de letras más. Ahogado. Caput.
Y, el domingo, carrera en Huéscar.
10 kilómetros. Sin reloj. Y un sol de justicia.
Tenía guardado el Polar M400 que me compré en A Coruña hace como diez años. Todavía está buscando la señal GPS. Lo utilicé como cronómetro. Para saber. No pensé que llegaba. Qué calor. Hubo un tramo, paralelo a la acequia, asediado por olivos, en el que pensé que iba a derretirme. Abandonar. Me pesaban las piernas, no podía respirar por la nariz (alergia), el resto de corredores empezó a adelantarme. Y más excusas.
Terminé en menos de una hora. No me lo podía creer. En esas condiciones. Sin referencias. Me sentí como si hubiera batido un récord. El primer paso que di caminando, cuando dejé de correr, muy extraño. Lo mejor es no parar. Tu corazón sigue bombeando sangre y tienes que moverte, a la sombra. Y agua. El estómago se te sube a la boca. Y la satisfacción de haberlo conseguido.
El Ayuntamiento de Huéscar había preparado un menú ideal para el final de carrera: sandía, agua, mucha agua. Mientras esperaba a que llegase Lau, disfruté del ambiente en la zona de llegada. El speaker cantaba la entrada de los corredores: “Ventura, con ochenta años, un habitual de nuestras carreras. Y este atleta, que siempre me pone los pelos de punta…” dijo a la entrada en meta de un corredor con muletas. Olé.
Y, un poco después, apareció ella. Ahí estaba Lau, un pie delante del otro, a paso firme, lento pero seguro. El speaker dijo su nombre, primer apellido compuesto completo. Me sentí orgulloso. Esto es la vida: esforzarte para conseguir una meta, un objetivo. Y poder compartirlo con la persona que amas. No se trata de ser el primero. Ni el mejor tocando el piano. Y mucho menos tocar el piano para que otros te digan lo mucho que has mejorado (tocando el piano). Se trata de aceptar que nunca correré como el primero (Esteban Milena Cuesta, 32:28), que nunca tocaré como Alejandro Pelayo, que nunca haré yoga como esa chica que se dobla, se levanta, se retuerce. Que nunca seré Julio Cortázar.
No es necesario.
Pero no voy a dejar de correr.
No voy a dejar de tocar el piano.
No voy a dejar el yoga.
No voy a dejar de escribir.
Porque compito contra mi mismo.
Si miro hacia afuera (a los demás, el mercado, la suerte), siempre puedo culpar a alguien, a algo. Lo que me lleva a la autocompasión.
Pero si miro hacia adentro (mi proceso, mi esfuerzo) siempre hay algo que puedo mejorar.
Más sandía, recogimos la camiseta conmemorativa y degustamos un “Paquito”, que es como llaman en Huéscar a un bocadillo de cordero segureño con salsa de curri. Nos supo a gloria.
El sabor de la victoria. Aunque llegues el 318 de 397 que finalizaron. Tiempo 59:39. Ritmo 5:57 min/Km.
Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan —no lo saben, lo terrible es que no lo saben—, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.
“Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj” de Julio Cortázar.




