Sus razones tendrá la lluvia
Han florecido los lirios. Y una gerbera. No había tenido ocasión de ponerlo por escrito. Y, si no lo escribo, el año que viene, cuando consulte estos artefactos no sabré cuándo sucedió qué. En los últimos treinta días han llovido, en este jardín que ya casi es nuestro, 170 mm. La media histórica es de 66 mm. Como tengo medio corazón en A Coruña, no he podido evitar consultar aquellas estadísticas también. Esto es lo que dice el trasto: Históricamente, la media total de las precipitaciones registradas del 6 de enero al 4 de febrero es de 159 mm. En los últimos treinta días, se han acumulado 293 mm. En A Coruña ha llovido el doble. Aquí, el triple.
—¿Será coincidencia que yo haya empezado a tocar el piano? —le preguntó a Lau mientras comemos lentejas con tofu.
Hoy no ha tenido que ir a trabajar porque estamos en alerta, aunque, la verdad, no es el día que más viento ha hecho ni el que más ha llovido. También bromeamos sobre eso.
—Deberían suspender las clases tres meses, con la lluvia nunca se sabe. Es muy traicionera.
Aunque ella reniega porque se ha pasado toda la mañana (poco más de dos horas de reloj) frente al ordenador, a mí me ha reconfortado escucharla al otro lado de la puerta. Sobre todo ahora que los maullidos de Felixa son pasado reciente.
Todo esto no tiene nada de especial, lo sé. Y tampoco demuestra nada, pero vivir así es para mí lo que diferencia una vida luminosa de una vida insípida. ¡Sea! Con toda mi alma, vivo como vivo. Soy afín a lo caprichoso, a lo ilustrativo, a lo sugerente..., no a lo fáctico o a lo útil. Camino y percibo. Soy sensual para ser espiritual. Lo evalúo todo sin diseccionar nada. Y luego vuelvo a casa y M. pregunta —¡lo pregunta siempre!—: «¿Cómo ha ido?». La respuesta nunca ha variado ni ha sido menos que espontánea: «Maravilloso».
M. y yo nos conocimos a finales de los años cincuenta. Para mí fue como una nueva adolescencia: escalofríos y zumbidos. Certeza. Llevamos más de treinta años viviendo juntas. Prefiero no contar mucho al respecto. La intimidad, tan poco valorada ya en este mundo, sigue siendo una cualidad lógica y razonable del paraíso. Somos felices y somos afortunadas. Ni nos interesa la política ni somos proclives a la compañía de otros. Repito: somos felices y somos afortunadas. Nos bastamos mutuamente: acompañamiento, intimidad, cariño, arrebato. Cada vez que oigo algo horrible, quiero taparle los oídos a M. Cada vez que veo algo bello y me da un vuelco el corazón, es a M. a quien corro a contárselo.
Este es un fragmento de Horas de invierno de Mary Oliver. Lo leí hace ya no sé cuánto y lo dejé sobre el escritorio para que no se me olvidara hablar sobre él. Hoy lo rescato por culpa de la lluvia, sus razones tendrá, y vuelvo a perderme en sus páginas, subrayados, para volver a sorprenderme con su prosa, sobria, que rinde tributo a sus lecturas, a la naturaleza y muestra lo importante que se hace estar presente a la hora de escribir este tipo de textos que, en algunos momentos, llegan a flirtear con lo místico. Sin dejar de hacer y hablar, por supuesto, de literatura.
Porque ¿acaso no somos todos, en ocasiones, idénticos a sus narradores, golpeando los opresivos muros de la circunstancia, los límites del universo? A través del trabajo espiritual, con suerte (o tocados por la gracia) llegamos a aceptar la brevedad de nuestra propia vida; mas el amante que hay en el interior de todos nosotros la parte de nosotros que adora a otra persona-, ¡ah!, eso es harina de otro costal.
Inmersos en el misterio y la intensidad del amor, todos contemplamos la sombra del tiempo sobre el ser amado con la misma angustia que padece cualquiera de los narradores de Poe. Aunque no pensamos en ello a diario, tampoco lo olvidamos: la persona amada envejecerá o enfermará y, tarde o temprano, nos será arrebatada. No importa con qué encarnizamiento luchemos, con qué ternura amemos, con qué amargura discutamos, con qué insistencia reprendamos al universo, con qué astucia nos escondamos; sucederá. En las vastas esferas de lo eterno, todo lo material y lo temporal languidecerá, incluida la presencia del ser amado. En este universo se nos conceden dos regalos, la capacidad de amar y la capacidad de hacer preguntas, que son, a un tiempo, las llamas que nos calientan y las llamas que nos abrasan. Ése es el auténtico cuento de Poe. Y el nuestro. Y por ello lo honramos, por la fascinación que ejerce sobre nosotros mucho más allá de las meras narraciones. Poe escribe sobre nuestro destino ineludible.
La muerte. Quizá fuese esto lo que fascinó a aquel niño de once años que era yo cuando, por culpa de Poe y sus Narraciones extraordinarias, se me antojó ser escritor. Nunca lo sabremos. Ni falta que hace. Prefiero disfrutar de esto en lo que me he convertido e intentar, mañana, ser un poco mejor. Escritor. Persona.
Dos enlaces sonoros
. Esta semana me entrevistaron para el podcast Menudo castillo. Puedes escucharlo aquí.
. “Sus razones tendrá la lluvia” es una canción de Alejandro Pelayo. La primera de la playlist Artefactos. Volumen 7.
Y algo realmente útil
. Si quieres comprender la situación meteorológica actual, Juan y Tania, de Planeta Mauna Loa lo explican muy bien aquí. Se lee en menos de un minuto.


