Simba ya hizo su primera escapada por los muros de los chalets colindantes. De poco sirvió la red que Lau y yo pusimos el fin de semana.
—Solo hay una forma de que la salte: tendría que subirse a la chimenea de la barbacoa —dijo Lau nada más terminar de ponerla.
Y eso fue lo primero que hizo. El lunes, yo llevaba un rato pasando la aspiradora sin que Simba me rondara, cuando salí a buscarle al jardín. Y allí estaba. En lo alto de la chimenea de la barbacoa. En lo más alto de lo alto. Tanteando. Y alehop. Con gracia y precisión aquella bola de pelo pegada a una panza estaba al otro lado de la red. Grácil y confiado como si en ese patio, el de nuestro vecino, no hubiera un perro de cincuenta kilos. O más. No parecía importarle. A paso ligero, muy atento a todas las novedades, recorrió el muro y llegó al del siguiente vecino. Y otro más. Y otro. ¿Qué puedes hacer en estos casos? Contar patios. Calcular a qué vecino tendrás que molestar en el caso de que Simba decida bajar del muro. O se ca…

