Simba I "el Efímero"
Simba ya hizo su primera escapada por los muros de los chalets colindantes. De poco sirvió la red que Lau y yo pusimos el fin de semana.
—Solo hay una forma de que la salte: tendría que subirse a la chimenea de la barbacoa —dijo Lau nada más terminar de ponerla.
Y eso fue lo primero que hizo. El lunes, yo llevaba un rato pasando la aspiradora sin que Simba me rondara, cuando salí a buscarle al jardín. Y allí estaba. En lo alto de la chimenea de la barbacoa. En lo más alto de lo alto. Tanteando. Y alehop. Con gracia y precisión aquella bola de pelo pegada a una panza estaba al otro lado de la red. Grácil y confiado como si en ese patio, el de nuestro vecino, no hubiera un perro de cincuenta kilos. O más. No parecía importarle. A paso ligero, muy atento a todas las novedades, recorrió el muro y llegó al del siguiente vecino. Y otro más. Y otro. ¿Qué puedes hacer en estos casos? Contar patios. Calcular a qué vecino tendrás que molestar en el caso de que Simba decida bajar del muro. O se caiga. Desaparezca de tu vista. También puedes intentar llamarle. Utilizando aquello que crees irresistible para un glotón: sus chuches preferidas. Pues ni caso. Diez minutos estuve haciendo ruido con las bolsas de comida, su cuenco, llamándole como si no pasara nada, no fuera a preocuparse. Y Simba, allá en la lejanía de los patios, más allá de los muros, por encima de nuestras cabezas de simples mortales, decidió volver por donde había ido. Una patita delante de la otra. Hasta la red de seguridad que, ahora sí, le impedía regresar. No se puso ni un poquito nervioso. A mi el corazón se me salía por la boca cuando conseguí cogerlo y posarlo en el suelo. Y él, tranquilo, indiferente, aprovechó que tenía allí el cuenco para llenar el estómago.
Un rey que se precie necesita un apodo, epíteto, sobrenombre o mote. Algo que destaque una característica física, un rasgo de su personalidad, un logro o un error durante su reinado. Alfonso X “el Sabio”, Felipe I “el Hermoso”, Juana “la Loca”, Carlos II “el Hechizado”, Felipe V “el Animoso”, Isabel II “la reina de los tristes destinos”…
Simba empezó siendo “el Confiado” porque salió del transportín como diciendo este es mi territorio y vosotros sois los humanos que tenéis que mantenerlo limpio. Tú, mujer, —maulló en dirección a Lau— serás la encargada de cepillarme en las mañanas a la salida del sol. Tú, hombre —maulló después hacia mí— me alimentarás a las ocho de la mañana y a las ocho de la tarde con pienso seco para gatos esterilizados y pelo largo. A las dos del mediodía, me gustaría tomar un sobre de comida húmeda. Alguna guarrería exquisita. Sorpréndeme. Por supuesto, nunca puede faltarme el agua. Los cuencos, de acero inoxidable. Y limpios, siempre limpios y brillantes.
Después, esta altivez, que podríamos atribuir a su linaje real (¿un rey nace o se hace?) o a su momento vital (adolescente en etapa final), quedó eclipsada por otro de sus rasgos psicológicos más evidentes, la glotonería, y un rasgo físico consecuencia directa de esta: la barriga, el bandullo, la panza que le desborda cuando se sienta y te mira con el cuello torcido y los ojos verdes bien abiertos. “El Confiado” empezó a llamarse Simba I “el Glotón” que podría derivar en “el Rechoncho” si el entrenamiento diario, tres sesiones de alta intensidad persiguiendo una cuerda roja por toda la casa y parte del jardín, no cumple su función.
Aunque, después de esta primera escapada, muro adelante, “el Intrépido” ha empezado a ganar peso. Crucemos los dedos para que no sea Simba I “el Efímero”.


