Risas falsas como un decorado


Esta semana repetí Cómpeta, la tercera vez que voy al IES Almijar. La directora, Inma Martín, ahora tiene refuerzos: Rocío y Juan, cada uno a su manera, las madres del AMPA y algún amigo a quien no se le cierra las puertas para compartir lecturas en horario de merienda. Madres (insisto en esta palabra porque todas eran madres, no había ningún padre a la vista) compartiendo lectura con sus hijos y sus hijas. Libros. En este caso, Héroes 2037.
Su abuelo, me contó uno de los participantes en el club de lectura, estuvo en La desbandá. Su abuelo fue una de las 300.000 personas que, familias enteras, huyeron por la carretera de Almería mientras el ejército sublevado les bombardeaba por tierra, mar y aire con la complicidad del ejército italiano. Y alemán. Los nazis. Lo escribo y parece un videojuego. Pero no. Sucedió en febrero de 1937, muy cerca de donde tecleo estas lineas. El abuelo de esta persona llegó a Motril y allí desapareció. Dejó a su familia y, sin decirle nada a nadie, se embarcó rumbo a América. Parece una película. Pero no. La familia se volvió a Vélez-Málaga. Y del abuelo/padre/marido solo se conserva una carta. Su nieto, que me contaba esto mientras nos comíamos una palmera con la portada de Héroes 2037, no sabe si llegó, o no, con dinero. Tampoco me dijo lo que decía. Me hubiera gustado leerla. Tenerla en mis manos. Su abuelo terminó trabajando como conserje en un colegio. En México. Y nunca regresó. Que su nieto sepa, no mantuvo el contacto.
Se estima que 5.000 personas fallecieron en La desbandá. Se estima, porque la mayoría fueron enterradas en fosas comunes, que es donde los soldados esconden sus crímenes durante una guerra. Al número de muertos y desaparecidos habría que sumarle el número de familias rotas por este episodio tan reciente y todavía abierto de nuestra historia. ¿Quién lleva la cuenta?
Cuando escribí este libro no tenía ni idea de la peripecia de esta persona. De haberlo sabido, hubiera incluido alguna referencia, estoy seguro. Porque lejos de culparle, me hubiera pasado un tiempo reflexionando sobre él. ¿Qué piensa una persona en esta situación? Justo antes de desaparecer, dejar atrás a toda su familia y embarcarse hacia lo desconocido. Hay un fragmento de Héroes 2037 que apunta en esta dirección. Que habla, en general, de esa situación. Por la que, seguro, pasaron tantos. Unos decidieron desaparecer. Otros, se quedaron. Y unos no son mejores que otros.
Al segundo día de caminar solo, Matías llegó a una explanada donde había más de mil personas en un campamento improvisado, a la entrada de lo que parecía un pueblo grande. Tenía que ser Torre del Mar. Como había vaticinado el hombre alto, las tropas del ejército sublevado ya estaban allí. Habían instalado un control en la calle principal y las patrullas iban y venían pidiendo la documentación o cualquier tipo de identificación.
—¿Dónde vais? —escuchó que le preguntaba un soldado a una familia a la que acababa de dar el alto—. ¿No estáis muy lejos de vuestra casa?
El soldado hablaba mientras sus compañeros registraban las pertenencias, cacheaban al hombre, mujeres y niños. El hombre, por parecer inocente o por seguir con la fingida cordialidad, respondió:
—Nosotros no hemos hecho nada. Se lo juro. Pero allí fusilan. Se lo digo porque lo he visto…
—Que fusilan dice —le interrumpió el soldado—. Nosotros no fusilamos a nadie. Esos serían de los vuestros. ¿Hemos fusilado nosotros a alguien?
Los otros soldados respondieron que no entre risas, una risa hueca y ostentosa que obligaron a imitar a toda la familia. Las madres insistieron para que sus hijos también riesen. Todos los que estaban alrededor, incluido Matías, hicieron lo mismo. La calle se lleno de risas falsas como un decorado.
—¿Fusilamos o no? —le preguntó el soldado al hombre.
El hombre, que ahora parecía mucho más acobardado, recapacitó la respuesta.
—Sería eso.
—No te oigo —le increpó el soldado.
—No, ustedes no fusilan.
—Claro que no. Es lo que vengo diciendo. Las mujeres y los niños tienen que volver a su casa y los hombres a correr —explicó en un tono demasiado didáctico, haciendo un gesto con su mano hacia las montañas.
—Es que yo… —empezó a decir el hombre mientras miraba al resto de su familia, avergonzado.
—¿Es usted hombre?
—Yo…
—Aquí no fusilamos a nadie, caballero, a no ser que…
—Pero…
—Para no haber hecho nada, están ustedes muy lejos de su casa.
—Le juro que…
—¿Quién me dice que no ha matado usted a nadie? —El soldado le tendió su propia pistola—. ¿Puede usted empuñarla? Se le ve un hombre fuerte, ha tenido tiempos mejores, pero…
—Yo…
—… Si usted no quiere irse, será porque ha venido a hacer algo. ¿Y qué ha podido venir a hacer? El mal.
—Pero mis hijas…, mi esposa…
—¿Y yo cómo voy a saberlo? ¿Tengo que creerle? —Volvieron las carcajadas. El soldado hablaba en voz muy alta para que todos pudieran escucharlo—. Así que las mujeres y los niños pueden volver a sus casas, deben hacerlo. No se les hará nada de nada. Pero lo hombres, si tienen fuerzas suficientes para sujetar un arma, deben mostrar su buena voluntad uniéndose a nosotros. Y el que no, a correr.
El soldado se tomó su tiempo para rascarse detrás de la oreja. Ni siquiera se inmutó cuando varios hombres salieron a la carrera en varias direcciones. Los otros soldados prorrumpieron en risotadas, hubo algún disparó al aire…
—Dejadlos, dejadlos que ya los cogeremos —dijo el soldado—. Lo que no sé es qué hacer contigo.
El hombre seguía allí plantado, mirándole lleno de miedo, sin atreverse a dar un paso. La familia tampoco se decidía a moverse. Matías avanzó y, tomándole por el brazo, le sacó de aquella situación.
—Vamos, padre.
El hombre se dejó llevar, el soldado sonrió desdeñoso y la tensión se diluyó. Cuando, al otro lado del control, sus hijas y su esposa rodearon al hombre, Matías había vuelto a escabullirse. Solo una de las personas que había presenciado su actuación tuvo la sangre fría suficiente para seguirle.
Esta semana, también, repetí en el IES Bezmiliana de Rincón de la Victoria. Más de 1.500 alumnos. Un entorno muy distinto. Allí conversé sobre Héroes, El coleccionista de besos y Un ewok en el jardín. Begoña (no recuerdo su apellido, perdón) y Blanca Merino, las profesoras que lo organizaron todo, continúan en la lucha —como Inma, Rocío, Juan…— contra la burocracia de la institución, la falta de profesionalidad de algunos de sus compañeros, la soberbia, desidia y/o ignorancia de muchos padres y madres, los problemas de atención de los alumnos en general y su desinterés en particular; síntomas, todos, de una sociedad que glorifica el éxito individual en forma de acumulación de bienes por encima de todas las cosas. Por ejemplo, no se trata de ganar Roland Garros, de ser el mejor tenista del mundo, la cuestión es ¿cuánto se gana?
Aún así.
Me quedan esperanzas.
Los pocos que no sigan al rebaño, con poquito que hagan, serán capaces de guiar al resto. ¿En qué dirección? Espero que lo hagan mejor que nosotros. Potencial tienen. Y tantas, tantas oportunidades que yo me cambiaba ahora mismo.


