Eloy Tizón, uno de los mejores escritores de cuento, vivos, acaba de publicar Plegaría para pirómanos.
Cuando empiezas a escribir un libro, eres un niño; cuando acabas, un adulto.
Mi felicidad es impar. Estoy mejor cuando estoy solo.
Comienza a clarear un nuevo día. Martes, si no me equivoco. Ha desaparecido la araña, atareada en sus quehaceres. El horizonte de Mount Baldy se despereza y balbucea. Hay una bruma mojada entre las ruinas del cielo, con coágulos de nubes revueltas entre luminosidades y sombras, y un pico de violeta aquí y allá y una gota de sangre en medio del amarillo.
Un poco de luz, como un platito de leche.
A mi izquierda distingo el damero —negro con puntos blancos— de los paneles solares, inclinados en diferentes ángulos, igual que mesas de dibujo para gigantes.
Pronto sonará el gong que divide la tiniebla de la mañana con una raya de música.
Recojo mis papeles. Camino de puntillas, para no perturbar lo que nace. Me dirijo al refectorio. Es tiempo de cortar leña y calentar…

