Querer por encima de tus posibilidades
El viernes pasado no hubo artefacto. La explicación corta: Lau estaba de vacaciones. La literaria: Lau y Simba me secuestraron. Somos animales de historias. Tomamos dos datos y nuestra mente los une inmediatamente. No necesariamente por el camino más corto. Hay personas que son especialistas en este arte. Lo cual no quiere decir que sean capaces de contar buenas historias. Por mucho que se las monten en su cabeza. Y la cabeza, la mente, el cerebro no para. De nadie.
Lau estaba de vacaciones y hemos dormido, jugado con Simba. Escribí un par de mañanas (la novela de los surfistas que no surferos) y para de contar. Hemos salido a correr y a investigar alguna mejora para la casa. Jardín. Las margaritas han quedado preciosas. Y los claveles, en fila junto a la bordura. Queríamos haber ido dos días a yoga. Y ni eso. Jugar con Simba y vuelta a dormir. Los tres. Y más risas. Con Simba. Este gato ha venido con un relato por entregas debajo del brazo. Será en enero de 2027. Y, se me había olvidado escribirlo, he renovado El coleccionista de besos. Doy gracias porque existan editoras así. Mi salud mental lo agradece. Cuando pienso en tirar la toalla, la vida.
Y ellos, los gatos.
Y ella, Lau.
Ha sido una semana movida. En todas las dimensiones.
Y ahora, la casa vacía hasta que ella vuelve del trabajo y yo REDRUM REDRUM a corregir la novela, esa segunda mitad tan tan floja, con Simba entre mis brazos, a escribir este artefacto que desemboca en el libro que estoy releyendo, La hermana escudera, porque lo presento este sábado en una biblioteca de Pinto. Allí.
La hermana escudera de Ángela Sierra Chaves, una mujer valiente que se ha atrevido a poner por escrito el duelo por la muerte de su hermano. Ya veo las caras de estupor, los ojos muy abiertos. No solo se ha atrevido a contarlo, además se ha atrevido a hacerlo bello. Porque a esto, entre otras cosas, nos dedicamos los escritores: a plasmar sobre el papel el horror sin renunciar a escoger la palabra precisa, aquella que dota cada frase de música sin perder el significado. Y volvemos a leerlo para encontrar una versión mejor. Hay mucho trabajo en este libro. Personal y artístico. Muchos, la mayoría, no irán más allá de la peripecia. Lo siento por ellos. Se pierden más de la mitad de la obra porque la forma en la que escribimos es tan importante como el fondo y ambas se relacionan una con otra como un matrimonio: son dos unidades independientes que al unirse forman un conjunto superior a las dos unidades por separado.
Puede parecer complicado. Ángela Sierra Chaves lo entendió a la primera. Ella y su gata, que se colaba en las tutorías un día sí y otro también. Creo que no estará en la presentación, la gata. Ángela estará sentada a mi lado para hablar de su libro y yo podré contar en público lo orgulloso que me siento de haberla acompañado en este viaje. Nada más. Y nada menos.
Lo intentan, intentan entenderte. Pero no consiguen hacerlo. Normal: nadie se imagina cómo es perder a alguien al que se quiere tanto y por quien lo darías todo. Que ha desaparecido para siempre. Supone todo un reto entender el proceso de duelo. Es un dolor muy fuerte. Incluso llegas a sentir cómo el corazón te duele de verdad. Sientes como si se estuviera resquebrajando. Si has sentido ese dolor alguna vez, entenderás cómo me sentía yo. Perder a alguien tan importante, al que querías por encima de tus posibilidades, es una experiencia que te invito a entender. Quién sabe a quién puedes ayudar. Incluso a ti mismo.
Seguramente haya muchos libros parecidos a este, pero ninguno llegó a mis manos. Quién sabe cómo este libro ha llegado a las tuyas. No tienes que estar pasando un mal momento ni acompañando a alguien en un proceso de pérdida. Pero, tarde o temprano (ojalá más tarde que pronto), te puede hacer falta. También cabe la posibilidad de que no te ayude una mierda lo que te cuente, pero a lo mejor te aliviará saber que estos sentimientos pueden llegar a desaparecer.
Y que la calma llegará. De la manera que menos te lo esperas y en el momento que no imaginas. Como me pasó a mí.
Pero llegará.
Un reto: intenta seguir la coreografía de Randy Mancebo sin perder de oído la letra de la canción “Un camino para volver” de Conchita. Una belleza.


