No quiero ser una sandía
Este jueves recibí el Premio Fiction Express por Donde bailan las ballenas. Mi relato por entregas ha sido el mejor valorado por los lectores de esta plataforma que pretende mejorar la competencia lectora. Gracias. Gracias a los lectores, 56.581 en el momento que escribo estas lineas, gracias al equipo de la editorial y en especial a Susana Otín, la editora con la que, correo va correo viene, di forma a la historia de Victoria, una chica sin móvil en un mundo de pantallas. Una historia de amor, por supuesto, una constante en todos mis libros. El amor en cualquiera de sus formas.
Pocas veces sucede que el tema sobre el que quiero escribir tenga el beneficio del público. Y no creo que este haya sido el caso. Sí, la forma de abordarlo. Sencilla, natural y con esa promesa implícita en el título: hay un lugar donde bailan las ballenas. Sea como fuere, en esta ocasión y sin que sirva de precedente, mi propósito de escribir algo medianamente digno ha vuelto a coincidir con el gusto del público. Algo que, mal trabajado, podría hacer engordar mi ego (con lo malo que eso es para la salud) y forzar mi escritura para que, la próxima vez, vuelva a suceder. Nada más lejos de mi intención. Me siento orgulloso de haber llegado hasta aquí escribiendo las historias que me ha apetecido cuando me han apetecido. Y de haberlo hecho a mi manera. Soy consciente de que así nunca llegaré a ser un escritor popular, con un millón de lectores y la misma cantidad de euros en el banco, pero a estas alturas del cuento, quien piense que ese es mi objetivo no me conoce.
El pasado viernes, mientras meditaba en la habitación 305 del Hotel Barceló León, me llegaron una decena de avisos casi a la vez. Algo ha tenido que pasar, pensé mientras desbloqueaba el móvil. Todos venían a decir más o menos lo mismo, con más o menos gracia e ilusión: acababan de decir mi nombre en Pasapalabra, un concurso de televisión. Anda que no, pensé mientras me dedicaba a contestar a todas las personas que se habían tomado la molestia de escribirme. Con alguno, que hacía años que no hablaba, aproveché para preguntarle qué tal le iba. Solo por eso mereció la pena salir en la tele.
Al día siguiente me enteré de que ninguno de los concursantes había acertado la respuesta. Héroes era el título de la novela por la que les habían preguntado. Y me alegré de que no lo hubieran sabido más que una decena de personas, las que me habían escrito, y pongamos que un puñado más de los que estaban viendo aquel programa. Porque si tú estás viendo la televisión a esa hora es más que posible que no te interese nada de lo que escribo y, mucho menos, cómo lo escribo. Así son las cosas. Y pensar que tendrían que ser de otra manera es una pérdida de tiempo.
Por mi parte es perfecto así y solo aspiro a que el libro que estoy escribiendo ahora mismo sea mejor que el anterior. Y diferente.
El martes me escribieron de la editorial edebé. Han vendido los derechos de Un ewok en el jardín, mi novela más complicada, la que ganó el Premio edebé 2022, a una editorial serbia. En palabras de Georgia Picanyol, la artífice de este milagro, “me encanta la editorial que lo quiere: joven, atrevida y que apuesta precisamente por libros de contenido, vamos a decir, “no fácil”. Eso es una gran noticia, en general, pero en especial para tu libro”. Totalmente de acuerdo. Seguimos.
Hay una foto de ese verano en la que aparecemos Marie, Berta y yo. Estamos sentados en la escalera de acceso al patio delantero. Casualmente, los tres vamos vestidos con prendas blancas. La mía es una camiseta de trabajo que llevo puesta del revés, con las costuras dibujando una cresta a lo largo de mis hombros.
Yo les hago cosquillas y ellas ríen. Yo también. En la imagen miro a Marie, que muestra los huecos que han dejado en sus encías los dientes de leche caídos. Su mirada se dirige hacia algún lugar fuera del cuadro, quizá a lo esencial. Berta me mira a mí. En su risa el tiempo se ha detenido: no hay pasado ni futuro. Es la expresión más pura de lo que yo entiendo por tiempo presente.
Toda la inexplicabilidad de la vida, su misterio, el de dónde venimos y a dónde vamos, el sentido mismo de estar vivos, todo lo que lleva milenios atormentando al hombre y alumbrando la ciencia y el arte. Todo eso, el desconcierto incluido, tiene la forma de un testigo, como el que llevan los corredores en las pruebas por equipos. El testigo que recorre el tiempo es el amor. Si hemos sido afortunados en la vida, recibimos ese amor de nuestros padres y se lo entregamos a nuestros hijos, a nuestros hermanos y amigos. Y eso es todo.
Este es un fragmento de Elogio de las manos de Jesús Carrasco, el libro que me acompañó en el viaje a León y que ha volado conmigo a Barcelona para recoger el Premio Fiction Express 2025. Brillante. Está tan bien escrito que no quiero que se acabe. Hablé por aquí de su libro anterior, Llévame a casa, y acabo de consultar el artefacto en el que lo hice, donde aparece Telma mordiendo la cubierta. Mi veredicto fue el mismo: brillante. Intemperie no me gustó tanto.
En el taller de los martes nos hemos inventado un juego: Escritores como frutas. Consiste en decir qué fruta es determinado escritor/a. Según nuestra clasificación, Stephen King sería un plátano porque le gusta a todo el mundo, es fácil de comer y aporta un montón de vitaminas y cosas buenas. María Zambrano sería un pomelo, que sí, muchas vitaminas, pero amarga. Antonio Machado, una mandarina porque está infravalorado por culpa de las naranjas y es tan fácil de tomar que algunas personas lo hacen de dos en dos. Error. Léete uno de sus poemas y saboréalo, por favor. Los bestseller y demás juntaletras contadores de peripecias (no les oculto mis fobias a los participantes del taller, por muy jóvenes que sean) son sandías, con perdón de las sandías, qué culpa tendrán ellas de ser 95% agua. Si hasta las hemos modificado genéticamente para que no tengan pepitas y se lean mejor. Soy tan insensato que se me ocurrió preguntarles qué fruta sería yo. Un kiwi, fue la respuesta de Paula, que ese día ni siquiera había venido al taller. Es más que posible que haya acertado.
Si tienes curiosidad por ver cómo fue el momento de mayor fama mundial de Pedro Ramos, puedes ver el vídeo en este enlace. Alrededor del segundo 35.


