Cuando leas esto estarás en Sagunto. No sé si será de día o de noche. Imagino que habrás buscado un sitio tranquilo para concentrarte en la lectura. Quizá sea sábado. O domingo. Has bajado al paseo marítimo y te has sentado frente al mar. Hace una temperatura agradable, pero llevas chaqueta. Estás a punto de quitártela. El sol calienta tu cara y tienes que acomodarte, así, para evitar el reflejo en la pantalla. Sonríes. La playa, los transeúntes, incluso ese niño que grita como si fuera el fin del mundo, desaparecen. Te sumerges en mis líneas y es como si estuviera hablándote al oído (lo que no es verdad, porque yo no soy capaz de improvisar un discurso como este). Te cuento que Telma está bien, a mi lado, que he empezado a seleccionar los libros, he leído y meditado, hice una caminata de trece kilómetros (otra vez) y arrancado la bignonia de invierno. No, no me he puesto con el jazmín. Creo que nos hemos cargado los helechos. Todavía tengo que barnizar la mesa del jardín. Se está tan…
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