Todavía resuena en mí la última lectura de Valero.
Verdes matinales, fríos aún. Incesantemente debemos recordar la certidumbre de la espiga. En ella crecen asombradas las estrellas fugaces.
En ella puede escucharse la antigua salmodia de un río que no existe pero continúa dando de beber a los animales ciegos.
Toda la claridad fluye en su noche, intacta y abundante, vierte sobre la tierra negra la simiente de la transformación:
el porvenir de la palabra, su nueva luz.
Agujeros negros. Cuando me siento, en silencio, me gusta imaginar agujeros negros. Los pinto de colores y observo como se extiende la pintura. Como aquella atracción en el Parque de atracciones de Madrid. Cuando era pequeño. Había una cartulina que giraba y tenías un bote de pintura que apretabas con las dos manos. Salían unos dibujos psicodélicos. Arte abstracto en descomposición. Te pregunto si alguna vez lo hiciste. Yo, una vez, estuve allí. Recuerdo el olor de la pintura, el frenesí de descubrir el resultado. Esa magia. Un…

