Victoria estaba aburrida. Desde que le habían dado el alta, a finales de verano, estaba así. No sabía si era por la medicación, el miedo a una recaída o la llegada del otoño, pero no levantaba cabeza. No tenía ninguna molestia especial, ningún dolor fuera de los casi setenta años con los que tenía que cargar a diario. Así lo confirmó su médico de cabecera: Estás estupenda, le dijo y ella le sonrío con cortesía, sin atreverse a devolverle el cumplido. El doctor volvió a su escritorio para dictarle una receta a la enfermera.
—Sigue con la medicación, pero lo que mejor te vendría es hacer algo de deporte —le dijo.
Ella pensó que a él tampoco le sentaría mal. ¿Qué podía tener? ¿Diez, cinco años menos que ella? Y estaba gordo, tan gordo y redondo que le costaba trabajo hasta sentarse.
—Te obligará a salir de casa, relacionarte. El ejercicio moderado —puntualizó— activará tu organismo. Y a nuestra edad, Victoria, tenemos que cuidarnos. Yo, de hecho, salgo todos los días a caminar un buen rato.…


