La tecnología sin pedagogía es chatarrería
El martes estuve en la jornada provincial ‘Bibliotecas del futuro: magia, retos y acción’. Como invitado. La lógica dice que esta invitación debería haber llegado desde Málaga, provincia en la que resido y donde ya he ambientado unas cuantas novelas. El corazón dice que debería haber sido A Coruña, la provincia donde rompí el cascarón y he ambientado más de la mitad de mis libros. A veces, ni la lógica ni el corazón aciertan. Fue en el CEP de Granada, provincia de poetas. ¿Y por qué? Por una lectora. Por una adolescente a quien le regalaron La playa de los cristales y le dijo a la responsable de la biblioteca: Maestra, este libro me ha gustado mucho, podías tenerlo. Y la maestra, María Estévez (que también es o ha llegado a ser coordinadora de Lectura y Biblioteca de la Delegación territorial de Desarrollo Educativo y Formación Profesional) empezó a investigar a su autor, un tal Pedro Ramos del que no había oído hablar. Esto me lo contó la propia María Estévez nada más conocernos, porque fue lo primero que le pregunté:
—¿Por qué yo?
—Por Aroa.
Gracias Aroa. Yo, que no creo en las causalidades, estuve en Granada para hablar de mi proceso creativo a los responsables de las bibliotecas escolares de tu provincia y entregar un Premio. Hubo también magia y talleres, a los que no me atreví a entrar, con lo cotilla que soy. Y la clausura la hizo el taller de teatro del IES Diego de Siloé (Íllora). Qué recuerdos. Me veía yo mismo a vuestra edad, cuando los dinosaurios todavía poblaban el planeta, interpretando al Pedagogo (¡UPS! No me había dado cuenta hasta ahora) en Electra, una tragedia muy trágica. Y griega. Qué nervios. Lo mal que lo pasé. Lo mal que lo he pasado para hablar en público y ahora mira tú, Aroa, diciéndoles a tus profesores que me aburren los adultos, que escribir una novela no deja de ser un acto egoísta (me lo tengo que mirar) y que no existen reglas para hacerlo, que sí, está eso de la presentación, el nudo y el desenlace, pero es precisamente ahí, donde un artista se la juega. Seguro que tú me entiendes Aroa, o no, tampoco importa. Que sepas que en el viaje de regreso no pude evitarlo e investigué. Tu nombre. Qué nombre tan raro. En Granada. ¿Por qué te lo pusieron? ¿Son tus padres vascos?, ¿alemanes?
He tenido que hacer una pausa para tender la lavadora. Simba ha bajado conmigo y ya estamos los dos de vuelta en el escritorio. Continúo.
Me intrigó tu nombre. Puede tener dos orígenes, vasco o germánico. La palabra “aroa”, en vasco, está asociada a la idea de “buen tiempo” o “momento favorable”. Interesante. Pues espera. Según la etimología (eso que estudia el origen de las palabras y la evolución de su forma y significado), “aroa” en alemán significa “buena persona” o “buena voluntad”. Pues yo no sé si eres buena persona, pero sí has tenido buena voluntad y te lo agradezco. Si hay algo que admiro es a los profesores, a aquellos que van más allá de sus funciones porque creen en lo que hacen. Y coordinar una biblioteca en un centro escolar da mucho trabajo y algunas pocas satisfacciones. Y tú, Aroa, me has dado la oportunidad de compartir mi obra con noventa de ellos, todos, de la provincia de Granada. Gracias. A ti y a María Estévez por escucharte y seguirme desde entonces. A Isabel Rodríguez por la entrevista, a Mª del Carmen Muriel por su entusiasmo (¡se está leyendo Tres mil noches con Marga!), a Raúl Cerezo que me regaló el título de este artefacto “La tecnología sin pedagogía es chatarrería”, a Patricia Latorre por todas las gestiones. Jornadas como esta me hacen pensar, por un ratito, que lo que hago merece la pena. Y, lo que es más importante, que no estoy solo. Que ahí afuera, todavía, hay un puñado de irreductibles galos, esos profesores a los que dediqué Las malas películas. Gracias.
Y el miércoles, en el Club de Lectura Medioambiental de la UMA, comentamos Un cambio de verdad de Gabi Martínez. 9/10. Una belleza. La premisa: el autor se marcha una temporada a Extremadura para hacer de pastor en la tierra donde su madre vivió su infancia. Capítulos cortos, la mayoría escenas, donde abunda la descripción de situaciones que me han resultado tan extrañas como apasionantes. Envidia. Eso es lo que he sentido al leer este libro. Primero, por lo bien escrito que está. Esa música. Segundo, porque yo no he tenido el valor de hacer algo parecido. Todavía. Nos complicamos la vida, mucho, con lo sencilla que es.
Inevitable: Lau y yo hemos vuelto a tener esa conversación. Durante la comida.
—Pero, ¿dónde?
—No lo sé. A una casa rodeada de verde. Que mires por la ventana y no veas a nadie más. En España no quedan casas solitarias a pie de playa. Pues al norte. A Galicia. O Asturias.
—Pues vamos.
—¿Cómo?
Y las palabras de Gabi Martínez reverberan en mi cabeza. El capítulo “La niña pastora”.
En la siguiente llamada a mi madre detallo el bombardeo y sus consecuencias. Después de un lamento y un suspiro, recuerda cómo su familia juntaba a las ovejas en torno al fuego los días de mucho frío.
—Ellas se daban cuenta y te comían en la mano —dice mi madre—. ¿Cómo va?
—Bien. El incordio es la lluvia.
—Pero tiene que llover.
—Ya.
—No piensas como un pastor.Le hablo de María, una pastora de ocho años que abre y cierra alcancillas, da de comer al ganado y conduce un todoterreno. Va por caminitos de tierra y sobre los muslos de su padre, que es quien pisa el acelerador, pero el volante lo maneja ella.
—He pensado que así serías tú hace unos años —digo.
—¿Cuántas ovejas tienen?
—Trescientas. Y cincuenta vacas. La pequeña dice que las ovejas dan más faena que las vacas.A mi madre le asombra que una niña actual sepa tanto de ganado. Le cuento que la madre de María dejó la carrera como técnica en arquitectura de interiores en Madrid para volver a su tierra a hacer de pastora. Ella misma empaca su heno, hace su pienso y, conectando un cable de bicicleta a un motor, ha fabricado la radial con la que corta los cuernos de las vacas que se les clavan en el cráneo cuando crecen hacia dentro.
—¡Qué campeona! —dice mi madre.
—¿Tú volverías?
—Ay —suspira.La oigo respirar unos segundos.
—Volver, volver... ¿De qué manera, volver?
Hablando de profesores que merecen la pena, esta semana Lau y yo hemos visto el documental El profesor Bachmann y su clase. 10/10.



