Artefactos Ramos

Artefactos Ramos

La sonrisilla de Lau

Sobre contar la misma historia mil veces, el pudor de fijarla por escrito y una reflexión sobre el ego. Mick Jagger incluido.

Pedro Ramos
nov 06, 2026
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Lo reconozco: estos últimos artefactos están escritos para arrancarle una sonrisilla a Lau, esa media sonrisa que se le pone cuando algo le hace gracia y no acaba de provocarle la sonrisa. Como el otro día en Monda, Sierra de las Nieves.

Pedro Ramos en Málaga Lectora
Pedro Ramos, en plena faena, siendo observado por Lau

Hasta allí nos fuimos (yo, con un ataque de ciática tremendo) invitados por la Diputación de Málaga y la escuela Metáfora. Hablé de mi proceso creativo, recomendé algunas lecturas (las mismas que aparecen por aquí) y conté alguna anécdota sobre alguna de mis novelas. Para eso me llevaron. La que más me gusta recordar: como supe que Un ewok en el jardín se tenía que titular así.

He hecho una búsqueda rápida en este documento de más de mil páginas y parece que no lo he contado en estos artefactos. He hablado mucho sobre este libro, desde lo que dije cuando me entregaron el Premio (la fotografía del beso es de mis favoritas), hasta las cosas bellas que han pasado en los encuentros. Profesores valientes. Pero no he escrito lo que sucedió aquella mañana cuando yo le dije a Lau lo que le dije y ella me miró de esa manera con los ojos muy abiertos. Sé que lo he contado varias veces en directo y por lo menos dos delante de ella, mirándola a esos mismos ojos. Me da cierto ¿pudor? ponerlo por escrito. Fijarlo. Porque cada vez que lo cuento me permito añadir algo distinto. Y (ella) lo escuchará como la primera vez. Eso dijo después, en el Cerulian, de regreso a casa.

—Ya me sé lo que vas a contar, pero aún así…

No hacía falta que lo dijera. Lo siento. Reconozco perfectamente esa sensación, cuando empiezo a contar una historia y tengo toda la atención de la persona que me está escuchando. Soy consciente de cuando eso sucede. Y sé que es un privilegio. También sé que no depende exclusivamente de mí que suceda.

Desde hace un tiempo, en vez de frustrarme, aprovecho esta situación para darle una lección a mi ego. Estoy en ello.

Me explico. Por muy bien que se me dé esto de contar historias, la comunicación no funciona si el Receptor no está activo. Cosa que sucede, por defecto, cuando te suben a un escenario o te sientan en una silla en el centro de todas las miradas. Te vuelves interesante (y esto, inevitable, infla cualquier ego). Sucede igual con los adultos que con los jóvenes. Es escritor, piensan, y eso ya te rodea de un aura que, como decía Warhol, desaparece en cuanto abres la boca. Más o menos. Uno, al menos yo lo he conseguido, aprende a identificar cuando este hilo está tenso y transmite. Incluso cómo tensarlo un poquito más y ponerte juguetón con la audiencia.

También soy consciente cuando esta conexión no funciona.

Sucede en los encuentros.

Y en la vida real.

Que es donde quería llegar.

Por muy escritor que seas, aunque estés contando la misma historia que tanto emocionó aquel día que llenaste el auditorio, prueba a contársela a la cajera del supermercado. O para a alguien en la calle. Y se lo explicas.

Se me ocurre un ejemplo todavía mejor (si Felixa estuviera viva, podría decir que es ella quien me lo ha contado):

En la estación de Chamartín, en los pasillos que unen Cercanías con Alta Velocidad, allí donde se juntan los caminos y quien más quien menos circula camino de ningún sitio, montamos dos baterías, una guitarra eléctrica, amplificamos un bajo y le damos corriente a un buen micrófono para que Vetusta Morla suene como en el mejor de sus conciertos. ¿Cuántas personas se pararían a escucharlos?

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