La ignorancia de un hombre
Qué bien lo pasé en la entrega de Premios Fiction Express 2025. Allí conocí a mi admirada Maite Carranza y al desde ya leído Arturo Padilla. También tuve ocasión de conversar con Ruben Montañà y Laia Soler. El responsable del meme es Javier Aráguz. Menudos fichajes.
Las fotografías, me han dicho, están disponibles en Facebook. Como no tengo redes sociales no sé si habrán sacado mi lado bueno. El enlace al vídeo, al final del artefacto.
Decíamos ayer que Machado es una mandarina y Zambrano, un pomelo. Me escribe Alfonso para contarme que ha escuchado en la SER que las naranjas que comemos hoy en día son un híbrido creado hace 3.000 años al cruzar una mandarina y un pomelo. Ergo Machado y Zambrano son auténticos. Todavía no hemos clasificado a ningún escritor como una naranja, pero lo tendremos en cuenta en el taller de los martes, los Antidiotas.
No he podido evitarlo y he buscado en internet la historia de la naranja.
Son originarias de un lugar indeterminado del sudeste asiático. Los árabes, en el siglo X, las trajeron a España. Pero era la variedad amarga, de adorno. Porque el naranjo además de ser un árbol precioso huele de maravilla. Azahar. Hay un árbol, en la curva que hay justo antes de llegar al mar desde casa, un naranjo rechoncho y lozano que en esta época se basta para llenar de olor toda esa zona. Agazapado en una terraza, entre romeros y algún que otro arbusto, no llegará a un metro de alto, tienes que pararte a buscarlo llamado por su fragancia. Rechoncho, lozano y provocativo, así es el naranjo de la curva. ¿Serán amargas sus naranjas? ¿O pertenecerá a una de las cuatro variedades dulces que los comerciantes portugueses nos trajeron de China en el siglo XV? De ahí la frase “Naranjas de la China”, para reivindicar que estas eran dulces, no como las otras. Puro marketing. Y fueron los españoles, eso he leído, quienes las llevaron al continente americano. Además de la viruela, el sarampión y la gripe. Cosas que pasan.
Esta es la página 1.000 del documento donde escribo estos artefactos. A tres páginas cada uno, como diría Mayra Gómez Kemp, son un montón de viernes compartiendo trocitos de vida. Como hemos cambiado, que diría el otro. Y lo que nos queda. Empecé publicándolos en La Opinión de Málaga, en pleno confinamiento, y ya han pasado por estas páginas varios gatos, un montón de libros, espero, algo de belleza y quizá alguna reflexión interesante, que no conviene saturar los textos de ideas, que para eso están los poetas y sus versos que no lee nadie. En su defecto, llenemos las librerías de novelas entretenidas, pero sin sustancia, no vaya a ser que la gente piense y se convierta en persona.
Nunca lo había contado. ¿Por qué “artefactos”? La culpa la tiene el diccionario.
artefacto: del latín <<arte factus>>, hecho con arte. Textos que no constituyen una obra definida, sino que se adaptan a un fin determinado; más bien grande y a veces tosco.
Y tanto.
El primero que escribí no me atreví a enviarlo, pero aquí está, en este archivo, a la espera de que un arqueólogo digital haga su trabajo quien sabe cuántas generaciones más tarde y confunda mis ripios con una manifestación esotérica campestre escribiendo, a su vez, una página de su próximo relato. Y todo porque Lau rompió la taza del inodoro. Esto es lo que tengo anotado:
Este fue el primer artefacto que escribí. No me atreví a publicarlo. En su lugar envié a La Opinión de Málaga *aplauso. Era mucho más directo, sentimental. También estaba más elaborado. Salió así.
Poco tiempo después leí a José María de Loma. Contaba en su diario semanal que se le había roto la cisterna. Tengo uno escrito sobre el inodoro. Todo porque Lau rompió la tapa. Es mejor no preguntar. Y estuve a punto de reemplazar este por el otro. Al final, cumpliré mi palabra. Soy de los que terminan lo que empiezan. O quizá no me he atrevido.
Seis años después, Lau y yo seguimos felizmente casados. Quizá no haberme atrevido tenga algo que ver.



