Dos meses después, puedo volver a comer legumbres. Para celebrarlo, decidimos hacer garbanzos (de aquí, de la Axarquía) y abrir una de las latas de grelos que nos regalaron Uxía, Habi y Alfonso.
Nada más abrir la lata, ese olor. A cocina gallega. A lareira. Me emociono. Te llamo. Andas en el arriate, en cuclillas, cortando unas flores mustias o unas ramas secas. Ven, te digo. Ven. Hueles. Observo tu sonrisa. No me lo puedo creer, te digo. Es como estar allí. Por unos instantes el olfato se impone a la vista, al resto de los sentidos.
¿Te acuerdas de aquel bar detrás de María Pita?, preguntas.
Claro que me acuerdo. Y del camarero, que también era el dueño, el padre de familia, y su bigote, su forma de andar como de dibujo animado, su rostro afable y las venas de la nariz enrojecidas.
Fue el primer sitio casero donde comimos, dices. Estábamos hartos de comer fuera. Y solo llevábamos una semana.
Recuerdo la pensión donde nos alojamos esa semana. Olía a pies, la moqueta como de hotel británico…


