Felixa estará siempre aquí
Para empezar, les diré que aun apreciando mucho a mis padres, mis maridos, mis hijos, mis amantes y mis amigos, ninguno de ellos es capaz de ofrecer el amor con que te obsequia un perro. Como yo también he sido madre, hija, esposa, amante y amiga, sé muy bien cuán tornadizos son los amores humanos. Los perros, en cambio, están libres de esos vaivenes del sentimiento. Cuando un perro te ama, eso es para siempre, hasta su último ladrido. Así es como me gusta ser amada, y por eso hablaré de perros.
Todos los perros de mi vida. Elizabeth von Armin
No tengo perros y nunca los he tenido. Hasta ahora han pasado por nuestras vidas cuatro gatos (Siete, Byron, Telma, Felixa) y puedo decir que cada uno tenía una forma distinta de relacionarse, todos muy diferente a lo que se dice por ahí de cómo aman los gatos. Quizá la culpa la tengamos Lau y yo. Es posible. También es cierto que con unos me llevaba mejor que con otros y tengo mis favoritos —dicen que está feo decirlo de los hijos, pero yo creo que a los padres también les pasa—. Sea como sea, cada uno de estos peludos tiene un lugar en mi corazón. El de Felixa, como no, es un jardín lleno de helechos y otras plantas de sombra: aspidistra, arecas y una hiedra. Todo muy frondoso. Allí reina, con su corazón de pantera.
Esta semana no ha parado de llover y ha sido un alivio. Primero, porque apenas hemos pisado el jardín, su reino. Segundo, porque Felixa habría sufrido todavía más con las inclemencias del tiempo. Entre unas cosas y otras, el trabajo y demás obligaciones, Lau y yo hemos recordado todas y cada una de las monerías que hacía. Desde recibirnos subida al muro a beber agua de lluvia en la espuerta. Con diferencia, es del gato que más fotos tenemos. Era cotilla, maullaba en endecasílabos y exterminó a todas las salamandras de nuestro jardín y alrededores. La otra noche, cuando paró la lluvia, me las encontré en plena fiesta, a las salamandras. No me lo tomé a mal y les pedí un segundo de silencio a la memoria de Felixa. Confraternidad animal. Otros que están contentos son los mirlos. Han recuperado un espacio en el que no se atrevían a entrar. Son dos machos y una hembra —no sé muy bien cual es el acuerdo—, pero por aquí andan de vuelta. Se dedican a escarbar en las macetas de los ficus benjamina, sacando fuera el máximo de corteza posible. Después llegan los gorriones pandilleros para curiosear en la tierra removida. Mis favoritas, las currucas, siguen impasibles e hiperactivas. Son las más valientes, sin duda: incluso con Felixa no dejaron de alegrarme con sus revoloteos.


