Al artefacto de la semana anterior le falta una cita de “El Sur” de Jorge Luis Borges.
En el hall de la estación advirtió que faltaban treinta minutos. Recordó bruscamente que en un café de la calle Brasil (a pocos metros de la casa de Yrigoyen) había un enorme gato que se dejaba acariciar por la gente, como una divinidad desdeñosa. Entró. Ahí estaba el gato, dormido. Pidió una taza de café, la endulzó lentamente, la probó (ese placer le había sido vedado en la clínica) y pensó, mientras alisaba el negro pelaje, que aquel contacto era ilusorio y que estaban como separados por un cristal, porque el hombre vive en el tiempo, en la sucesión, y el mágico animal, en la actualidad, en la eternidad del instante.
Quiero (ser gato y) saborear la eternidad del instante. ¿Podría servir, la eternidad del instante, como definición para ese momento en el que la escritura se dispara?, ¿podría? También, para esos instantes en los que me siento consciente. Combinemos ambas: llegar a la consciencia, la e…

