No tengo miedo a morir. Tengo miedo a envejecer sin ti. Al insondable páramo, que no desierto, en el que se convertiría mi vida. Por eso quiero, insisto, en vivir juntos el presente. No postergar nuestra existencia, esperar a jubilarnos para hacer lo que siempre hemos querido: llevar una vida sencilla, consciente, plena.
Dime si me equivoco.
El día empezaría conmigo levantándome temprano, sin hacer ruido. Me pongo a escribir estas líneas u otras parecidas, con la música a un volumen ínfimo, para no despertarte. A las diez, o las once, con tu cara llena de sueño, abres la puerta del despacho, me amenazas con que tienes un agujero en el estómago, todavía no te has lavado la cara, todavía no te has peinado tu melena rizada, llevas el pijama de pingüinos que te regalé —blanco, gris y rojo, nada sexy, todo tú, calentito— y me dices ¿Desayunamos? y yo te contesto Claro y juntas la puerta del despacho, entras en tu baño, sigo escribiendo hasta que sales y bajas las escaleras y pones la cafeter…

