Lo mío es puro vicio, lo reconozco. Con todos los libros que tengo encima de la mesa del salón, los libros que escondí en un armario para leérmelos algún día, pero que no me agobiasen; los libros que tengo en pendientes y tengo que leer por algún que otro compromiso… la otra mañana Lau y yo volvíamos de caminar por el parque de baldosas amarillas y nos paramos a cotillear en una de las casetas de intercambio de libros. Habíamos dejado allí algún título de esos que no volveré a leer. Allí seguía. Pobre. No diré el título para no herir personalidades. Y, al lado, El valle de los lobos de Laura Gallego. ¿Perdona? Este no me lo he leído, pensé. Y lo cogí. Y me lo llevé a casa. Y es lo que estoy leyendo ahora. Aparcado Marco Aurelio (MA para los amigos) y demás proyectos solemnes. Lo estoy disfrutando. No es el mejor libro de Gallego, pero se nota el oficio. Y ahí me tienes, la sobremesa, que si la niña granjera se hace maga, que qué pasa con Kai… No me ha dado tiempo a terminarlo, pero ya sé que este es de los que no se quedan. Se lo regalaré a alguno de los participantes en el taller de adolescentes de la Biblioteca Canovas del Castillo. Allí lo descuartizaremos. Próximamente. Empezamos el miércoles pasado. Tenía ganas. Y no. Consumen mucha energía. Son lo mejor. Sé que algunos me leen, incluso me contaron que han abierto su propio Substack. Cuando me pasen el enlace, lo comparto. Me emociona ver como se esfuerzan por superarse. Tienen tanto potencial. ¿Cómo decirles que no tengan prisa? También hablamos sobre la IA. Me interesa mucho saber qué piensan. Más que soltarles el rollo. Sé que no son una muestra representativa de los adolescentes actuales, pero para mí son la esperanza. Por lo que dicen. Por lo que hacen. Por cómo lo cuentan. Ojalá se impongan a todos los mastuerzos que nos rodean, sean capaces de aprender a vivir con esa sensibilidad y no tengan que esconderla o la pierdan por el camino, que sea esa sensibilidad la que les ayude a crear un mundo mejor que el que han heredado de nosotros. No es un mal objetivo para un taller de escritura. Si quisieran ser Blue Jeans o Carlos Ruiz Zafón no me habrían aguantado ni una tarde.
Él sabía muy bien el sacrificio que suponía para la niña mantener aquella amistad, y en su interior aplaudía la fortaleza de su amiga. A pesar de sus esfuerzos, Dana no podía evitar que de vez en cuando alguien la descubriera «hablando sola». Eso y su extraño comportamiento habían contribuido a darle una dura reputación en los alrededores.
A Dana no le preocupaba mucho, y menos en aquel momento, mientras volvía a casa junto a Kai, bañados ambos por la soberbia luz del atardecer otoñal. La niña cerró los ojos y dejó que la brisa le revolviera la melena negra.
Kai la miró con ternura. Dana pronto dejaría de ser una niña; el chico sabía muy bien que, pese a su aspecto despreocupado, su amiga estaba pasando por un momento difícil. Por un lado ansiaba tener un grupo de amigos «normales»; pero, por otro, no quería perder a aquel que ocupaba un lugar tan importante en su corazón.
Kai sabía que Dana buscaba preguntas a las respuestas que comenzaba a plantearle la vida; y sabía también que él iba a ser un apoyo fundamental para su amiga mientras ella encontraba su camino. Dana le necesitaba más que nunca.
Entonces el viento les trajo unas voces desde la lejanía.
Simba sigue haciendo de las suyas. No importa los obstáculos que le pongamos, él no perdona su paseo matinal y su paseo vespertino. ¿Dónde? Según un artículo que he leído, cuatro de cada diez gatos tienen varias casas donde reciben mimos y alimentos varios. Es decir, da igual lo bien que le tratemos, aún castrado, su instinto es buscar otras familias que le engorden a golosinas y caricias. Así está. Es increíble verle saltar con esa panza de Sancho. Luego, a la hora de jugar, se tumba y solo se mueve rodando, pero a la hora de subirse al muro ZAS. Y Piter se le queda mirando, corre a maullar por las esquinas, denunciándolo. Porque no se atreve a seguirlo. Yo creo que ya podría saltar tanto como el otro. Pero tiene otro carácter. Es más nervioso, exigente, tímido. Los dos, estirados, ya casi no caben en mi escritorio. Aún así, escribo.
Esta semana hemos visto (Lorena nos la recomendó) la serie Empatía. Notable. Todo iba estupendamente hasta que los guionistas, el señor director y los productores quisieron dejar todo abierto para que veamos la segunda temporada. Decepción. Por favor, señores del audiovisual, contadores de historias del mundo mundial, sea el formato que sea que utilicéis para contar vuestras historias, por favor, tratad cada obra como lo que es: un ser autónomo con su presentación, nudo y desenlace. Entiendo vuestro ansia por hacer una segunda temporada, puedo empatizar: es vuestra forma de ganaros la vida, pero no juguéis sucio, no me obliguéis a verla/leerla. Frase para camiseta reivindicativa: Una temporada, una historia.
Posdata: Lau está devorando Un cambio de verdad de Gabi Martínez. Ya os hablé muy bien de este libro, pero sé que algunos os fiáis más de ella que de mí. Es lo que lee durante la sobremesa, que suele terminar en siesta, breve y reponedora. Para despertarnos, tengo programada una alarma con la canción “Now we can sing” de Max Richter en el equipo de música del salón. Uno de los mejores momentos del día.

