Viernes, segundo día de la cuarentena.
Despierto solo por segundo día consecutivo. Me siento aturdido, desubicado. Telma también. Entra en la habitación y maúlla. La acaricio. Decido quedarme en la cama leyendo a Berlin. Echo de menos el cuerpo de Lau en su mitad de la cama, que siempre acaba siendo la cama entera. Moverme y encontrarme con una pierna, su espalda. Apoyar el libro sobre ella mientras escucho su respiración, de entre dormida y despierta, ese gesto con el que vuelve a quedarse dormida. Esa facilidad.
Me termino el libro de Berlin. Me duele la espalda. No lo he disfrutado tanto como esperaba. Es una recopilación de textos autobiográficos, de cartas. Es fácil reinterpretarlo. Berlin era alcohólica, se caso tres veces, tuvo cuatro hijos. Aquí cuenta lo que quería que supieran los Dorn, la familia a la que van dirigidas la mayoría de las cartas. En La última copa, un ensayo de Daniel Schreiber sobre el alcoholismo, leí una frase que decía algo así como que todos aquellos escri…


