Diario de un positivo
Envío 7. Viernes, segundo día de la cuarentena. 1/2
Viernes, segundo día de la cuarentena.
Despierto solo por segundo día consecutivo. Me siento aturdido, desubicado. Telma también. Entra en la habitación y maúlla. La acaricio. Decido quedarme en la cama leyendo a Berlin. Echo de menos el cuerpo de Lau en su mitad de la cama, que siempre acaba siendo la cama entera. Moverme y encontrarme con una pierna, su espalda. Apoyar el libro sobre ella mientras escucho su respiración, de entre dormida y despierta, ese gesto con el que vuelve a quedarse dormida. Esa facilidad.
Me termino el libro de Berlin. Me duele la espalda. No lo he disfrutado tanto como esperaba. Es una recopilación de textos autobiográficos, de cartas. Es fácil reinterpretarlo. Berlin era alcohólica, se caso tres veces, tuvo cuatro hijos. Aquí cuenta lo que quería que supieran los Dorn, la familia a la que van dirigidas la mayoría de las cartas. En La última copa, un ensayo de Daniel Schreiber sobre el alcoholismo, leí una frase que decía algo así como que todos aquellos escritores alcohólicos, daba un montón de nombres, no escribieron lo que escribieron por ser alcohólicos, sino a pesar de.
Bienvenida a casa incluye historias, cartas y fotografías de los primeros 29 años de la vida de Berlin. Este periodo de su vida responde al estereotipo de escritora maldita, a esa idea romántica que muchos lectores tienen (teníamos) sobre la relación entre creación y alcohol, sobre una vida precaria y el éxito literario. Berlín dejó de beber, al alcoholismo nunca se le gana la partida, y siguió escribiendo hasta su fallecimiento en el año 2004. Su éxito, como se reconoce en los agradecimientos, se debe a la labor de FSG. Todos sus cuentos ya habían sido publicados antes. Pero solo ahora nos dimos cuenta de lo grande que era, “una estrella literaria sin igual”. ¿Marketing o realidad? El tiempo resolverá esta ecuación. Yo, en este libro, me he encontrado con una mujer sola, enferma, perdida, que vaga de una casa a otra, que sueña con ser escritora y, cuando lo consigue, tiembla. Si no fuera por Stephen Emerson la obra de Lucia Berlin seguiría siendo desconocida. Ni mejor ni peor, desconocida. Y esto no hace que Berlin sea mejor escritora, pero sí que tenga más lectores. Algo que, sinceramente, dudo mucho que a Berlin le importe ahora. Murió en el año 2004, tenía 68 años, había publicado 76 cuentos.
Lau y yo desayunamos en el jardín uno a infinito del otro. Corre una brisa fresca, agradable. He preparado té chai y tostadas. Con aceite y ajo, como a ella le gusta. Tengo más hambre. Compartimos medio pitufo de manteca colorá que dejaron olvidada Raquel y sus amigas. Reinfusiono mi té. Lau parece más animada. Hoy podemos hablar. Examino los menús de la semana y le dicto la lista de la compra. Ella se encargará de hacerla por internet. Se queda buscando ofertas, añadiendo alguna golosina, y yo me subo a intentar trabajar.
Tengo un correo electrónico de la Biblioteca del Centro Cultural Pablo Ruíz Picasso de Torremolinos. Quieren retomar los talleres de escritura en octubre. Tengo más dudas que certezas así que les propongo que hagamos una videollamada. Al rato, me llama por teléfono Noemí, una de las bibliotecarias. Me emociono al reconocer su voz. Es una voz del pasado, de cuando todo fluía. Hablamos del coronavirus. Me pregunta por Lau (ya sabe que ha dado positivo, se lo decía en el correo). Pregunto, con curiosidad de diario, por cómo está la situación en Torremolinos, por cómo lo están gestionando ellos. Aquí, todo está bien, dice. Hasta se sacan más libros que antes. La biblioteca ha instalado el protocolo que ha recomendado la Biblioteca Nacional, me comenta orgullosa. Los libros se meten en bolsas, las bolsas se meten en cajas, las cajas pasan una cuarentena. Qué tristeza, exclamo. ¿Pero qué quieres que hagamos?, responde. Supongo que tiene razón. Desde aquí, incluso con Lau enferma, me es difícil reconocer que el mundo haya cambiado. Todavía no me lo creo. No quiero creerlo.
Hablamos de cómo hacer el taller. Mantenemos el aula, pero quizá podamos sentarlos en la grada, ¿cuántos? Supongo que nos limitarán el aforo. Podíamos usar unas tablas para apuntes, de esas que tienen pinzas. Los deberes me los tendrían que enviar por correo electrónico. Pienso en algunos de los participantes del año pasado. Son mayores, tienen problemas de salud. ¿Se atreverán a venir? ¿Podemos garantizarles su seguridad? Le comento a Noemí que tendrá que ser el jueves o el viernes, que los otros días de la semana tengo clases online. ¿Mantenemos el mismo horario?, pregunta. No sé si RENFE mantiene la misma frecuencia de Cercanías, tengo que consultarlo. Al decir esto me asalta la imagen del vagón lleno de personas y siento algo de miedo. ¿Conducir? Aunque volviera a hacerlo, con un solo coche, Lau y yo tendríamos que coordinarnos. No lo veo. Vale, recapitula Noemí, voy a hablar con Juan que está hoy por aquí. Dale un beso de mi parte, digo. Y otro para Carmen y otro para ti. A ver si lo convenzo, dice Noemí. Antes de despedirnos, todavía, hablamos de la vuelta al cole (tiene un hijo de cinco años), de la desconfianza que ambos tenemos. ¿Puede la enseñanza online garantizar el acceso a todos los alumnos? ¿O generará mayor desigualdad? Por no hablar de la calidad, la eficacia de un sistema educativo en el que no haya contacto humano, relaciones sociales. Y el verdadero problema: la conciliación o lo que es lo mismo: ¿quién cuida de los niños mientras los padres trabajan? La improvisación de nuestros gobernantes supone un mayor esfuerzo para la comunidad educativa. El resto, los padres y los que no, nos sentimos inseguros, desprotegidos, utilizados.
Según la Consejería de Salud y Familias de la Junta de Andalucía (eso dicen los periódicos digitales que consulto hoy) hay cuatro nuevos infectados por coronavirus en la comarca de la Axarquía. Dos casos en Vélez-Málaga y dos en Rincón de la Victoria. Me pregunto si el contestador automático habrá informado al señor que lleva el recuento. O el positivo de Lau sigue en el limbo.
A las once y media, escucho los pitidos insistentes del pescadero. Me pongo la mascarilla y salgo. Compro tres jureles que hacen un kilo y mantengo una distancia forzada. Creo que el pescadero piensa que soy un poco hipocondriaco. No me atrevo a decirle nada, no quiero que se asuste. También, tengo que reconocerlo, me da miedo que se corra la voz. El estigma.
Repaso los correos y las redes sociales. La pregunta que hice en Facebook, ¿Habéis leído algo interesante en agosto?, tiene más de cien comentarios. Los respondo mientras oigo a Lau con la aspiradora para arriba y para abajo por toda la casa. La veo pasar con productos de limpieza, la mascarilla, guantes.
¡Por fin! Lau ha conseguido hablar con un humano. Un hombre ha contestado al teléfono del centro de salud y ha hablado con Lau. Le ha pedido su número y le ha prometido que la llamaran. Son las 13:42 horas. Anoto estas líneas y bajo a preparar la comida: pasta carbonara y jureles al ajo. Para la carbonara tomo como referencia la receta de El comidista, pero no pongo panceta y utilizo dos huevos enteros. Los quesos que tengo en la nevera son gouda y manchego. Me atoro un poco. No he terminado de rallar el queso y la pasta está cocida. Pongo dos dientes de ajo en la sartén y, cuando están dorados, me doy cuenta de que no he limpiado el pescado. Así va. No caben en la sartén. Los jureles son tan hermosos que sobresalen y no puedo poner la tapa. Mientras, mezclo la salsa no carbonara con la pasta y lo mezclo enérgicamente. Dejo la cacerola tapada para que no se enfríe. Doy la vuelta a los jureles y añado sal, pimienta y otro chorro de aceite. Huele bien. Espero unos minutos en los que muevo la sartén de vez en cuando para que no se peguen. Saco los dos más pequeños y los limpio con mucho cuidado de no arrastrar las tripas (es lo que amarga). Limpio el más grande de todos. Tengo una montaña de jurel. Le añado su propia salsa, una mezcla del aceite donde he dorado el ajo y el jugo que ha soltado el pescado. Pongo la mesa en el salón, uno en cada punta de la mesa para seis. Qué triste es comer tan lejos. Como echo de menos sus besos, su tacto. Su olor. No me había dado cuenta de lo importante que es este sentido, lo presente que está en mi día a día, hasta que empecé a llevar este diario.
Siesta en la cama. Cada uno en la suya. La idea ha sido de Lau para que estemos más tiempo separados. Leo el diario de Valverde hasta que me quedo dormido. Cuando voy a preguntarle a Lau si quiere un té, está hablando por teléfono. Por su mirada deduzco que es algo importante. ¿Serán del centro de salud? ¿Tan rápido?
En efecto.
Preparo dos tés rojos con limón de nuestro limonero, subo al despacho y alimento este diario hasta que Lau aparece en la puerta. Tiene otro semblante. Un amor, dice. Últimamente utiliza mucho esta palabra para referirse a la gente cariñosa. Eran del centro de salud de Torre del Mar, me explica. Tienes tu prueba PCR este domingo a las siete y media. ¿Yo?, pregunto incrédulo. Sí, responde, te llamarán ahora. Entérate bien de dónde es porque yo me he hecho un poco de lío. Puedo llevarte yo, he dicho que no conduces. Intento procesar toda la información. Tienes un té abajo, digo. Lau se marcha, yo intento volver a lo que estaba haciendo y suena el teléfono.
—Soy Mari Mar del centro de salud de Torre del Mar.
Tiene una voz agradable. Dulce. Imagino cuantas conversaciones como está habrá tenido. No muestra ni pizca de tedio, todo lo contrario, resulta empática, amable. No sabe lo que me alegro de escuchar una voz humana al otro lado. Me pregunta si mi esposa ya me ha contado. Le respondo que sí. Supongo que me repite lo que le ha contado a Lau, pero lo hace como si fuera la primera vez y yo se lo agradezco infinito. Imagino que estando los dos solos, querréis comer juntos, pero es el momento en el que más vulnerable nos volvemos. Al comer, al hablar, aunque sea en un espacio abierto deberíais comer en mesas separadas. Escucho con atención y tomo nota. La prueba será el domingo a las 19:30 horas en la carpa blanca que hay en el aparcamiento detrás del hospital. Sea cual sea el resultado, como el positivo fue el día 25, tenemos que estar aislados hasta el día 8 de septiembre. Nos llamaran cada martes para ver qué tal estamos. Me facilita dos números de teléfono por si algo se complica. Le doy las gracias.
—Has sido muy amable —insisto.
Espero que sepa lo importante que es su trabajo.
Termino de escribir estas líneas y decido cambiar el nombre a este archivo. “Diario de un positivo” me parece mejor título.

