Diario de un positivo
Envío 12. Lunes, quinto día de la cuarentena.
Lunes, quinto día de la cuarentena
A las siete suena el despertador y Telma no espera ni cinco minutos para entonar su maullido. La acarició, tranquilizo y me levanto. Organizo mis ideas, escribo hasta las diez y media. Llamo a la puerta de la habitación de invitados, pero Lau ya está abajo. Ha terminado la lista de las alumnas, lo que sea que estaba haciendo. Está alegre.
Desayunamos cruasán a la plancha con el recuperado silencio y la ligera bajada de las temperaturas. Ha llegado el otoño, bromeo. Lau me cuenta que el chico que gestiona las redes sociales de la clínica sigue con náuseas y tiene un sarpullido en el brazo. Tania, una de las amigas de Raquel que estuvo aquí hace poco, ha dado negativo. A Raquel siguen sin hacerle las pruebas. ¿Qué tal noche has pasado?, le interrumpo. Muy bien. Se le nota. Hoy voy a disfrutar del día, dice. Lau recibe la llamada de una amiga, Carmen, para saber si necesitamos algo. Me levanto, recojo mi jarra, mi plato y le digo, vocalizando mucho para que pueda leerme los labios, “¿Barres tú?” Me hace un gesto de OK.
En el despacho. Tengo que ponerme en modo oficina. No quiero. No queda más remedio. Reviso las redes sociales. Me aburre tener que venderme. No encuentro nada interesante en saber qué ha hecho, o ha dicho que ha hecho, uno y otro. Felicidad impostada y autopromoción encubierta, escribo en el comentario de mi publicación de hoy. Leí Tristes por diseño, las redes sociales como ideología de Geert Lovink, pero no llegué a hacer la reseña. Sería tan fácil como no estar. ¿De verdad necesito estar? Lanzo una campaña de publicidad en Facebook para promocionar el nuevo curso.
Leo en El País, firmada por Lucía Bohórquez, una noticia que me sobrecoge. Un grupo de ocho amigas estuvieron de vacaciones en Formentera a principios de agosto. Días de playa, calas y chiringuitos. Amigas treintañeras que mantienen el contacto desde la universidad, ahora viven en diferentes ciudades de la península, y que aprovechan el verano, a pesar del coronavirus, para reencontrarse y divertirse. Según los registros, los casos activos en la isla en aquellos días rondaba la quincena.
En el avión de regreso, Irene, una de estas mujeres, recibió un mensaje de un conocido. Era el enlace a una noticia de un periódico local. La noticia contaba que un restaurante había sido clausurado porque varios de sus trabajadores, que debían estar en cuarentena, habían seguido trabajando. El nombre del restaurante era El Pirata. Ella y sus amigas habían estado en ese restaurante. El propietario del local, también juez de paz de la isla, había sido acusado de presuntos delitos de lesiones y contra los derechos de los trabajadores. Se habían detectado 15 positivos en la plantilla. El Gobierno de Baleares hacía, a través del periódico, un llamamiento para que las personas que hubieran estado en el establecimiento entre el 10 y el 14 de agosto, se sometieran a pruebas PCR.
Irene, escribe Bohórquez, una vez en Murcia, llamó a su centro de salud. Allí le dijeron que no era necesario que se hiciera la prueba porque un camarero no era un contacto estrecho. Además, no tenía síntomas. Pero Irene tenía miedo. Miedo a portar la enfermedad, miedo a contagiar a sus padres. Miedo.
Irene se hizo la prueba PCR en una clínica privada.
Positivo.
El resto de sus amigas, las seis que habían comido con ella aquel día en El Pirata, también. Solo hubo una, dice Irene, a la que el centro de salud le hizo la prueba y fue porque tenía síntomas muy evidentes. Otra de las amigas se encontraba de viaje y terminó contagiando a otra compañera. Ninguna de ellas necesitó ser hospitalizada. Si un conocido no le hubiera enviado aquella noticia a Irene, ¿se habrían enterado? A través de amigos comunes contactaron con otro grupo de 14 chicas que estuvo comiendo en el restaurante en las mismas fechas. 11 han dado positivo.
Así se expande el virus.
Bajo al jardín. Lau ha aplicado una nueva capa de mortero impermeabilizante a la arqueta. Solo en la parte superior. Nos habíamos dejado un par de buenos agujeros, reconoce. Hay un espejo, ella lo usa para depilarse las cejas, sobre el borde de la alberca. Deduzco que lo ha utilizado para encontrar los agujeros. No nos queda pintura de caucho, ¿verdad?, pregunta. No, no nos queda. Mañana le doy otra capa y pasado la llenamos. Pero solo la arqueta.
Cenamos una tosta de jamón. Lau me dice que no puede aguantar la respiración. Hago la prueba. Cojo aire por la boca y dejo de respirar. Cuento mentalmente. Ella tiene que abrir la boca a los tres segundos. Me ahogo, dice. Tú estás bien, no tienes nada, dice entre molesta y aliviada. Pienso que eso es lo peor que me podrían decir. Significaría una semana más sin poder tocarla. Otra semana tan cerca, tan lejos.
Empezamos la serie Love life. Son capítulos cortos, de media hora, que saben a poco. Aunque son autoconclusivos están escritos para que quieras ver el siguiente. Lo antes posible. La serie es entretenida, está muy bien hecha y tiene un reparto natural, es decir, los actores parecen personas, no modelos. La protagonista no responde a los cánones de belleza, sus novios, tampoco. De eso va la serie: de los amores y desamores de la protagonista. Vemos cinco capítulos seguidos.
Martes, 1 de septiembre, sexto día de la cuarentena.
En las jardineras, han florecido la albahaca y una de las gazanias. El cilantro y el perejil son pasado. La dipladenia, jazmín de Chile, nos ha sorprendido con una decena de flores rojas que tienen la textura del terciopelo. Las de agosto eran más finas, como de papel. El jazmín de Madagascar está a punto de florecer.
Hacemos media hora de estiramientos y desayunamos bajo un cielo nublado. Hoy, la máxima será de veinticinco grados. Todos los compañeros de Lau han dado negativo en la prueba PCR. Tranquilidad.
Lau dice que se va a volver a acostar. Me subo al despacho. Tengo un correo de Edebé: tienen una oferta para publicar Raúl y la luz azul en México. Acepto. Me hace ilusión. El libro salió a la venta en febrero, tuvimos que cancelar la presentación en Málaga por la pandemia. Todos los encuentros que había previstos se cancelaron. Hice tres online. Qué triste. ¿Servirá la vuelta al cole para volver a la carretera? La vida sigue, pero ¿en qué condiciones? Me temo que las reglas del juego han cambiado y todavía no sabemos cuáles son.
Leo en un diario digital que, en tres días, se han detectado 39 nuevos casos en la Axarquía. Hay 244 positivos. El coronavirus ha llegado a pueblos pequeños del interior de la comarca, pero todavía hay 11 municipios donde no se ha registrado ningún caso. Desde el inicio de la pandemia, 23 personas han fallecido en este rincón del mundo por COVID-19, lo que significa un 3,8% de mortalidad. Las últimas estimaciones globales son que el 80% de los casos solo produce síntomas respiratorios leves.
Comemos humus de remolacha y de segundo, para mí, el arroz que sobró del otro día. Para Lau pasta al pesto (también sobró pesto el otro día). Después, por culpa de Jordi Carrión, vemos Gravity. Mientras preparaba el humus he escuchado su podcast Solaris, el programa dedicado al Big data y en él hablaba de la película. Ya la habíamos visto, pero apenas la recordaba. Y mucho menos la había interpretado en los términos que Carrión argumenta en el podcast. Este tipo de historias, la que cuenta Gravity, lucen mucho más en una pantalla de 55 pulgadas que en el papel. Un amanecer desde el espacio o las tormentas de basura espacial se disfrutan mucho más en formato audiovisual. George Cloney es perfecto. Sandra Bullock ha ido mucho al gimnasio para preparar este personaje. A esto me refería con el casting natural de Love life.
En Lo viral, Carrión también recomienda series, The Wire (mi serie favorita), Borgen (no la he visto), The newsroom (me la recomendó Alfonso) o Press para el que quiera profundizar. No solo hay ensayo y documentales, también hay ficción en forma de novela o película. Una de las películas es Contagio de Steven Soderbergh, “ejercicio perfecto de realismo de anticipación […]. Lo que importa son las masas y las instituciones; no los individuos. Las cadenas de contagio, los Estados, las estructuras de control y de poder; no las personas”. La vimos hace mucho tiempo y Lau no quiere que la volvamos a ver.
Por la tarde, escribo y me preparo la primera clase del curso. Será con América. Tengo ganas de verla y saber cómo ha ido su verano. Los deberes para esta primera sesión eran escribir un diario. Hablamos sobre las ventajas de este género, de por qué nos empeñamos en escribir ficción si lo que queremos es ajustar cuentas con la vida. Muchas veces, durante las tutorías, me sucede lo mismo que cuando escribo este diario: llego a conclusiones. Me obligo a elaborar un argumento, contrastarlo durante la preparación y, en algún caso, a defenderlo en la exposición. Una tutoría es un diálogo de tú a tú en el que nadie tiene la razón. Yo tengo más experiencia y/o conocimientos sobre el tema que estamos tratando, pero el punto de vista de la otra parte me obliga a cambiar la perspectiva. Si soy capaz de ver la situación desde su punto de vista, puedo explicarlo mejor, hacerme entender. Ese es mi objetivo. Después, con ese conocimiento, cada uno puede elaborar su propia receta. No hay recetas mágicas en la escritura, es un proceso continuo, donde lo más importante es la constancia. A escribir se aprende escribiendo. Estoy en ello.
Bajo de dar la primera clase del curso, satisfecho. Abro una botella de vino y preparo dos copas. Lau también quiere.
Una amiga comparte una noticia a través de un grupo de WhatsApp. Leo el titular: “Hasta una semana de demoras y tres días para conocer el resultado de las PCR: Andalucía, a la cola en la realización de test”. Ojalá Pedro tenga los resultados antes, añade. Le contesto que vivo en la Axarquía, no en Andalucía. Y añado varios emoticonos risueños, besos.
Para celebrar la primera clase hago pitufos de tortilla con pimientos. Cenamos en el jardín y vemos tres capítulos de Love life. Lau no tiene sueño y quiere que pongamos otro. A mí también me apetece, pero sé que me costará madrugar mañana. Accede, con esa voz lastimera que pone cuando hace algo que no le apetece. Sé que se dormirá en cuanto se acueste. No estaré a su lado para comprobarlo.

