Sábado, décimo día de la cuarentena (continuación)
Vemos un capítulo de Alimentad a Phil. Está dedicado a Montreal. Yo quiero ser como Phil, quiero viajar a gastos pagados y que me den de comer en lugares como los que Phil visita y hablar con cocineros y probar todos sus platos y asombrarme con las historias que me cuenten y montarme en un cisne con unos niños que no son mis hijos y que luego se quedarán con sus padres y acostarme en la cama donde Lennon y Yoko Ono pasaron ocho días y pagar el billete de avión a Lau para que se meta en esa cama conmigo. A Lau también le gustaría.
Mientras Lau hace una clase de pilates (no me ha invitado a hacerla con ella y yo no me he atrevido a decirle que me apetecía), me subo a escribir. Hasta la hora de la cena.
Me dispongo a prepararla, cuando recibo la llamada de mi madre. Charlamos. El primer tema de conversación es la salud de Lau. Todo bien, mamá, somos muy afortunados. Está cansada, pero no tiene fiebre. No es lo mismo en esta casa que en un piso, la verdad. Me cuenta que ha viajado en Metro, ella vive en Leganés, y ha pasado miedo. Había personas que llevaban la mascarilla mal puesta. Otro no llevaba mascarilla, era un trozo de tela. ¿Pero hay distancia de seguridad?, pregunto. En el andén sí que hay carteles y te lo recuerdan, pero dentro cada uno puede sentarse donde quiera. No lo entiendo. Mi madre sigue hablando, pero yo intento comprender esta frase, visualizo un vagón de Metro lleno de personas que se dirigen a su trabajo, al médico, a casa de algún familiar. ¿En serio?, digo. En serio, responde. Es fácil comprender las estadísticas. Según datos de la Comunidad de Madrid, los barrios más afectados son Usera y Puente de Vallecas, distritos donde la tasa de incidencia en las últimas dos semanas se eleva a 853 y 828 casos por cada 100.000 habitantes, seguidos de Villaverde (734), Carabanchel (613) y Villa de Vallecas (458). El sur. Allí donde residen las personas que no pueden dejar de ir a trabajar (no hay teletrabajo para una limpiadora) y para hacerlo dependen del transporte público. Personas que conviven con otras diez en pisos de tres habitaciones y un cuarto de baño. No vuelvo a cogerlo, dice mi madre. Ya, respondo. Hablamos de mi abuela. Ya han puesto la cruz sobre la lápida. Un detalle, hijo, porque yo sí creo. Y, de pronto, dice Hoy sería el cumpleaños de tu padre. Trago saliva. Recapitulo, estamos a primeros de septiembre, mi padre cumplía años el día 5. Cómo te acuerdas de las fechas, no me había dado cuenta. Pues sí, responde, me acuerdo de todas. Y el día 2 de octubre hará veinticuatro años que falleció, tú tenías veintitrés. Recuerdo el funeral de mi padre, una sucesión de imágenes desagradables se suceden en mi mente. Aquel día decidí romper con esa parte de mi familia. Desde entonces, no he vuelto a saber nada de ellos. Sé que llegaron a Madrid desde Almería, como tantos otros emigrantes, mano de obra barata. Pero ni siquiera sé si mi abuelo paterno llegó a hacer este viaje. Mi padre y sus hermanas vivieron en una chabola hasta que les realojaron en un piso de protección oficial, en el que después crecería yo junto a mis hermanos, en Entrevías. Una historia demasiado larga, tangencial, para desarrollarla en este diario. La historia de cómo en solo dos generaciones hemos conseguido progresar tanto y cómo ese progreso nos ha convertido en una sociedad de mayor poder adquisitivo, esperanza de vida y formación, pero al mismo tiempo más egoísta, insolidaria y estresada.
Lau va a morir de inanición antes que de COVID-19. Preparo la cena. Sandwich de pepino con queso fresco, mejillones con patatas y jamón. En el jardín, nos da por recordar cuando vivíamos en el Madrid de los Austrias. De nieto de chabolista a licenciado con grado de sobresaliente en GeoRadar. Pagaba 300 € de hipoteca y ganaba 600, bajo cuerda, en la universidad. Comíamos latas de fabada La Asturiana y nos preguntábamos por qué las madres seguían cocinando. Aquel apartamento tenía veinticinco metros cuadrados y un baño con cortina. Nunca llegué a instalar la puerta. Cuando me peleé con el catedrático que me había dirigido la tesina, que se suponía me dirigía la tesis, busqué trabajo como diseñador gráfico. Empezaba la burbuja punto com. En menos de un año tenía un salario de 3.000 €. Cada viernes cenábamos en un restaurante distinto. Hay uno del que tenemos un especial recuerdo: La cacharrería. La decoración, el mimo de los camareros, la carta. Bacalao. Comer tanto que no había sitio para el postre. Brownie. Repetimos varias semanas seguidas. O eso recordamos. La épica de los recuerdos. El Madrid de los Austrias antes de que llegaran la pandilla de niños pijos y las franquicias que lo desvirtuaron, antes de convertirse en un decorado, cuando todavía era un barrio en pleno centro de salud de Madrid. Sigo yendo los domingos al rastro. Hace mucho que no vamos, digo. Tenemos que volver.
Nos dan las doce y Lau se va a acostar. Me quedo viendo un capítulo de Grand Design. Una escritora se quiere construir una casa en Tasmania. Una jaula de cristal, de diseño sencillo pero con una bañera que cuesta diez mil dólares, un sofá de madera y una chimenea de diseño, puramente decorativa, creada por un artista local.Domingo, undécimo día de la cuarentena.
Me duele la cabeza. Me siento desanimado. Nos falta la chispa, el contacto. Pasamos la mañana en el jardín, saco la gitanilla y escuchamos a las currucas enredar en el galán de noche. Es su árbol preferido. Se cuelan entre las ramas, saltan de una a otra, supongo que alimentándose de los insectos que se alimentan de las flores, a punto de abrir, del galán de noche. Recopilo información en una hoja de cálculo sobre todas las plantas y me llama Dani. Hablamos hasta que se acaba la batería de mi móvil. Elvira se ha comprado un coche rojo. Mercedes. Comenta que hay un camarero en Sevilla reinfectado. Le respondo que el único caso que he leído es de un “chino” y que el virus había mutado. ¿Dónde lo has leído? En Twitter, contesta. Alicia, mi sobrina de seis años, no deja de mirar la pantalla, quiere participar. Mario, de cuatro, pierde el interés enseguida. Hablo con Dani de todo y de nada. Me enseña la buganvilla que ha puesto en la pérgola. Te he hecho un poco de caso, pero solo un poco, me dice. Me enseña sus margaritas, acaba de podar una de ellas. Le pregunto si son iguales. Me explica que no. En ese momento mi móvil se queda sin batería. Le pido a Lau que le envíe un mensaje para decírselo. Está apagada, como sin fuerza. Me dice que sí, que lo hace, cabizbaja continúa podando una planta bajo la pérgola.
Busco información sobre el camarero reinfectado. Nada. “Reinfectados coronavirus españa”. El caso que yo había leído, resulta ser un hongkonés. Lo había pasado en abril, volvió a contagiarse en España a finales de agosto. Según los investigadores de la Universidad de Hong Kong que investigan el caso, las secuencias genéticas del virus de abril y de agosto son distintas. Esto anularía la inmunidad del rebaño como solución. Pero también cuestionaría la vacuna definitiva.
En la agencia SINC (Servicio de Información y Noticias Científicas) encuentro unas declaraciones del doctor Oh Myoung-don, del comité clínico central para el control de enfermedades emergentes de Seul, donde asegura que la prueba PCR “está diseñada para detectar una parte específica del material genético del virus, por lo tanto, aunque sea positiva, no indica si la parte del material genético proviene del virus ‘vivo’ o muerto’ –matiza–. La prueba puede detectar un segmento genético de la bacteria de la tuberculosis de una momia egipcia, es decir, ¡el material genético aún permanece allí mil años después de la muerte de la bacteria!”.
Encuentro un camarero reinfectado en España, pero es en Covarrubias, Burgos. Sobre este caso apenas hay información que pueda contrastar.
Hora de preparar la comida. Lentejas con sofrito. Lau se echa la siesta arriba. Me quedo viendo Escuadrón suicida. Parte de la premisa ¿Qué pasaría si muriera Superman? Convierten una premisa filosófica en un bodrio audiovisual insostenible. Aguanto hasta el final, por hacer tiempo y le pregunto a Lau si le apetece una tarde de cine con palomitas. Contesta que sí. Parece algo más ilusionada que por la mañana. Elegimos la nueva película de Charlie Kaufman, Estoy pensando en dejarlo. La ha producido Netflix. Su objetivo es sencillo, indiscriminado, convertirse en el videoclub más grande del planeta. Aglutinar a todos los directores, sin importar el tipo de cine que hagan, sólo quieren su nombre. Unirlo a su imagen de marca. La película de Kaufman está al borde del precipicio en varias ocasiones. Los primeros veinticinco minutos consisten en una conversación de una pareja en un coche. Veinticinco minutos. Hay citas literarias, David Foster Wallace incluido. La protagonista, ¿es ella la protagonista?, recita un poema completo. Desde el primer hasta el último verso. Plano y contraplano. La película está basada en una novela. Y necesita voz en off. Kaufman no se corta. Después de escribir Cómo ser John Malkovich, Adaptation (El ladrón de orquídeas), Confesiones de una mente peligrosa, Eternal Sunshine of the Spotless Mind (¡Olvídate de mí!) y escribir y dirigir Synecdoche, New York, Kaufman puede hacer lo que quiera. Y Netflix paga. Este mismo guión firmado por cualquier otro guionista estaría en un cajón. Me entrego a la trama que, como en todas las películas de Kaufman, es una sucesión de acontecimientos donde la sucesión temporal no es una regla a cumplir. Los personajes envejecen y rejuvenecen, aparecen con ropa distinta. Ella tiene diferentes nombres. Sus vínculos permanecen. Sólo necesitas unos instantes para reubicar la relación afectiva que gobierna la situación en esa escena. De esta forma, Kaufman explora las relaciones actuales. Un laberinto. El guión pone a prueba la inteligencia del espectador. Y su perspicacia: vuelven a meterse en el coche, vuelven a hablar. Sólo eso: una pareja hablando en un coche. Ella está pensando en dejarlo. Buscas una relación, causa-efecto. Algo que justifique ese final: un momento mágico donde los personajes principales son sustituidos por bailarines que realizan una coreografía en los pasillos de un instituto donde se representa el musical Oklahoma. ¿Qué significado tiene esta referencia? No entiendo la relación entre el musical Oklahoma y la trama principal. ¿Es necesario? La danza podría, o no, resumir el argumento, resolverlo. Plano cenital. Nieva. La nieve cae sobre el suelo nevado. Un coche cubierto de nieve. ¿Podría ser? Hay historias que no necesitan ser explicadas. Basta con disfrutarlas.
Envío un mensaje a Dani para que me envíe la fotografía del dibujo que hizo Alicia. En su lugar, me envía varios vídeos que ha grabado ella misma y donde se dirige a nosotros, los tíos de Málaga, tal y como ha visto hacerlo a su padre. Es inteligente, pienso, parece una Youtuber hablando con un seguidor, ella misma se da la replica. En el último de los vídeos utiliza a su hermano como personaje. Hasta que aparece Elvira.
Me sigue doliendo la cabeza. Cenamos brócoli y me tomo un ibuprofeno. Ponemos dos capítulos de Phil aunque no presto atención a ninguno de ellos.

