Jueves, octavo día de la cuarentena (continuación)
Hago un directo por Instagram con Marta Yancis y, el resto de la tarde, intento escribir sobre Lo viral de Jorge Carrión. Se me había olvidado lo que dice de Parásitos: “una película que, desde el propio título biológico, habla sobre la comunicación. No sólo sobre el diálogo imposible entre clases sociales; también sobre el acceso o no a las tecnologías de la comunicación”. Lúcido y certero. La tecnología no iguala, segrega. Y nos recuerda, Carrión, que los pobres, “[e]n las narices de los ricos, apestan”.
Al atardecer, Lau me regala una clase de Pilates.
Me ducho, preparo la cena: ensalada de espinacas con mango, queso fresco, nueces y tomates Cherry, aliñada con zumo de limón y aceite. La tomamos en el jardín con el sonido de la cascada al fondo. El nivel del agua ha descendido, me lamento. Mientras Lau mete los platos y los cubiertos en el lavavajillas, me quedo tumbado, solo, en el jardín. El galán de noche lo impregna todo de ese olor dulzón, ¿vainilla? Me doy cuenta, entonces, de que echo de menos la soledad. Esas mañanas en las que Lau se iba a trabajar y yo me quedaba solo en la casa, desayunaba en silencio en mi rincón del jardín y barría el patio, recogía el salón antes de pasar a modo oficina. Esa soledad que tenía fecha de caducidad, la hora de comer, momento en el que ella regresaba, siempre alegre, con ganas, los dos, del reencuentro. Cuando se lo comento, parece entenderlo. Así que estás deseando que me vaya, bromea. ¿Tú no echas de menos ir a trabajar?, pregunto. Un poco. Pues eso.
Viernes, noveno día de la cuarentena.
Me levanto a las siete y me lanzo, con una infusión de jengibre y limón (la última), a actualizar este diario. Lo dejé colgado en la llamada de la enfermera, es decir, el jueves por la mañana. ¿Es posible que hayan pasado tantas cosas? ¿Puede interesarle a alguien esta narración detallada y extensa de mi día a día y de mis cavilaciones? Al final, aunque el hilo conductor sea nuestro confinamiento porque Lau ha dado positivo en coronavirus, estas páginas cuentan el día a día de una pareja afortunada. No creo que sea representativo. El dolor y la pena siempre han interesado (y vendido) más.
Lau se levanta sobre las nueve. Aparece en la puerta del despacho, todavía en pijama, pantalón largo aunque fino, los ojos casi cerrados, el pelo revuelto y la mascarilla puesta. ¿Qué tal?, pregunto. Ya estoy recuperada. Sonrío. Sea cierto o no, nos queda hasta el martes.
Desayunamos tostadas de mantequilla y té chai. Lau se muestra disgustada porque el nivel del agua de la alberca sigue descendiendo (tres centímetros respecto anoche). Le digo que no importa, que quizá así no tengamos que regar la parte más cercana. No le hace gracia. Le ha venido la regla y se ha tomado un ibuprofeno para el dolor. Si quieres calculo cuántos litros son, digo. Ni se te ocurra.
Riego las macetas de mi rincón y la grama con el agua de la alberca. Lau la cortó ayer, también quitó la grama seca, y parece un campo de fútbol de tercera. El hibisco naranja tiene varias flores y el rojo, solo una. El limonero intenta tocar el cielo con sus brotes nuevos, pero el peso de los limones comba sus ramas hacia el suelo. No hay ninguno maduro. Le pongo un tutor a uno de los olivos, el que tiene forma de tirachinas, para que crezca recto.
Subo al despacho y activo el modo oficina. Telma se sube a la mesa conmigo, Lau pasa la aspiradora por toda la casa. A las once, hago una pausa para comprarle a Francisco, el pescadero. No me puedo resistir y compro brecas para hacer una barbacoa mañana, gambas y almejas para esta noche.
Comemos lentejas con verduras. Es la primera vez que uso la nueva olla exprés y se me pegan. En lugar de los diez minutos que indica el libro de instrucciones (orientativo), he tenido que dejarlas quince. Lo he hecho con el fuego demasiado alto, creo. Ni saben ni huelen a pegado, a pesar del cachondeo de Lau. Sobran lentejas para otro día y sólo tengo que tirar unas pocas. Me fastidia tirar comida. Acompañamos las lentejas con un tomate aliñado. De postre, sorbete de mandarina. Restos, todavía, del paso de Raquel y sus amigas. Lau, sin darse cuenta, coge la jarra de agua. Desde que hemos iniciado el aislamiento soy yo el único que toca todo lo que vayamos a usar los dos. Soy yo el que pone la mesa, quien sirve los platos, quien cierra las puertas y abre los grifos cuando Lau no lleva guantes. Es incómodo, pesado, pero tiene que ser así. Hoy, por primera vez que nos hayamos dado cuenta (seguro que ha habido otro millón de errores antes, de los que no nos hemos percatado), Lau ha cogido la jarra. La vuelve a dejar inmediatamente, como si quemara. Ya, sírvete, digo. Lo hace. Estoy harta, dice. No me extraña. Digo algo como que un ciclista que lleva escapado del pelotón media carrera, no puede relajarse al final porque le podrían adelantar en el último momento y no ganaría la etapa. Una metáfora bastante rebuscada para decir que nos faltan cuatro días para terminar el confinamiento y, si yo ahora cayese enfermo, ella tendría que quedarse otros quince días encerrada conmigo. Lau me mira uno segundos antes de decir Yo me voy. Cojo las mallas de pilates y te abandono. Suelto una carcajada, ¿En serio?, me finjo ofendido. O eso o que me echen del trabajo, intenta arreglarlo.
Lau tiene una videollamada con sus compañeras de trabajo y me pide que le deje el salón esta sobremesa. Me subo al dormitorio principal y me quedo dormido leyendo a Handke. Me despierto a las cinco, preparo dos tés rojos y me subo el mío. Escribo abducido, conectado, es como estar en Matrix, se me ocurren varias metáforas para explicar este estado mental, cuando parece que todo fluye. Para un músico, leí alguna vez, no recuerdo dónde, es estar on fire, encendido, que arde. Quizá sea lo que, quienes no creen en la perseverancia o el oficio, llaman inspiración.
A las nueve, después de una tarde sin interrupciones, ni distracciones de ningún tipo, guardo este archivo, dejo el ordenador en Reposo y bajo a preparar la cena. Hoy, fiesta: gambas a la plancha y almejas con salsa de cerveza y ajo. Una ensalada de pepino y tomate. El galán de noche llena el jardín con su aroma. Tenías razón, le digo a Lau. Toda.

