Sábado, décimo día de la cuarentena.
A las siete, la gata maúlla. Vuelvo a dormirme.
A las nueve, la cabeza de Lau, con mascarilla, aparece en la habitación. Tengo sueño, digo. Vale, responde antes de desaparecer. Vuelvo a dormirme.
A las diez, un niño grita como si le estuvieran sacrificando. Deberían. Me doy la vuelta en la cama, hacia el lado de Lau y, en lugar de su cuerpo, encuentro el libro de ensayos de Handke y Panza de burro de Andrea Abreu que llegó ayer. Incauto, pretendía empezarlo anoche. Vuelvo a dormirme.
A las once, abro los ojos. Escucho el silencio. Acaricio las sábanas donde debería yacer Lau en estos momentos. Me levanto y llamo a la puerta de la habitación de invitados. ¿Hambre?, pregunto. Mucha, responde casi inmediatamente. Abre la puerta. Lleva Jardines de Umberto Pasti en la mano. Está en bragas. Admiro sus piernas mientras se vuelve a la cama. No paso del umbral de la puerta. Me cuesta contenerme. Lau se ha vuelto a acostar. Me enseña la página que está leyendo. Apenas le falta media página para terminar el capítulo. ¿De qué quieres las tostadas?, pregunto. Mantequilla y manteca colorá. Oído. ¡Y café!, grita mientras bajo las escaleras. Pongo música clásica en el iPad, los fines de semana me gusta escuchar música clásica mientras hago el desayuno.
Desayunamos tostadas y mango. Le está gustando mucho el libro de Pasti, se lo recomendará a su madre la próxima vez que venga. A mí, el otro que empecé de él no me gustó, de hecho lo tengo sobre la mesilla, a medias, y no tengo ganas de continuarlo. Cuenta cómo construyó su jardín en medio del desierto. En medio de la nada. Aún así… Nos visita el mirlo Paco. Creo que ha estado todo el verano sin aparecer. Lau me cuenta, yo no puedo verlo desde donde estoy sentado, que está en la zona del limonero. Escucho su canto. No sé cómo acabamos hablando de Tánger, de Marruecos. Recuerdo a Pablo Aranda, su consejo: Tienes que ir. Le digo que podíamos poner un capítulo de Phil, la serie Alimentad a Phil de Netflix, y Lau dice ¿Ahora? Respondo ¿Por qué no? Podemos hacer lo que queramos. Pero no, no queremos poner un capítulo de una serie y encerrarnos en el salón. Son las doce y media, casi la una menos cuarto. Se acabo la tertulia, digo. Vamos a hacer algo, ¿no?
Me marcho a la parte delantera y riego las macetas de aquella zona, el vivero, como he empezado a llamarlo. Allí tenemos ahora esquejes de galán de noche, de gaura, pequeñas cintas en proceso de engorde. Lau me ha plantado lo que quedaba de la planta del dinero en una colgante y la ha puesto en mi rincón. Pienso sacarla adelante. Barro, barro las flores secas de jazmín que han cubierto casi por completo la entrada. Barro el pasillo y la parte trasera. Lau, mientras, intenta rescatar una hierbabuena, reanimar una colgante de flor amarilla que nunca supe cómo se llamaba. Introduce varios esquejes de hierbabuena en un bote con agua y lo ponemos junto a la ventana de la cocina. No puedo evitar tocarle la espalda una vez que paso detrás de ella. Me muestra una minúscula y diminuta planta de hierbabuena. Tiene raíz, dice. La raíz es mucho más grande que el tallo. Las hojas apenas se ven. Lo planto en la jardinera que hemos reservado para las aromáticas. Voy a hacer una salsa especial para el pescado, le advierto. Corto varias ramas de albahaca griega y algunas hojas de albahaca genovesa, la de toda la vida. Después de lavarla bien, le añado el zumo de medio limón, un ajo, un poco de sal y aceite hasta llenar la mitad del recipiente. Lo trituro y lo dejo en un bote de cristal hasta la hora de la comida. Enciendo el fuego, coloco el carbón y limpio el pescado. Una de las brecas tiene pocas tripas. Preparo también agua con limón y banderillas y patatas fritas de aperitivo. Nos lo tomamos mientras termina de hacerse la brasa. Pongo el pescado sobre la parrilla y lo unto con la salsa. Le doy la vuelta con los utensilios que me regaló mi hermano Dani. Aliño la ensalada, sirvo a Lau en el bol de las patatas fritas. Tengo que pensar varias veces cada movimiento para que ella no toque nada. Es mucho más aburrido, como jugar solo al baloncesto. La echo de menos. No quiero imaginar lo que significaría perderla. La tengo aquí delante, es ella, pienso. Estas son las reglas del juego. Hasta el martes. Sirvo el pescado. Siempre tengo miedo de que quede poco hecho. De que quede seco. Cuando los ojos están blancos y la aleta dorsal sale sola, está hecho. Aún así. Está en su punto. Lo limpio y lo saboreo. Es un pescado blanco, tierno, que sabe a marisco. Me gustaron más la última vez, tenían más sabor, digo. Sí, a mí también. ¿Sería porque eran más pequeñas? Pruebo con la salsa. No está mal. Mejor sin nada, con la sal que haya cogido. Pongo unas manzanas y un calabacín para aprovechar las brasas. Para la cena o la comida de mañana. De vuelta de la cocina, traigo helado de turrón. Lo que quedaba en la tarrina. La cara de Lau se ilumina. Restaurante de lujo, dice. Terminamos de comer sin prisa. Son casi las cinco. ¡No hemos puesto la cascada!, dice. Lo pensé, pero luego se me ha olvidado. Ponla. Se levanta y acciona el interruptor con el codo. El sonido del agua. Contemplo la escena durante unos instantes. Tengo unas ganas de que crezca la hiedra, digo, hacia la malla de ocultación que hay junto a la alberca. Dos vástagos indefensos hacen lo que pueden por colonizar la valla. Paciencia, dice Lau, la paciencia es la virtud principal del jardinero. Ha citado a Pasti. Nos reímos. Me cuenta que Raquel ha dado positivo en anticuerpos. Le pregunto qué anticuerpos. Lau no lo sabe. Me cuenta que su teoría, la de Raquel, es que estuvo enferma el 15 de marzo, hace seis meses. He leído que los igG pueden llegar a permanecer mucho tiempo en el cuerpo humano. ¿Tanto? Le pregunto a Raquel por mensaje. Me contesta que hay otras dos personas a las que también les han detectado anticuerpos, pero las mandan para casa. Supongo que esas personas han dado positivo en igM. Como insisto, me envía una imagen del informe que le ha enviado la Comunidad de Madrid.
“IgM negativa - IgG positiva: se detectan anticuerpos que indican que ha pasado la infección, por tanto puede continuar con su vida normal, cumpliendo las recomendaciones para evitar la propagación del virus”.
Sigo sin encontrar una fuente fidedigna sobre cuánto tiempo pueden permanecer los anticuerpos IgG en alguien que haya pasado la enfermedad. Lo que encuentro, en maldita.es, es un artículo bastante crítico con los “test rápidos para detectar anticuerpos” de SARS-CoV-2. Me llama la atención encontrar la palabra test en este contextos y sin “s” final para indicar el plural. En mi Diccionario de la Lengua Española, versión año 2001, la RAE define la palabra “test” como “Prueba destinada a evaluar conocimientos o aptitudes, en la cual hay que elegir la respuesta correcta entre varias opciones previamente fijadas”. En la segunda acepción, “Prueba psicológica para estudiar alguna función”. La versión online del diccionario dice lo mismo. Encuentro la solución en fundeu.es: “la dificultad que supone para el hablante hispano articular esas tres consonantes finales hace preferible, según explica la nueva gramática académica, mantener invariable el plural en español: los test”. A continuación, recuerda las acepciones del diccionario académico y recomienda utilizar sinónimos como prueba, análisis o control. Comprobado: test no es sinónimo de “prueba”, como “análisis médico”.
El artículo de maldita.es afirma que, según los expertos consultados las pruebas serológicas masivas son innecesarias e irresponsables. Estas pruebas se han realizado al profesorado de Madrid, Galicia y Andalucía para, en el caso de IgM positivo, realizar una prueba PCR a la persona en cuestión para confirmar si es asintomático o se trata de un falso positivo. En el caso de IgG positivo, el profesor ya habría pasado la enfermedad en algún momento. La crítica de los expertos señala el estrés que tal cantidad de pruebas va a producir en el sistema así como su eficacia: los anticuerpos IgM, los primeros en aparecer, los que batallan contra el coronavirus, pueden tardar entre una y dos semanas en manifestarse. Es decir, ese profesor podría estar enfermo, pero su cuerpo todavía no haber reaccionado. Y la prueba daría negativa. Una prueba PCR sí detecta este tipo de casos porque detecta al propio virus, no sus consecuencias en nuestro organismo. Como señala Pilar Serrano de AMASAP, Asociación Madrileña de Salud Pública, “hacer pruebas serológicas masivas no tiene ningún sentido porque estas pruebas tienen a día de hoy una limitada información prospectiva: no sabemos cuánto duran los anticuerpos y pueden tener una falsa sensación de protección frente al virus. Estos test serológicos masivos no tienen sentido hacerlos porque eso contribuiría a relajar las medidas de seguridad. En las pruebas serológicas se desconoce la duración de la inmunidad y puede haber falsos positivos. Además, estas pruebas no detectan la inmunidad celular que pueda haber (aproximadamente un tercio de los casos con inmunidad detectada por anticuerpos), y por lo tanto serían falsos negativos”. Es decir, este análisis es idóneo para calcular quien ha superado la enfermedad y quien no. No sirve para prevenir.
El coste de una prueba PCR (en inglés, Reacción en Cadena de la Poliomerasa), la prueba más fiable hasta el momento, dobla el de una prueba serológica.

