Diario de un positivo
Envío 6. Jueves, primer día de la cuarentena. 2/2
Lau me cuenta que la clínica deportiva ya ha comunicado a los alumnos a los que ella impartió clase que ha dado positivo. Manu, su jefe, le ha enviado un mensaje de audio diciéndole que la reacción está siendo muy drástica, que no se asuste si se dan de baja. Le pido a Lau que no se preocupe ahora por eso. Lo que ella tiene que hacer es pensar en ella. En ponerse bien. Si se quedase sin alumnas, si la despidieran, saldríamos adelante como hemos salido hasta ahora. No te preocupes ni lo más mínimo. Además, el mensaje de tu jefe no sonaba a amenaza. No, no, coincide. Pero sé que se preocupa, que no puede dejarlo a un lado igual que yo no puedo pensar en otro tema y llevo alimentando este diario toda la mañana, leyendo en internet noticias relacionadas, recopilando datos y estadísticas para construir mejor mis argumentos. Me dice que vale, pero lo dice con la boca pequeña, la boca pequeña detrás de la mascarilla azul. Qué ganas de morder esa boca. Vale, dice y se marcha. ¿Qué vas a hacer ahora?, pregunto. Lo de los vídeos, responde. Y suspiro. Se refiere a los vídeos de las clases de Pilates que la clínica cuelga periódicamente.
No le digo nada más. Intento observar sin juzgar. Escucho, leo y estudio los hechos sin prejuicios. Mi objetivo es escribir un testimonio de lo que está sucediendo aquí y ahora. De nuestro caso particular.
En la ciudad de Nueva York han fallecido más personas (32.921) que en toda España (28.971). Es difícil calcular la tasa de mortalidad porque no se conoce el número de contagiados reales. En números absolutos, Perú con 32,6 millones de habitantes tiene la mortalidad más alta: 85,8 muertes por cada 100.000 habitantes. Bélgica ocupa el segundo lugar tras corregir sus cifras de fallecidos.
Un caso de éxito: Nueva Zelanda. Es una isla, con baja densidad de población. Esto ya la sitúa en una situación privilegiada. Actuó rápido y con dureza: cerró todas sus fronteras y redujo la movilidad de sus ciudadanos al 73% casi inmediatamente. Esto fue posible gracias a una ciudadanía concienciada y al liderazgo de Jacinda Ardern, su primera ministra. 1.569 contagios confirmados, 22 muertes y más de cien días sin transmisión comunitaria del virus. Pero según los expertos la pregunta no es si volverá a ocurrir, sino cuándo. El virus ha venido para quedarse. Y eso implicará cambios en la forma de vida de los que sobrevivan y, por supuesto, una reconversión de la economía. Esta situación, como toda crisis, puede ser tomada como una oportunidad de mejorar un sistema que muchos consideramos injusto. Está en nuestras manos conseguirlo.
Mientras estoy preparando la comida, sardinas al horno, recibo una llamada. Alfonso. Me pregunta por Lau y le respondo con bromas. Le cuento todo lo que ha pasado, pero en clave de humor. Me río del contestador y de la sensación de abandono. Le digo que me voy a poner un brazalete amarillo para que sea más fácil de rastrear. Ellos están en Vigo, de vacaciones. Bien. En la empresa de Habi, su esposa, han saltado dos positivos. Su prueba PCR ha dado negativo. Desde que estuvimos con ellos, han aumentado los casos de conocidos, amigos o familiares. Todavía nadie directo. Me alegro. Me cuenta que ha hablado con un biólogo, que le ha dicho que el virus es cada vez menos mortal porque el virus quiere propagarse, no matar a su huésped. En realidad, el virus no “quiere” porque no tiene voluntad. Recuerdo esa lección, aplicada a la selección natural: si el huésped muere, el virus muere, deja de reproducirse mientras que las versiones más suaves del virus permanecen más tiempo entre nosotros y tienen más posibilidades de propagarse y reproducirse. No existe un SARS-CoV-2, porque el virus muta continuamente, pero no es una mutación dirigida. Dependemos del azar.
Comemos las sardinas al horno con ensalada y Lau vuelve a su habitación. Está cansada, aburrida, desanimada. Pienso en la suerte que hemos tenido de que esto nos haya pasado aquí y no en un piso. Tenemos una casa con patio —donde estamos intentando crear un jardín—, tres habitaciones, dos baños, un aseo. Pienso en las personas que estarán enfermas ahora mismo en un piso minúsculo, con un solo baño para toda la familia. Y, además, casi sin síntomas. Ni náuseas, ni vómitos. Un poco de tos. No me atrevo a compartirlo con ella. Está más pálida, se le marcan los pómulos, con la mascarilla parece más demacrada.
Sigo la lectura de Bienvenida a casa de Lucia Berlin. Leo en la parte delantera de la casa, la más fresca a esta hora, en la tumbona. A las seis, me subo al despacho, intento trabajar, algo de trabajo de oficina, pero no consigo concentrarme. No puedo pensar en otra cosa que no sea lo que estamos pasando. Cuando me quiero dar cuenta, estoy leyendo noticias en internet sobre el coronavirus. Salgo a caminar. Bajo por la carretera de Benajarafe Alto hasta el Hostal Esperanza. Por este camino nunca me encuentro con nadie, ningún peatón. Algún coche, eso sí. Circulan demasiado rápido y tienen que frenar de golpe en las dos últimas curvas donde no hay visibilidad y casi no caben dos vehículos a la vez. Los conductores suelen ser jóvenes sin cerebro, los mismos que se meten en dirección prohibida por la calle de la urbanización. Allí juegan niños. Algún día, tendremos una desgracia. Borro los pensamientos negativos. Lo intento. El mar. Todavía hay muchos bañistas, el arcén, el camino de tierra que circula paralelo a la costa, está repleto de coches estacionados. Camino hasta que no puedo seguir sin hacerlo por el arcén. Regreso. Me cruzo con una mujer sin mascarilla. La saca del bolsillo, creo que incluso hace un gesto como si le molestara tener que hacerlo, y se la mal sujeta mientras pasa a mi lado. Pienso en lo irresponsables que somos. Ahora mismo, yo no sé si estoy infectado, porque no he conseguido que un humano me responda al teléfono, que alguien me diga lo que debemos hacer, que me dé cita para hacerme una prueba y emitir un diagnóstico. Mientras tanto, soy yo el que tiene que bucear en internet, escarbar entre las toneladas de información sobre el coronavirus y averiguar cual es el siguiente paso. Y como yo, cualquier persona que tenga síntomas, cualquiera de las personas a las que hemos avisado, cualquier persona que haya estado en contacto estrecho con un positivo. Para todos, la misma respuesta, porque todas las conversaciones con el contestador terminan en el mismo punto: que me quede en casa catorce días. ¿A partir de cuándo? ¿Por qué catorce? Hay casos de personas que no empiezan a manifestar la enfermedad hasta diez días después. ¿No sería más práctico un seguimiento de cada caso? ¿No era esa la función de los rastreadores? Pues nosotros no conseguimos que nos rastreen. Y aquí estamos. Indefensos. Desprotegidos. Abandonados por los que deberían transmitirnos seguridad, calma. Vuelvo a pensar que somos de los afortunados. ¿Debería esto consolarme? No lo hace. Los gobernantes, ¿cómo lo hacen?, ¿cómo lo hacen para mirarse al espejo y no sentir vergüenza? El poder conlleva responsabilidad. No pueden eludirla. Ellos son los responsables de que no haya los recursos sanitarios suficientes para luchar contra esta epidemia y, desde marzo, no han sido capaces de mejorar la situación. Ahora llega septiembre y tampoco han planificado cómo ha de ser la vuelta al cole. Sanidad y Educación son competencias de cada Comunidad Autónoma y lo que los gobernantes, de un color y otro, hacen es recriminarse mientras siguen muriendo personas. No me importa que el virus sea cada vez menos mortal. Alguien tiene que hacerse responsable.
Una de las casas que dan a la carretera de Benajarafe Alto tiene plantado romero. Tiene como seis u ocho plantas y dos de ellas se han muerto, tienen el mismo aspecto seco que la nuestra. Esto amplia las posibilidades a algún tipo de hongo o infección. El resto parecen sanas. Toco una de ellas, que cuelga del muro y queda al alcance de cualquier peatón, la huelo. A pesar de la mascarilla, aspiro la fragancia fresca, a tierra, del romero tierno.

