Jueves, octavo día de la cuarentena.
Tengo que ir a por la baja de Lau al centro de salud de Benajarafe. Tengo hora a las ocho y veinte. Estoy allí a y cuarto. Veo a un hombre llegar, pelearse con la cerradura. Después llega una mujer. Espero que estén dentro para entrar. Hago tiempo leyendo los carteles de las paredes. La campaña anual de vacunación, el teléfono de atención a mujeres maltratadas. Un gran cartel con la letra pequeña donde se explican los derechos y deberes de los usuarios de la sanidad pública. Hay muchas sillas. Una sí, una no lucen una pegatina con el signo de prohibido. El hombre, ahora con una bata blanca, sin el maletín de cuero con el que le vi llegar, me pregunta que si estoy allí para recoger la baja. Entro en el pequeño despacho, donde el aire acondicionado está encendido, y le entrego la tarjeta sanitaria de Lau. No me sé su DNI, sé que lo tengo apuntado en el teléfono móvil, pero creo innecesario buscarlo. El hombre teclea un número, mira una información en la pantalla. ¿Era por contacto?, me pregunta. No, dudo antes de decir, ella ha dado positivo. Hay dos hojas impresas sobre la mesa. Te voy a dar la baja hasta el dieciséis, dice. No entiendo. Pero el aislamiento es hasta el martes ocho, digo. La empresa le iba a hacer un PCR, ¿no? Sí, respondo. Si la PCR da negativo se puede incorporar. Si ella quiere. Me da la impresión de que esta situación no es muy habitual. Claro que quiere, pienso. Lau está deseando salir. Y no se le ocurriría estar recuperada y quedarse en casa. El hombre, todavía no sé si es un doctor o un enfermero, no hay un nombre, un título, por ningún lado, me ofrece otro par de folios que acaba de imprimir. Aquí tienes la baja y la prórroga. Los guardo en el libro de Handke y me despido. Todavía no hay nadie en la sala de espera.
Compro cruasanes y un dónuts en la panadería Salvador. Decido regresar a casa por la carretera de Benajarafe Alto, el trayecto es un poco más largo y me apetece caminar. Aprovecho para mirar el mar, hacer una fotografía que subiré luego a Instagram, junto a las palabras de Saer sobre la novela realista. Ficción contra no ficción, novela realista contra diario. Si una novela fuese un rascacielos, un diario sería una pequeña cabaña con lo imprescindible para vivir. Un refugio. En esto pienso estos días de inicio de curso. Disfruto de la mañana. ¿Cómo capturar su temperatura, su luz? Hay dos o tres barcos pescando. Una nube se hace jirones en el cielo. Todo está demasiado vivo para una pintura de Antonio López, nuestro maestro del hiperrealismo. Según él no se trata de copiar la realidad por muy bien que uno maneje la técnica; debe dotar esa representación de lo que la hace verdaderamente singular. La técnica, como la mirada, no debe aparecer en una representación hiperrealista. En teoría, en sus cuadros no hay espacio para la emoción o el sentimiento. Ni una sola pincelada de subjetividad. Y, sin embargo, como en cualquier otra manifestación artística o estilo, es el artista quien convierte esos objetos cotidianos en mágicos, a veces poéticos, por el mero hecho de que el artista se ha fijado en ellos y ha dedicado su tiempo y pericia para transformarlos en el objeto de su obra. Alumbrando, si sucede el milagro, la belleza de lo cotidiano.
A veces, basta con detenerse unos segundos. Cualquiera de estos instantes podría servir. Hago varias fotografías mentales. El diario, la autoficción, el nature writing se han convertido en el refugio de la descripción. La novela se ha contagiado de ese ritmo frenético en el que vive la mayoría de la sociedad. Tras las dos curvas cerradas que hay nada más tomar el desvío de la carretera principal, me encuentro con dos ficus elástica o árboles gomeros y sus diez metros de copa. Ocupan prácticamente todo el vértice de un proyecto de parque que nunca se llegó a ejecutar. Un poco más allá, varias jacarandas que han recuperado el verde de sus hojas tras el calor de agosto, un pino del que salen, espantados, un grupo de pájaros grises y pequeños, demasiado atléticos para ser gorriones.
Cuando llego a casa, Lau sigue en la habitación, pero está despierta. Le hace ilusión desayunar cruasanes y la sorpresa del dónut. Dice que se encuentra mucho mejor. Para convencerme, toma aire y aguanta la respiración. A los cinco segundos tiene que volver a respirar. Se aferra a su diagnóstico. Ayer no podía ni un segundo, exclama. Le cuento lo de la baja, hace una foto a los papeles y se la envía por mensaje a su jefe. Le cuento lo maravilloso que estaba el mar, el mismo mar que ella veía todas las mañanas cuando iba a trabajar y luego ella me explicaba. Nos tomamos nuestro tiempo para desayunar, he hecho café. Nos tomamos nuestro tiempo como si estuviéramos de vacaciones, como si acabáramos de llegar a nuestro destino y fuéramos dos viajeros que planifican el día. ¿Qué vas a hacer hoy?, pregunto. ¿Llenamos la alberca? ¿Ya? El nivel del agua ha descendido un centímetro. ¿Le damos otra vuelta?, pregunto. Lau dice que ya está bien, que seguro que no pierde más. Me dejo convencer. Voy a por la manguera y abro el grifo al máximo. La dejo sujeta con una piedra, le pido a Lau que lo vigile, me promete que se quedará “jugando” en esa zona, así seguro que no se le olvida. Yo me tengo que subir al despacho.
He recibido varios mensajes a través de LinkedIn. Respondo. A lo largo de la mañana intercambio varios mensajes más. Uno de los remitentes, María Sande, la Jefa de Comunicación de Coca-Cola en A Coruña, me llama por teléfono. Me alegra escuchar su voz. Hablamos del pasado, de lo bien que lo pasábamos (sobre todo yo), en el concurso de jóvenes talentos que organizaban. Han pasado más de seis años, dice. No me lo puedo creer. La entrega de premios siempre era un momento muy emotivo. Para ellos, para muchos de los participantes, era importante sentir que habíamos reconocido su texto como uno de los mejores. Me fascinaba la cantidad de ellos que, en tiempos de tabletas y Apps, querían ser escritores.
También aprovecho la mañana para llamar a Rafa, el frutero. Apenas nos queda fruta y verdura para estos días y no quiero bajar a escondidas. No me coge el teléfono. Le escribo un mensaje donde le explico la situación y le pregunto si me podría traer el pedido a casa. Me responde dos horas más tarde con un mensaje de audio. Odio los mensajes de audio. Me dice que ha estado en el fisioterapeuta, que le duele una pierna, que su hija también está confinada, con el resto de su familia, y que él se ha salvado de milagro. También me dice que sí, que le escriba lo que necesito y él me lo trae sin problema. Le contesto que estamos apañados y, a continuación, la lista de todo lo que necesitamos: apio, jengibre, lechuga, tomates, mango, naranjas, plátano, melón, zanahoria, puerro, espinacas, tomates Cherry, pepino, calabacín, pimiento italiano, champiñones. Un bote de miel y una docena de huevos.
Comemos arroz con chipirones. Se me había olvidado lo que se tarda en limpiarlos, pero merece la pena. En lugar de ajo y perejil, hago la salsa con ajo y orégano. A Raquel, me dice Lau, le han hecho la prueba esta mañana. ¿Un PCR? No, la otra, la del análisis de sangre.
Cuando Rafa trae la compra, sobre las cuatro y media, Lau está durmiendo la siesta en el cuarto de invitados y yo leyendo a Saer. Mantenemos una conversación apresurada porque se ha metido en mi calle en dirección prohibida y ha parado en el centro de la calzada. Me entrega la caja, una caja grande y negra, de plástico, donde veo y huelo toda esa belleza que son los vegetales frescos y maduros. Ha traído hasta el datáfono. No me sorprende. Rafa tiene muchas tablas. Le da tiempo a comentarme que un poco más arriba viven otros clientes suyos, los peluqueros. Creo que hay un coche esperando, se lo digo. En efecto. El conductor le reconoce, le gasta una broma. Le doy las gracias a Rafa. Muchas muchas gracias, le digo, juntando las palmas de las manos a la altura del pecho. Tú con lo que sea me avisas, que te traigo lo que haga falta, se despide. Gracias, muchas gracias, Rafa. Desde la cocina, veo su furgoneta deshacer el camino marcha atrás. Coloco cada cosa en su sitio, lleno el frutero. Las cajas de madera, ahora llenas, vuelven a sonreír. El olor dulzón del mango se propaga por toda la casa. Vivimos en la Axarquía. Se me ha olvidado si ya hay aguacates. ¿Cuánto falta? ¿Estarán ya a buen precio? Creo que es en octubre.
Empiezo La escuela vaciada, un ensayo de varios autores sobre “la enseñanza en la época pospandémica”. La editorial Altamarea se ha empeñado en volver al libro como espacio de reflexión sobre los problemas de actualidad. En agosto, mientras la mayoría estábamos de vacaciones (incluidos nuestros gobernantes), ellos publicaron este libro.
“[L]as cosas no van bien, de ninguna manera. No van bien en la universidad y no van bien en la escuela, donde la situación es mucho más dramática. Si muchos hacen como si no pasara nada es solo por ligereza o por mala fe, en perfecta sintonía con la obsesión por la seguridad y con el sistemático y decenal desprecio por las instituciones encargadas de la enseñanza: la escuela y la universidad como entidades sacrificarles, proverbiales últimas ruedas del carro —total, aquellos vagos que son los profesores se adaptan a todo”.
No todos los profesores lo son por vocación, pero quiero creer que todavía quedan unos cuantos. Incluso me siento aludido cuando leo “la vocación que lleva a convertirse en profesor aparece cuando el saber se tiene como inútil si no puede ser compartido con otros. El de profesor es un trabajo que se hace para resultar útil a quien se tiene enfrente (en clase o a través de una pantalla), cuyo punto de vista ha de ser respetado con máximo cuidado”, sin embargo, “Por mucho que pueda resultar desagradable a oídos de algunos, dar ejemplo para un profesor, no significa <<sacrificarse>> de manera agotadora días enteros sin descanso, sino comportarse con dedicación y responsabilidad, que es algo muy diferente. […] Asumir el principio de (auto)explotación laboral es algo que entra en la lógica de la corriente neoliberal dominante, que quiere ampliarse con prepotencia y conquistar también el sistema educativo”. De público a privado, un sistema educativo donde las “clases presenciales (queden) reservadas a los estudiantes privilegiados, es decir, a los que no trabajan, a los que se pueden permitir un alquiler lejos de casa; por el otro, cursos en línea destinados a estudiantes confinados tras una pantalla en los lugares más remotos de Italia”. El autor de este artículo en concreto es Federico Bertoni, italiano. Creo que podrá aplicarse lo mismo, antes o después, a España y países vecinos. Puede parecer ciencia ficción, pero ¿no es eso lo mismo que hubiéramos pensado si alguien hubiera predicho la situación actual? Pienso en colgar esto en las redes sociales. Quizá sea demasiado reflexivo para un medio en el que apenas se escanea el texto que acompaña la foto, donde las fotos con más me gusta contienen colores brillantes y/o hombres o mujeres con poca ropa. No sé si llegaré a hacerlo. Rescato un último fragmento: “reducción brutal del gasto público, aumento de la aportación económica del estudiante, disminución de los fondos estatales dedicados al derecho al estudio de los menos favorecidos, recortes en las becas vinculadas a los méritos, intervención creciente de empresas privadas en las políticas de educación y de investigación, una competición más dura para poder conseguir financiación […]. En realidad, se trata de un proceso que ha invadido todos los ámbitos de la vida pública y de aquello que algunos nos obstinamos en llamar bienes comunes: sanidad, educación, investigación científica, justicia, pero que en el microcosmos de la universidad se ha llevado a cabo de forma paradigmática, quintaesencial, con una perfecta mezcla de aquiescencia y de fanatismo ideológico”. Aparco por un momento mis diferencias con el sistema educativo, al que pienso que le hace falta una reforma, una puesta a punto en la que los docentes son los principales interesados. Porque esa palabra, público, para mí, es indiscutible, sistema educativo público, no como garantía de una presunta igualdad de oportunidades (nunca tendrá las mismas oportunidades el hijo de un obrero que el hijo de un millonario); un sistema educativo público como única oportunidad para el hijo del obrero.
Lo mismo que ha sucedido con la educación, ha sucedido con la sanidad y me temo que con la justicia. En la última década hemos retrocedido bastantes posiciones que habíamos conquistado desde los inicios de la democracia. No podemos rendirnos, lo que perdamos ahora no significa una pérdida en nuestra calidad de vida, una vida con menos libertades, que también, significa que tendrán que recuperarlo las próximas generaciones. La próxima generación será la primera que crezca en un mundo sin abrazos.

