Diario de un positivo
Envío 2. Martes, 25 de agosto de 2020
Martes, 25 de agosto de 2020.
Me ha costado un poco más levantarme. Anoche tardé en quedarme dormido. Telma es determinante en estos casos. He elegido el disco Fauré: Requiem de Nigel Short para empezar la mañana. Ya había amanecido y, por segundo día consecutivo, nublado. Las nubes son como jirones de algodón que se mueven despacio, casi imperceptiblemente. Las golondrinas aprovechan para revolotear antes de que suba la temperatura. El cielo, el que puedo ver detrás de las nubes, pasa del gris al azul claro, pálido. Después, se iluminan los jirones de algodón gris hasta volverse blancos. He seguido con la corrección de Héroes. Me parece mentira que lo haya escrito yo. La trama tiene intriga y puede funcionar. Aprovecho para hablar de relaciones tóxicas, malos tratos y la historia de amor vuelve a estar incompleta. Es decir, no tiene un final feliz. Algún día lo escribiré. Lo que no fui capaz de hacer fue ciencia ficción o fantasía. Al final, es otra novela realista. Esa no era la idea original.
¿Alguna vez habrá acariciado Antonio López la idea de pintar un cuadro que no sea hiperrealista?
Desayuno y riego las jardineras. La menta y la albahaca están exuberantes. En el arriate, el romero se ha secado. O ha muerto por exceso de riego. Desde que lo podé no volvió a recuperarse. Esperaremos al fin de semana para sacarlo.
Bajo al paseo marítimo de Benajarafe. Sentados en el banco que hay bajo la pérgola del edificio de información turística hay un grupo de adolescentes. Con mascarilla y la mirada fija en sus respectivos móviles. No hace falta viajar a la ciudad para constatar el aislamiento social, la falta de interacción humana, reemplazada por la virtual. Hay estudios que demuestran que cada vez les cuesta más concentrarse, reflexionar, abstraerse. No les importa. Ni a ellos ni a sus padres. Algo tan sencillo como mantener el móvil lejos, despreocuparse de él, es imposible para muchas personas, adolescentes y adultos, hoy en día. Y con él, ese ritmo frenético, un estilo de vida asociado a las grandes ciudades, a la imagen de éxito (imitación del broker de los ochenta) que ellos mismos se han construido y que yo detesto. Banal, vacía. Un coche, negro, no reconozco la marca y el modelo, sale de uno de los chalets que hay en el extremo occidental del pueblo, a pie de carretera. Ruidoso, el conductor pisa el acelerador a intervalos regulares, espera que su carril esté despejado para incorporarse. Cuando lo hace, se aleja en dirección a la gasolinera con estruendo, a gran velocidad, a demasiada velocidad para el tramo tan corto que ha de recorrer. ¿A dónde se dirige? ¿Qué beneficios le devengará llegar cinco minutos antes? ¿Para qué tanto ruido? Cumplir la siguiente tarea de la lista de tareas. Y luego otra. Una lista de tareas infinita. ¿Con qué fin?
En Cobos, la mañana del jueves, el último día que pasamos en Galicia, salvé una lagartija. Se había caído a la piscina y nadaba frenética, sin poder escalar ni aferrarse a la pared de plástico. La saqué despacio, en la palma de mi mano, y esperé a que ella misma se moviese. No salió despavorida. Avanzó con cautela hasta la roca sobre la que yo había posado mi mano, se quedó allí unos instantes. Parpadeó y boqueó un par de veces. Entonces sí, como si hubiera recibido una corriente eléctrica, desapareció en la cara oculta de la roca.
Sus hábitos me hacen cuestionar su estilo de vida y sistema de valores.
Lau vuelve del trabajo justo cuando las chicas salen para la playa. He estado toda la mañana en el despacho y no hemos coincidido. Las maestras nos cuentan que Díaz Ayuso ha comparecido en directo y están muy molestas. Enfadadas. La realidad de la educación, la que ellas conocen, no se corresponde con lo que ha dicho. Tampoco están de acuerdo con las medidas que el gobierno de la Comunidad de Madrid ha decidido adoptar. Entre otras cosas porque no se las creen. Se marchan muy cabreadas, todavía resuenan palabras como huelga en mi cabeza.
Hago dos hamburguesas que Lau y yo nos comemos mientras me cuenta que se ha reencontrado con Kasia, una compañera de trabajo. Ha sido un reencuentro feliz. También le han hecho una prueba PCR, se la están haciendo a todos los monitores de la clínica deportiva donde trabaja. Como precaución. Te meten un algodón hasta el cerebro, dice. Es el método más fiable por ahora. Me explica las diferentes pruebas —supongo que se las ha contado la enfermera— que se pueden realizar. Lo desconocía.
Después de comer continúo con la lectura de Porque olvido. Sigo anotando autores, sobre todo poetas, para posteriores lecturas. Alguna novela. No comparto todas las ideas de Valverde, pero sí algunas predilecciones. Trapiello ya aparece en la primera cita. El libro es una sucesión de óbitos, adioses y una carta de amor a Extremadura que recorro a través de todas las actividades literarias en las que el autor participa. Empezó a escribir este diario en 2005, cuando el autor tenía cuarenta y seis años, los mismos que tengo yo ahora. Me encuentro con una frase que parece escrita para mí, lo que el llamaría un descubrimiento: “vivir en el campo, no del campo”. Yo añadiría con ordenador y wifi porque, como escribe Valverde más adelante “Lo ideal, para mí, es la naturaleza. Su contemplación bajo la forma de paisaje (una exquisita elaboración cultural). Me gusta frecuentarla para dar paseos. Visitarla para leer y, como no, para descansar”. No he leído ningún verso de Valverde, y no creo que lo haga hasta que termine este libro, por lo que no tengo más remedio que creerle cuando asegura que “Mi poesía es como yo: solitaria. Busca en la naturaleza, sobre todo, la soledad. Es el perfecto ámbito del retiro, ese asunto tan extremeño”. Intrigado y seducido, a partes iguales, reconozco que uno lee lo que puede y siempre con el sesgo de quien es justo en el momento de la lectura. Este libro, antes de la pandemia, no hubiese tenido el más mínimo interés para mí.
Mientras escribo esto, Telma se sube a la mesa y se tumba de lleno sobre mi muñeca izquierda. Supongo que tendré que reducir el ritmo de escritura esta tarde de agosto. Echaba de menos estas muestras de afecto. Su ronroneo se superpone a los acordes de Impossible Germany de Wilco.
A las dos y media, Fito me envió una fotografía de la barbacoa que montó con Lau, la que yo bauticé como Sputnik por su forma de satélite ruso. En la parrilla, veintitantas sardinas descabezadas y limpias. Otras tantas esperan su turno en un escurridor de plástico azul, sobre la mesa que tienen en el porche. “Os extrañamos” dice el mensaje. Cuando lo veo a las cinco pasadas (el móvil suele quedar abandonado en el despacho), le respondo con cariño. Nosotros también. Tan lejos, tan cerca.
Andrés comparte en un grupo de WhatsApp un artículo de La Vanguardia titulado “¿Quién está detrás de la marea negacionista y los antimascarillas?”. Delirante. “En realidad —escribe Mayte Rius, autora del artículo— el coronavirus se ha erigido en una cadena que ha conectado tribus reaccionarias, teóricos de la conspiración, comunidades virtuales agrupadas en torno a empresarios de las pseudociencias o las terapias alternativas que estaban aislados y que han reinterpretado la pandemia desde su óptica conspirativa particular. Y, con el coronavirus de engarce, se ha producido <<una fertilización cruzada de ideas>>”. El domingo consiguieron reunir a 2.500 personas en Madrid. Lo que no entiendo es por qué las autoridades no multaron a todos los que no usaron mascarilla. Hubieran hecho buena caja.
Sobre las ocho salgo a pasear. Voy hasta el final del sendero que circula paralelo a la playa y regreso hasta el Hostal Esperanza. Casi una hora a buen paso. Allí, me baño. El agua está a la misma temperatura que el aire. Contemplo la puesta de sol desde el mar. Nado. Me siento intranquilo, flotando donde cubre sin nadie que me conozca en las inmediaciones. Hay una pareja mayor, de pie, haciéndose algún tipo de confidencia. Hay otra pareja, mucho más joven, no deben pasar de los veintitantos, jugando a perseguirse en el agua. Cuando la alcanza, él la abraza con fuerza. Ella, entre risas, vuelve a escapar. Siento envidia. Me gustaría compartir con Lau este momento. De todas formas, lo saboreo. Soy muy afortunado.


