Lunes, duodécimo día de la cuarentena.
Apago el despertador y vuelvo a dormirme. No tengo ganas de levantarme. Ni de leer. A las ocho y media dejo de dar vueltas en la cama y me preparo una manzanilla. Lau abre la puerta de su habitación y me pregunta ¿Pilates? Hacemos una clase, preparo el desayuno y le regalo tres cuartos de mi tostada de manteca colorá. Estoy desanimado. ¿Por qué? No lo sé. Lau también parece ausente. Tiene el entrecejo arrugado. La mujer que siempre sonríe (sí, tiene mal genio, pero tienes que forzarla mucho para que lo saque), parece llevar un gran peso sobre su espalda. ¿Miedo? ¿Miedo a que la prueba PCR vuelva a dar positiva y todo vuelva a empezar?
Llaman a la puerta. Es Rocío, nuestra vecina, la jefa de cocina del Restaurante La plata Casa Matilde. Sólo venía a saludar, dice. Es su día libre, He salido a dar un paseo y… No la invito a entrar, uno a cada lado de la puerta de la calle, mantengo una distancia forzada. Es incómodo. Llamo a Lau, grito su nombre que atraviesa toda la casa, y Lau aparece por el túnel del amor. Lleva el vestido vaquero, que termina en minifalda. ¿Es lo que llevaba antes? No lo recuerdo. La veo más alta, más delgada. Incluso más peinada. Se queda allí, en el extremo, lejos de nosotros. Le contamos a nuestra vecina que Lau ha dado positivo. Coronavirus. Contemplo la conversación como un espectador. Me deleito en los detalles. Observo a Lau como lo haría un extraño, intento ser objetivo. Es atractiva, madura, elegante.
Media hora después, Lau se marcha a hacerse la segunda prueba PCR. Esta también la pagará la empresa. Ojalá todas las empresas realizasen pruebas a sus empleados. Por la seguridad de sus clientes, le digo a Lau. Cruzamos los dedos para que dé negativo. Desde el despacho, escucho el sonido de la puerta de la calle al cerrarse. La casa queda en silencio. Hoy estoy trabajando sin música. No me había dado cuenta.
Escribe Montero Glez. en su sección El hacha de piedra, publicada hoy por El País, que aunque la vacuna llegue en diciembre, “falta algo más que una vacuna para terminar con esta época catastrófica en la que estamos sumidos”. Es cierto. Mientras sigamos anteponiendo nuestros intereses personales al bien social, la situación no va a cambiar. Pero, ¿cómo dejar a un lado los pequeños dramas personales de cada uno? ¿Es toda la culpa de las grandes multinacionales? Los directivos quieren beneficios y contratan empleados que tienen que pagar coches caros, casas grandes, la universidad de sus hijos. Estos empleados dirigen equipos, cadenas de montaje, transportistas que tienen hipotecas y un mes de vacaciones. Esas mismas multinacionales asalarian bufetes de abogados, personal de seguridad para proteger sus intereses. Mientras, con un porcentaje ínfimo de sus ganancias, patrocinan eventos donde maquillan su imagen. Eventos culturales, deportivos. Congresos, festivales, convecciones. Insertan publicidad en medios tradicionales. Lanzan campañas en redes sociales. Todos somos cómplices. No podemos omitir nuestra participación en el sistema mientras permanezcamos en su interior o no hagamos nada para cambiarlo.
Montero Glez. escribe sobre un libro que quería leer, Llega el monstruo de Mike Davis, que “epidemias como la del ébola, el MERS o la gripe aviar son el resultado inevitable de la globalización económica que estamos sufriendo”. Sobreexplotación de los recursos, destrucción de ecosistemas, construcción indiscriminada, engorde, medicación y producción en cadena de nuestros alimentos y una segregación social que confina a los más pobres en “guetos y barrios marginales”. El coronavirus es causa y es efecto. Hay gobernantes que siguen acaparando minutos para no decir nada, porque no están haciendo nada. Solo esperan que esto pase. Dejemos de mirar a los pastores y contemplemos el rebaño. “Si no ponemos remedio —escribe Montero Glez.— cambiando las estructuras económicas, la enfermedad del coronavirus es solo el principio de lo que está por llegar. La lectura entre líneas del libro de Mike Davis propone que el criterio cuantitativo ha de dejar paso al criterio cualitativo, afirmando así al sujeto y su relación con el medio ambiente. Una economía a escala humana es una economía ecológica y circular que evita residuos tóxicos, y que tiene como base la distribución de la renta. Por todo ello, para paliar este mal en el que estamos sumidos, se necesita algo más que una vacuna”.
Y nunca serán ellos los que tomen la iniciativa. Porque ellos, los que gobiernan, no serán los principales afectados por esta o próximas pandemias, catástrofes o atentados terroristas. Serán las clases inferiores y, mientras estas clases no cuenten con el apoyo de la clase media, incluida la pequeña burguesía que suele leer este tipo de textos, todo seguirá igual.
La antropóloga Margaret Mead escribió “Nunca depende de instituciones o gobiernos resolver ningún problema. Todos los movimientos sociales están fundados, guiados, motivados y vistos por la pasión de los individuos”. Pasión. Es difícil apasionarme cuando no puedo tocarla, cuando ella queda tan cerca y tan lejos. Cuando, todavía no puedo creerlo, he podido perder lo que más me importa. Seamos sinceros, si esto hubiera sucedido, si Lau hubiera pertenecido a ese 4% que fallecerá en los próximos meses, la sociedad podría irse a la mierda y me dedicaría a contemplar cómo desaparece por el sumidero.
Pero no ha sucedido. Nos hemos sentido indefensos, menospreciados, pero seguimos vivos. Sólo ha sido eso: un aviso. Una luz de alarma, una bandera roja. ¿Qué hace falta para que se inicie un cambio de verdad en la sociedad? Una crisis todavía más fuerte. O quizá, el coronavirus es solo el principio de lo que está por llegar. Si no le ponemos remedio.
Intento escribir el artefacto sobre Lo viral de Carrión. Como siempre, me sobran páginas. No puedo contar todo lo que me gustaría de los libros que me gustan. Esto es más evidente en este ensayo que abarca tantos temas. Me conformo con despertar el interés de algún lector, conseguir que se acerque a la fuente original para sacar sus propias conclusiones. No escribo para que los lectores se queden en mis textos —de hecho, desprecio a quienes los surfean—, mi objetivo es que buceen en ellos. Cuando una lectora me escribe para decirme que va a leerse tal libro, que ha visto esta película o ha empezado una serie de la que yo he hablado, me siento satisfecho. Si esa persona vuelve a contactar conmigo para decirme que le ha gustado, creo durante un instante que lo que estoy haciendo sirve para algo. “Sólo deteniendo durante unos minutos o unas horas los engranajes que no cesan de acortar nuestros plazos, para pensar y decidir nuestra propia ética y poética como individuos, podremos aspirar a ritmos propios”, escribe Carrión.
Carrión, lo cuenta también en este libro, tiene un diario auténtico, Días extraños, que alimenta desde el verano de 1997. Un diario, “un laboratorio, un espacio de ensayo, de prueba, acierto, error”. El suyo, como él mismo reconoce, tendrá “dos etapas: la anterior y la posterior a las redes sociales […] Es raro. Ese salir del yo. Ese pensar, mientras leo o viajo o vivo, ya no tanto en el documento de Word que he ido nutriendo en ordenadores de todo el mundo, en decenas de libretas, en cientos de e-mails, como mis improbables lectores que me leen en el improbable tiempo real. Aunque lo que sí es íntimo siempre ha ido a Días extraños. Las redes sociales han cuestionado el dietario, pero no el diario íntimo”. Una de las principales diferencias es esta, la intimidad. La otra es la posibilidad de reflexionar, dejar reposar lo escrito antes de compartirlo. Esto es extrínseco a la redes sociales. Todo el tiempo que Carrión, y el resto de nosotros, ha empleado estos años en escribir “whatsapps, correos electrónicos, textos de redes sociales, documentos de trabajo, respuestas de entrevistas, artículos, proyectos y libros no deja tiempo para la escritura de la intimidad”.
¿Debería añadir el adjetivo “íntimo” al título de este texto?
Lau regresa de hacerse la prueba. Mete el coche dentro para limpiarlo y no pensar en el resultado. Parece más motivada. Comemos pasta con tomate, calabacín, atún y champiñones. Mientras recojo, ya me noto pesado. Después de comer pasta, siempre me da un bajón, “el bajón del gluten”. Duermo una siesta de hora y media y luego intento dar una clase, pero su conexión falla. Lo aplazamos para la próxima semana.
He oído a Lau hablar por teléfono. ¿Tendrá ya los resultados? Se está peleando con el ordenador portátil. La enfermera, le ha dicho por teléfono, no le puede decir los resultados. Se los envía por correo electrónico. Lau ha vuelto a llamarla porque no lo había recibido. Tenían mal su dirección, una letra que no era. El archivo adjunto es un fichero con extensión Winrar. Lau pulsa varias veces sobre él y no se abre. Prueba con Abrir con…, le digo. Está ansiosa, imprecisa. Pulsa de nuevo y el archivo se abre. Solo alcanzo a leer una palabra de toda la página: Negativo. Lau se abalanza sobre mí. Cuando puedo respirar, superada la extrañeza de su cuerpo, el contacto de su boca, salimos a dar un paseo.

