Diario de un positivo
Envío 9. Sábado, tercer día de la cuarentena.
Sábado, tercer día de la cuarentena.
Me despierto sobre las nueve. La ventana está abierta y entra una brisa fría que me ha obligado a levantarme y cerrar la ventana. Parece mentira que anoche estuviéramos a treinta grados. Lau grita desde el descansillo si nos ponemos con la alberca. Respondo que no, que quiero dormir. Espero por si se atreve a entrar a la habitación, pero no lo hace. Escucho una puerta cerrarse, supongo que es la de la habitación de invitados. Podría ser la del baño. Me doy la vuelta y vuelvo a quedarme dormido.
Cuando me despierto, araño la puerta de Lau. Está despierta. ¿Desayunamos?, pregunto. Tengo muchísima hambre, contesta. El libro Jardines de Umberto Pasti está sobre la cama. ¿Has leído? Sí. Corto menta de las jardineras y preparo un té verde con ella. Tostadas. De fruta, paraguaya y manguitas de las que compraron Raquel y sus amigas, nosotros no pagaríamos lo que piden por ellas. Ha vuelto la brisa fresca de la mañana anterior. La estación meteorológica indica que la humedad en el despacho ha bajado al 32%. La temperatura se mantiene en 28 grados, pero es un alivio considerable.
Riego, trasteo y dejo a Lau arreglando las cintas y el galán. Estoy trabajando en el despacho, cuando llega la compra. Me pongo la mascarilla y cojo mi Pilot verde para firmar. Le pido al empleado, lleva una mascarilla negra de tela, que deje la compra junto a la puerta, en el rellano. Me quedo en el extremo opuesto del pasillo, mi actitud debe parecer forzada porque enseguida lo comprende. O pensará que soy un hipocondríaco que tiene miedo a contagiarse. Se mueve con rapidez. Esto es lo fresco, te lo dejo aquí, dice. Gracias, respondo y espero a que se aleje para coger las dos bolsas y llevarlas a la cocina donde está Lau para ayudarme. Ambos llevamos las mascarillas, ella lleva guantes. El empleado termina de descargar y dice que no hace falta firmar, que ahora con esto… los puntos suspensivos son literales. No termina la frase, no pone nombre a la situación, como si no estuviera seguro o como si tampoco quisiera reconocerlo. Se marcha, Lau y yo colocamos la compra. Llenamos la despensa. Reponemos el frigorífico. No hemos pedido ninguna bebida alcohólica. Gastos superfluos, cero. Se me ha olvidado el tónico, dice Lau. ¿Qué tónico? No entiendo a lo que se refiere. El tónico para lavarme la cara.
Me refugio en mi despacho. Tomo notas, repaso este diario. He encontrado la banda sonora.
Trabajo hasta las dos y bajo a preparar la comida. Me pongo al día con los podcasts de La libélula. Tengo todo el mes de agosto pendiente. Escucho un texto muy interesante de Gabi Martínez, se me escapa el título, pero no que ha sido editado por Seix Barral. Pienso en buscarlo más adelante. Cocino arroz con verduras y caliento lo que queda de jurel. Preparo un pesto con la albahaca de la jardinera, dos puñados de almendras crudas y dos dientes de ajo. Hoy estoy menos abotargado, Lau está tristona. Dice que se va a tumbar un rato. Quiere dormir. ¿Tienes fiebre?, pregunto. No. Estoy cansada. ¿Te encuentras bien? Se encoge de hombros. No tiene buena cara, está pálida. Estoy preparando pesto, digo. Imposto un optimismo que creo necesario. Sube a echarse un rato mientras yo sigo cocinando. El siguiente texto que lee Juan Suárez también me cautiva. Pertenece al mismo libro de Gabi Martínez: Un cambio de verdad. Suárez lo define como nature writing. Cocino el arroz con muy poco agua, lo justo para que se pegue un poco en la base y quede “al dente”. Subo a avisar a Lau. Está dormida.
—¿Tienes hambre?
—Mucha.
Se incorpora en la cama. La observo desde el umbral de la puerta: parece como si fueran las nueve de la mañana y estuviera levantándose ahora. Tiene esa mezcla de cansancio y sueño en su rostro, como si hubiera dormido horas. ¿Vamos?
Comemos en el salón, uno en cada extremo de la mesa. Echo de menos tocarla. Intento bromear, pero está como ausente. Apetito sí tiene. Mezcla el arroz con la salsa pesto en una proporción que no sé si sabrá a arroz. Deja el jurel para el final, pero se lo come todo. Es ella quien friega. Le pregunto si quiere ver una película o seguimos con la serie. Voy a subirme a descansar, dice. Protesto. Quiero que se quede y disfrutemos de ese momento. No cede. Sí que debe sentirse cansada. Veo tres capítulos seguidos de La conjura contra América, los que me restan. Está muy bien hecha, es una serie notable que muestra una realidad alternativa, con rigor y detalle, pero no consigue emocionarme.
Le pregunto a Lau qué tal está. Mejor. Salimos al jardín y enredamos. Ella, por un lado y yo por el otro. Coloco los brotes de la hiedra para que se enreden con los tallos más antiguos, los guió para que cubran la valla donde todavía no ha llegado. Lau tiene mejor cara. Habla con alguien al teléfono y la escucho reír. Siento ganas de que todo esto pase. De que quede en nada. Llega la noche, que ahora, cada vez, llega antes y más fresca.
Cenamos. Crema de zanahoria. Se me va la mano con el jengibre y está demasiado fuerte. Los aviones, como el año pasado en esta época, han cambiado su trayectoria y pasan por encima de nosotros. Hay fiesta en uno de los patios cercanos. Gritan. Ayer escribía sobre el silencio. Hoy no nos quedamos en el jardín. Lau elige una película, se quedó con ganas de verla en un viaje de tren. El viaje de tren que hizo justo después del estado de alarma, cuando todavía a nosotros se nos pedía que mantuviésemos la distancia social y RENFE podía llenar los vagones. Mientras los teatros estaban cerrados, siguen cerrados, los cines y los museos han tenido que limitar su aforo, pero los aviones pueden ir repletos, esos aviones que son como supositorios con alas, donde tus rodillas tocan las del vecino y apenas hay un metro entre asientos. Los auriculares no funcionaban, dice Lau. No me extraña. Coge una tumbona y la instala en el salón. No quiere tumbarse en el sofá, aunque estemos a más de dos metros, para no contaminarlo, me explica. Puñales por la espalda es una película entretenida, simpática, con varios giros que te mantienen despierto hasta el final. Es larga. Es la una y media cuando subimos a acostarnos. Nos damos las buenas noches en la distancia, Lau con la mascarilla. Me meto en la cama, solo. Leo a Valverde. La fiesta continúa. Gritos. Una risa ebria. Ni el más mínimo pudor o vergüenza. Respeto. Si lo tienen, no lo muestran. Pienso en asomarme a la ventana y preguntarles la hora. ¿Para qué? Debe haber tres patios entre el suyo y el nuestro. Hacia el otro lado, también tienen vecinos. Nadie dice nada. Solo ellos. El verdadero virus es la estupidez humana.

