Diario de un positivo
Envío 11. Domingo, cuarto día de la cuarentena. 2ª parte
Con la mascarilla pico pato, como llamamos a la FFP2, entro en el Hospital, me desinfecto las manos con gel hidroalcohólico que hay en una mesa frente a la puerta. En la recepción no hay nadie. En los pasillos no hay nadie. El hospital está desierto. Hay un cartel en el mostrador de recepción: “Les seguiremos atendiendo en Urgencias”. Hemos pasado por Urgencias, pero para ir allí seguramente tenga que salir fuera. Vuelvo al exterior, pregunto a dos personas que hay sentadas en un banco. ¿Estáis esperando para alguna prueba? No me atrevo a decir cuál. Me miran extrañados. La mujer suelta una bocanada de humo y me dice que no. El hombre niega con la cabeza. Me parecía, pero tenía que intentarlo. Vuelvo dentro y escucho como se acerca un llanto. Luego, una chica llega por uno de los pasillos. Llora, llora desconsolada. Su madre, imagino, va detrás de ella. La chica sale, se sienta en el suelo, se lleva una sudadera a la cara. Suelta un lamento. Está rota. Me recuerda el dolor de la muerte. Ese es el quejido que sale de sus entrañas.
Investigo por los pasillos. En ninguno de ellos distingo una señal, una indicación, un cartel. Veo una chica con un uniforme azul y ella me ve a mí. Y acelera el paso, introduce la llave en la cerradura de una puerta, ya la ha abierto cuando la alcanzo y le pregunto Perdona, ¿las pruebas PCR? Ella, contrariada, me responde ¿También las están haciendo hoy? Asiento. Son abajo, dice. No comprendo si me tiene miedo o no quiere detenerse conmigo o está tan cansada después de un día de trabajo que no le quedan fuerzas. ¿Y cómo llego?, pregunto. Por las escaleras, responde, como si aquello fuera lo más evidente del mundo. Ya, digo, pero ¿dónde están? Señala detrás de mí. Hay una puerta antipánico. Me despido con un Gracias y desciendo al sótano donde me espera más silencio y una mezcla de soledad y productos de limpieza. Recorro el pasillo beige hasta una bifurcación y allí, en una de las paredes, encuentro el primer cartel: Pruebas PCR. Sigo la flecha. Un poco más allá, otro. Y otro que me lleva hacia una puerta y la puerta al exterior y estoy otra vez en el aparcamiento. Me ubico. Si giro a la derecha, volveré a la entrada principal, donde aparcó Lau. Giro a la izquierda, avanzo unos metros y veo otra carpa idéntica a la de la puerta principal. Bajo la carpa, una persona con una bata de plástico amarillo, mascarilla, visera también de plástico y el pelo recogido en un gorro blanco con dibujos que no alcanzo a distinguir. Según me acerco a él, entablamos contacto visual. Intuyo que sonríe. En la puerta, de cristal, que hay junto a él, otro cartel con las tres letras mágicas PCR, siglas en inglés de Reacción en Cadena de la Polimerasa, la prueba capaz de detectar un fragmento del material genético del coronavirus en mi organismo. Hola, ¿son aquí las pruebas del PCR?, pregunto convencido. Sí. ¿Tu nombre? Pedro Ramos. Espera un momento, Pedro. El técnico desaparece por la puerta, habla con alguien al otro lado, vuelve a aparecer. Espera un segundo. Justo ahora se están llevando las pruebas para analizar al laboratorio. Deduzco que no debe tener treinta años, aunque solo puedo ver sus cejas pobladas, la expresión de sus ojos. Sonrío. Espero todavía fuera, bajo la carpa. El técnico se pone guantes nuevos y sella las muñecas con celo, desinfecta una silla que hay en el pasillo, nada más entrar. Me pide que me siente en la silla y me explica el procedimiento. Asiento, algo desconcertado, porque son dos muestras. Primero, una de la boca. Puede resultar algo desagradable, pero no duele. Tienes que sacar la lengua hacia delante, mucho. Lo intento. Puede que te entren ganas de vomitar, dice. Saco la lengua todo lo que puedo, pero cuando noto el bajalenguas presionándola, me entran arcadas. El técnico retrocede sin inmutarse. Vamos a volver a intentarlo. Esta vez consigue introducir el bastoncillo, lo restriega contra mi faringe y vuelve a sacarlo. Me lloran los ojos. Siento una molestia en el fondo de la garganta como si todavía siguiera allí hurgando. El técnico rompe el bastoncillo y sella el tubo donde lo ha introducido. Miro el suelo. Como cuando voy a hacerme un análisis y no quiero ver lo que el sanitario esté haciendo. Sus pantalones tienen tiras reflectantes como las de los enfermeros de las ambulancias. Lleva unas Adidas negras. Vamos con la segunda. ¿Tienes alguna desviación de tabique nasal, sinusitis…? No, respondo. Perfecto. Te puede resultar incómodo, pero tampoco duele. Te voy a introducir este bastoncillo en la nariz para recoger una muestra. Mira, has tenido suerte, dice, te ha tocado uno de los cortos. No sé si bromea o es cierto. No miro lo que él ha llamado “el bastoncillo”. Siento como se desliza por mi fosa nasal derecha, asciende hasta que creo sentir que me toca el cerebro. Presiona. Y cuando creo que no voy a aguantar más sin estornudar, lo extrae con el mismo cuidado. Me escuece. Noto como si me hubiera extraído algo más que una pequeña muestra. Le miro con los ojos llorosos. Ya está, dice. Sigo sentado. Hay una pareja de chicos esperando en la puerta. Uno de ellos lleva una mascarilla con la bandera de España. Otro enfermero se asoma por la puerta que hay en el pasillo, a mi izquierda. El martes te llamarán para darte el diagnóstico, dice. Lleva mascarilla y gorro quirúrgico. Gracias, atino a responder. Me levanto, salgo al exterior, camino por el aparcamiento, pero en sentido contrario. Todavía siento las molestias en la nariz y en la boca. Algo tan inocuo como un bastoncillo, pienso. Un coche se acerca despacio, deduzco que están tan perdidos como yo lo estaba hace unos minutos. ¿Para las prueba PCR? El conductor asiente. Son una pareja mayor. Ella va sentada en el asiento del copiloto, como Lau y yo hemos hecho, lo contrario a lo que nos dijo Mari Mar que hiciéramos. Les indico cómo llegar. Ahora que lo sé es sencillo. Siga hasta el final y allí gira a la derecha, verá una carpa. Es allí. No hay ninguna señal. Entre semana, con el Hospital funcionando, supongo que habría sido más difícil encontrarlo. Hasta en eso hemos tenido suerte.
Todavía no son las siete y media, la hora a la que me habían citado, cuando regreso al coche con Lau. Un gato blanco y negro sale corriendo, espantado, y se pierde bajo un seto de hibiscos. Se sorprende al verme tan rápido. ¿Ya?, pregunta. Regresamos.
De camino a casa, paramos en la panadería Salvador y compro un dónut, un xuxo de crema y dos cruasanes. En casa, merendamos. Estamos contentos. Como si haberme hecho la prueba ya fuera un éxito. Lo mejor que puede pasar es que dé positivo, que los dos lo estemos pasando juntos, sin síntomas más allá de lo que estamos experimentando. Así. ¿Damos un paseo?, bromeo. Pero es lo que me apetecería ahora. Salir juntos a caminar. Jugamos una partida de Apalabrados. Gano. Luego otra. Vuelvo a ganar. Tengo mucha suerte con las letras que me tocan. Es un juego de azar donde Lau suele ser una rival complicada. Preparamos la cena, es decir, yo preparo la cena porque no queremos que Lau contamine nada. Por si acaso. Todavía. En Spotify pongo la radio de La bien querida, una radio que me transmite buenas vibraciones, me levanta el estado de ánimo. Hoy es Lau quien se pone a bailar. Pasa de un lado a otro de la puerta de la cocina hasta que la pierdo de vista y luego regresa en sentido contrario con un paso distinto. Al principio, son coreografías de cuando bailaba, después, improvisa hasta que acaba haciendo el payaso. Me río. Me río casi hasta llorar. Hacía mucho tiempo que no me divertía tanto. Y no puedo abrazarla. No puedo morder esa boca, no puedo tocar esas piernas.
Cenamos en el jardín, tosta de salmón con queso fresco. De nuevo, el silencio. Ha bajado la temperatura y yo lo agradezco. Lau se pone una sudadera. De repente se detiene, escucha con más atención. ¿Lo oyes? No. Grillos. No los oigo. ¿En serio? Tengo un treinta por ciento de perdida auditiva en el oído derecho. Algo menos en el izquierdo. Sobre todo no percibo los agudos. En serio, dice Lau, me empiezas a preocupar. Me encojo de hombros. Deberías ir al médico. Para lo que hay que oír, respondo. Mira, me interrumpe. ¿No lo oyes? Niego con la cabeza. Lau se levanta y coge el móvil, graba un audio. Me lo envía por mensaje. Escucho los grillos. Subo el volumen hasta que puedo oírlos.
Después de ver un documental sobre Stephen Sondheim, letrista y compositor que revolucionó el género musical, con sólo veintisiete años escribió las letras de West Side Story,
nos acostamos. Otra vez, separados. Reflexiono sobre varios momentos del documental. Para mí, el más relevante es en el que el propio Sondheim reconoce cómo creo la canción Send in the clowns y la importancia que tuvo que la llegase a cantar Sinatra. Hasta que esto no sucedió, tiempo después, la canción no se hizo popular, pero sigue siendo igual de mala, bromea Sondheim, que la compuso como relleno para el musical A Little Night Music. Sinatra ni siquiera sabía lo que significaba, apuntilla. Una vez se lo preguntaron y dijo una cosa de una chica y un chico y luego entran los payasos. Sondheim a veces parece un genio y otras un presumido. Puede que fuese un genio presumido. El documental es un corta pega de dieciocho entrevistas que le hicieron, durante su vida, al propio Sondheim.
No tengo sueño. Leo unas páginas de los diarios de Valverde y continúo entresacando conclusiones. Quizá por eso me haya aficionado a los diarios ajenos: para afinar la puntería. Leo “El novelista Gonzalo M. Tavares le decía en Lisboa a Miguel Mora: <<Primero, me parecía fundamental el aislamiento. Ir viviendo y, al mismo tiempo, leer y escribir. Durante 10, 12 años, me levanté muy temprano. Me levantaba a las cinco y media y a las siete estaba en mi escondrijo; leía y escribía. Kierkegaard decía que sólo es posible llevar una buena vida si tenemos un buen escondrijo, y que tener un buen escondrijo es tener una buena vida. Siempre he intentado encontrar un buen puesto de vigía del mundo>>. Eso me recordó aquello que dijo Juan Goytisolo en Cáceres, lo de que Extremadura era “un buen acechadero”. Entonces me sentí momentáneamente feliz por vivir aquí. En este escondrijo, en este acechadero”.
Seis páginas después, ya en su año 2008, me topo con Vicente Valero y su viaje a la Provenza, incluido en su libro Duelo de alfiles. Me lo prestó Miguel, lo devoré antes de irnos de vacaciones a Galicia. Todavía, el libro, está sobre mi mesilla. Lo compruebo. Es. A Valverde también parece haberle gustado. Son demasiadas coincidencias.

