Diario de un positivo
Envío 4. Miércoles, 26 de agosto de 2020. 2/2
A día de hoy, hay 23,9 millones de enfermos por coronavirus en el mundo. 419.849 casos en España, 30.901 en Andalucía, 8.137 en Málaga, 191 en la comarca de la Axarquía. Mañana, Lau engrosará esta estadística. Los medios de comunicación anuncian una “segunda oleada”.
Leo un tweet sobre la aplicación Radar Covid. Ya está disponible en Málaga. Intento descargármela, pero es necesario tener instalada la versión IOS 13.5 lo cual es imposible para un usuario de iPhone 6 como soy yo. El iPhone 6 salió a la venta en otoño de 2.014, de acuerdo que no es el último modelo, pero tampoco es prehistórico. Esto me hace pensar en la cantidad de personas que, aunque quieran, no podrán beneficiarse del uso de una aplicación auspiciada por el Ministerio de Sanidad del Gobierno Español. ¿Qué sentido tiene una aplicación que va a dejar a todo un segmento de la población fuera? Me siento tan indignado que publico un tweet: “Bienvenidos al abismo digital” junto al enlace a la aplicación, su hashtag y toda la parafernalia. No recuerdo cuando fue la última vez que publiqué en Twitter y sé que solo servirá para desahogarme. Para sumar otro argumento a los que defienden que la tecnología está más cerca de segregar a las personas con menos ingresos que de favorecer su integración. Esta idea me hace recordar el ensayo Lo viral de Jorge Carrión y decido ponerme a escribir el artefacto correspondiente, esa mezcla de reseña literaria y experiencia vital que publico semanalmente en La Opinión de Málaga.
Hoy sería el 106 cumpleaños de Cortázar. Tampoco envío ningún mensaje capcioso a mis alumnos. Publico mi primer mensaje en Facebook después de mucho tiempo, ¿Qué habéis leído este verano?, y pongo en marcha una campaña de publicidad para ofrecer una clase de escritura gratis a nuevos clientes.
Lau pasa toda la tarde en el cenador. Lo descubro a las ocho y media, cuando bajo y me la encuentro en la mesa, rodeada de listas de alumnos, frente al ordenador portátil. Ha estado ayudando a las secretarias de la clínica a contactar con sus alumnos. El lunes y el martes, los días que ha dado clase, no se quitó la mascarilla en ningún momento. Se siente responsable de poder haber contagiado a alguien. Mi teoría es la contraria: ha sido allí donde se ha contagiado. Ha aparecido otro caso: Gabi, el chico que se encarga del mantenimiento y la limpieza. Lau y yo hemos estado juntos prácticamente en todo momento durante todo el mes de agosto. Hasta que ella empezó a trabajar. Si ella lo cogió en otro lugar, yo también hubiera podido hacerlo. Además, si se hubiera contagiado antes, tendrían que haber aparecido otros casos en nuestros círculos. Yo mismo.
La empresa donde trabaja Lau ha ofrecido a sus trabajadores la posibilidad de hacerse la prueba. ¿Cuántas empresas lo harán? Voy más allá. ¿No deberían ser estas pruebas periódicas? El hecho de que el único monitor que ha dado positivo haya sido Lau, no significa que la semana que viene algún paciente/alumno pueda contagiar a un monitor, otros alumnos, y estos, a su vez, puedan expandirlo. En lugar de eso, se apela a la autovigilancia, a que estemos atentos a los primeros síntomas de la enfermedad. La realidad es que en el escenario actual parece haber un gran porcentaje de asintomáticos y otros tantos que acusan la enfermedad sin complicaciones, ni siquiera las de un constipado. ¿No sería más práctico que gremios como los profesores, en general, todos aquellos que durante el desarrollo de su trabajo estén expuestas al contacto humano, se hicieran la prueba antes de iniciar el curso, ocupar su puesto de trabajo? De nuevo, la variable económica. ¿Quién debería asumir ese gasto? ¿Y la hostelería? ¿Y la salud? ¿De verdad nos importa? ¿Qué precio estamos dispuestos a pagar?
Lau dice que le duele un poco la cabeza. Recoge mientras preparo la cena: bocadillo de pimientos con queso. Pongo yo la mesa para que ella no toque nada. Nos sentamos enfrentados para estar lo más lejos posible. Es raro estar uno frente al otro, aquí, en nuestro jardín. Se quita la mascarilla para comer. Está triste. Tenemos que vencer la batalla psicológica, digo. Intento sacar varios temas de conversación, pero Lau no quiere hablar. Responde con frases breves hasta que hace un comentario desabrido. ¿Qué serie vamos a ver?, pregunto. He recibido un correo con varias series similares a Olive Kitteridge. Nos encantó. Lau, al principio, no recuerda de qué serie le hablo. Le hago un breve resumen. Ah, sí, esa es corta. Lau termina de comer y vuelve a ponerse la mascarilla. No acabo de acostumbrarme a verla así. No poder tocarla. Recogemos y, mientras Lau mete todo en el lavavajillas, yo tiro la basura.
Después, en el sofá, ella se tumba hacia un extremo, con la mascarilla, y yo me acomodo en la otra punta. De los títulos que le leo elige The spanish princess. El título aparece en inglés. No han pasado ni cinco minutos cuando le pido a Lau que la quitemos. Ya estoy saturado de tópicos y desvaríos. Catalina de Aragón se va a casar con el príncipe Arturo de Galés, esto es verdad. Fue verdad, aunque no lo hayamos estudiado en los libros de Historia. Y cuando sale de la Alhambra, su madre, Isabel I de Castilla se tiene que pelear con unos infieles. Ella misma con su armadura dorada y todo. La serie es pobre en su ambientación, en su rigor histórico y sus personajes son títeres. Un despropósito.
Lau elige La conjura contra América y, desde los créditos iniciales, nos damos cuenta de que es otra cosa. Cuando reconozco los nombres de los creadores de The Wire, me relajo. Antes de la mitad del capítulo, Lau se ha quedado dormida. La observo, estirada en el sofá, la cabeza sobre una montaña de cojines, media cara tapada por la mascarilla, los ojos cerrados en un sueño dulce.

