Diario de un positivo
Envío 3. Miércoles, 26 de agosto de 2020. 1/2
Miércoles, 26 de agosto de 2020.
Último día de las chicas con nosotros. Se levantan temprano para ver amanecer en la playa. Bañarse. También piensan desayunar en la heladería Mirro. Me quedo corrigiendo Yolanda para el Premio Málaga de Novela. Busco la manera de reducir a trescientas páginas el libro. No me había dado cuenta de que el límite son trescientas páginas. Elimino varias partes donde los personajes hablan y hablan. Parece mentira que lo haya escrito yo y, al mismo tiempo, reconozco mi estilo. La literatura es eso que se hace entre acontecimiento y acontecimiento. Me percato de que muchas de esas conversaciones son la razón por la que escribo: para hablar de esos temas, recuperarlos, traerlos al presente y recordarle a la hipotética lectora que no hace mucho tiempo éramos así. Los chicos usábamos americanas con hombreras, por ejemplo. Una tontería como otra cualquiera, pero me sirve para darme cuenta de la cantidad de concesiones que he hecho a lo largo de mi vida. Las zapatillas de deporte, por ejemplo. Tardé mucho en desterrar los zapatos por las zapatillas de deporte. La narradora lo dice de su novio, Juan Carlos. Soy consciente de todas las trampas que he hecho para incluir esta anécdota, este recuerdo, aquella historia que alguien me contó y me pareció interesante para perfilar una arista del protagonista o un personaje principal. Personajes redondos. También algunas ideas, pensamientos, mensajes dentro de una botella que no intentan aleccionar, solo señalan la deriva que hemos sufrido. ¿En qué se han convertido aquellos jóvenes que querían cambiar el mundo? ¿Con qué sueños se ha conformado aquel que soñaba con ser millonario a los cuarenta? Yolanda es una novela sobre todo esto y sobre la solidaridad. Por eso elegí el desastre del Prestige, los atentados del 11M. Mi personaje preferido de la novela es el Alemán de Camelle. Creo que escribí sobre el Prestige solo para incluirlo a él en este libro.
El pescadero llega tarde, a las once y media, y sin existencias. Compro el último medio kilo de sardinas, grandes, y charlo un rato con él y con Juan, que yo sepa hay tres Juanes en mi calle, pero éste es el único que sale a comprar pescado. Me explica cómo hace él los boquerones en vinagre. Lo importante es lavarlos bien, cambiarles el agua tres o cuatro veces, y al final le añade el zumo de tres limones, un buen chorro de vinagre. En casa, es Lau quien hace los boquerones en vinagre, algo demasiado laborioso. Como la tortilla de patata.
Lau me llama a las dos menos cuarto. Su prueba PCR ha dado positiva. Al principio creo que está bromeando. No. Tengo que llamar al centro de salud, dice.
—¿Pero te han dicho algo más?
—Acabo de recibir un mail, es lo único que sé.
—Vale —respondo—. Conduce con cuidado.
—Dile a mi hermana que se marchen antes de que yo llegue. Ahora tendremos que avisar a todo el mundo.
Es lo que menos me preocupa. Ni siquiera me planteo si yo me habré contagiado. Tengo muchas dudas y ninguna respuesta.
Los virus son organismos de estructura muy sencilla, compuestos de proteínas y ácidos nucleicos, capaces de reproducirse solo en el seno de células vivas específicas, utilizando su metabolismo. En el caso del coronavirus SARS-CoV-2 ese metabolismo es el humano. Las células vivas son las de Lau. La palabra virus está relacionada con veneno, ponzoña. Ponzoña es una palabra en desuso. Quizá porque tiene “z”. Y “ñ”. A mí me gusta como sueña. Ponzoña. Sueña la ponzoña con androides eléctricos. Los coronavirus son una familia de virus que normalmente afectan solo a los animales. Algunos de ellos también tienen la capacidad de transmitirse de los animales a las personas lo que causa problemas respiratorios que mayoritariamente producen sintomatología leve. Varios coronavirus causan infecciones respiratorias que pueden ir desde el resfriado común hasta enfermedades más graves. La enfermedad que causa el SARS-CoV-2 se denomina COVID-19.
Llamo a Raquel, la hermana de Lau, para darle la noticia.
—Vale —responde con risa nerviosa—, estamos recogiendo los pollos. Ahora subimos.
Raquel y sus amigas llegan antes que Lau. Le digo a Raquel que su hermana preferiría que ellas no estuvieran cuando regrese. Lau se sentiría fatal si te pasara algo, ¿lo entiendes?, digo. Imagínate que pasado mañana te mueres por coronavirus y tu hermana se cree que fue ella quien te contagió. Es que no me va a pasar nada, responde. Su teoría es que ya lo ha pasado, que todo el cuerpo de profesores ya lo ha pasado. No insisto. Las tres se quedan hasta que llega Lau.
Telma ha cagado en la cocina y vomitado en el aseo donde tiene su cajón de arena. Sería fácil asociar estos acontecimientos, la enfermedad de Lau, mi estado de ánimo y la reacción de la gata, como algo somático. Me limito a limpiarlo todo. Lo recojo y friego el suelo.
Nos surge otra duda: ¿Qué deberían hacer Raquel y sus amigas? ¿Deberían regresar a su lugar de residencia, como tenían previsto, e informar allí a su centro de salud? ¿O deberían permanecer aquí la cuarentena o hasta que obtuvieran un resultado PCR negativo? Tania ha llamado a una amiga enfermera, pero no ha sabido decirle qué debería hacer. Buscamos en internet. Al final, después de un montón de noticias sensacionalistas, estadísticas inservibles y artículos vacuos, he encontrado una página del Ministerio con información sobre cómo deben actuar al respecto los mutualistas. Lo comparto con ellas por WhatsApp. Descubro un nuevo concepto: contacto estrecho. Después de “distancia social”, llega “contacto estrecho”. Se supone que estás en contacto estrecho con alguien si estás “en el mismo lugar a menos de dos metros y durante más de quince minutos”. Debe ser difícil estar a menos de dos metros en distinto lugar. El concepto es tan enrevesado que es necesario explicarlo en una página web aparte. En la web de maldita.es encuentro una guía de título explícito: Qué hacer en caso de que un familiar o alguien con quien vivas se infecte con el coronavirus. Es un resumen del PDF que publicó el Ministerio de Sanidad. Tiene fecha del 23 de marzo de este año, pero imagino que el protocolo no habrá cambiado mucho. Lo comparto con Lau. En los próximos catorce días, o hasta que el resultado de un PCR sea negativo, están prohibidas las visitas, Lau debería estar en una estancia o habitación de uso individual con la puerta cerrada, sin contacto directo conmigo. En caso de que le fuese imprescindible ir a las zonas comunes, Lau debería utilizar mascarilla quirúrgica y lavarse las manos al salir de la habitación. Debemos mantener bien ventiladas las zonas comunes, comunicarnos a través del móvil. Después de cualquier contacto, debería lavarme las manos con agua y jabón o una solución hidroalcohólica, además de autovigilar la aparición de síntomas de infección respiratoria aguda como fiebre, tos, dolor de garganta, dificultad para respirar. Debería consultar con los servicios de salud si éstos aparecieran.
Crucemos los dedos.
La parte más complicada es cómo deshacerse de la basura. Se necesitan tres bolsas y soy incapaz de reproducir aquí, de forma coherente, la forma de hacerlo.
Cuando llega Lau, me pongo la mascarilla para transmitirle algo de confianza. Aún así, no hace amago de besarme ni de acercarse a mí. Se muestra contrariada cuando ve que su hermana y sus amigas todavía no se han ido. Insisten en quedarse a comer. Todos juntos. Lau, al final, accede. Comemos en la mesa del comedor los pollos asados que han traído mientras nos cuentan cómo ha sido el desayuno. Tania todavía no ha digerido el suyo y prefiere no comer. Se toma un té. Lau lleva una mascarilla quirúrgica, de las azules, que se pone nada más terminar. Aunque gastamos alguna broma, se nota la tensión. Todas las conversaciones gravitan alrededor del virus. Hemos sabido hoy que está infectada, pero la prueba se la hicieron el martes, ayer, por la mañana. Según los resultados, la carga viral es baja por lo que puede estar al principio o al final de la enfermedad. Si estuviera al final, sería asintomática. Eso sería lo mejor para ella y para los que hemos estado en contacto con ella porque significaría que está a punto de pasarlo y que los que hemos convivido con ella tampoco lo hemos pasado mal. Que sepamos, ninguna de las personas con las que hemos estado recientemente ha enfermado, al menos, no lo ha reconocido. ¿Llevamos quince días con asintomáticos y personas inmunes? Si estuviera en la fase inicial de la enfermedad, ¿cómo se desarrollará? Tenemos que estar muy atentos a cualquier síntoma y todos, lo reconocemos, tenemos alguno. Yo me desperté esta mañana con un ligero dolor de cabeza. Ahora me duele un poco la garganta. Raquel no ha dejado de toser en los últimos días. Tania dice que en marzo, cuando empezó el confinamiento, pasó lo mismo: todos teníamos alguno de los síntomas que presagiaban la enfermedad. Somos aprensivos, yo, además, hipocondríaco, pero no tengo miedo.
Raquel, Mar y Tania se marchan. Se quieren despedir de Lau con un abrazo. Ella lleva puesta la mascarilla, contiene la respiración. Nos quedamos solos. Lau sigue intentando, a través de la aplicación y por teléfono, contactar con su centro de salud, como recomendaba el informe. También le recomendaba que, como la carga viral es muy baja, se hiciera otro PCR en las próximas 48 ó 72 horas. Quiero que se lo haga, sobre todo, como control ante un falso positivo.
La única respuesta que ha obtenido Lau por el momento es un mensaje automático de la aplicación que le dice que han recibido su mensaje y se pondrán en contacto con ella. Si es urgente, le ofrece la posibilidad de llamar a un número de teléfono. ¿Es urgente? Llevan desde el principio de todo esto diciéndonos que no vayamos a Urgencias así que no debe ser urgente. Pero es desalentador sentir que no hay nadie al otro lado.

