Miércoles, séptimo día de la cuarentena
Suena el despertador, pero no me levanto hasta las ocho. Tengo sueño. Me preparo una infusión de jengibre y limón mientras chequeo el correo. En teoría tengo una clase a las doce y media. Pero ayer no había recibido los deberes. Los envío a la una y veinte de la madrugada. Leo el ejercicio, me arranca varias sonrisas, y leo por encima el resto de los mensajes. Nada importante. Subo al despacho y me vuelco en este diario.
El sol ha cambiado su ruta y puedo dejar la contraventana abierta. Ya no entra justo por ella, ni con tanta fuerza. Me gusta mantenerla abierta, día y noche, aunque las vistas sean las de la fachada de los chalets de enfrente, idénticas al mío idénticas a las doscientas treintas y dos casa que forman la urbanización. Monotonía de fachada tras los cristales. Pero el cielo, allá arriba, no permanece un instante. Por la mañana casi siempre está nublado. A media mañana se despeja. Es azul eléctrico al mediodía. Y púrpura, morado, amarillo antes de apagarse. Ya los días son más cortos. A las ocho y media llega la noche noche y un tímido juego de estrellas se enciende allá arriba. Las farolas de la calle, amarillas, incandescentes, ganan la partida.
A las nueve cincuenta, recibo una llamada de un número oculto.
Negativo. Una enfermera del Hospital de Torre del Mar, así se presenta ella, me dice que mi prueba PCR ha dado negativo. No puede ser. ¿Negativo?, pregunto. Ella toma las riendas de la conversación y, siempre en un tono amable y jovial, me explica que aunque mi esposa haya dado positivo, yo no estoy contagiado, que tenemos que seguir con el aislamiento. Le respondo que eso es lo que peor llevo, tenerla tan cerca y no poderla tocar. Ríe. Siete días se pasan muy rápido, dice. Me tranquiliza saber que conoce mi caso, que es consciente de con quien esta hablando y de los plazos que maneja. Supongo que tiene el historial de Lau delante, y el mío. Supongo que está en un pequeño cuarto de paredes blancas, los muebles de formica, un pequeño escritorio con un ordenador, un archivador metálico. Me la imagino menuda, con los ojos claros y el pelo corto. Debéis seguir teniendo cuidado, dice, no te vayas a contagiar ahora. Porque si eso pasara todo volvería a comenzar. Tú serías el aislado y ella tendría que hacer la cuarentena. Su argumento es sólido, pero su actitud afable se parece más a la de un amigo que te está dando un consejo. Lau no lo aguantaría, pienso. ¿Otros quince días sin salir de casa? ¿Y en su trabajo? ¿Qué le dirían? La enfermera sigue al otro lado del teléfono, Tú perteneces a Benajarafe, ¿no? Te llamarán desde tu centro de salud para hacerte el seguimiento. Muchas gracias, contesto. Gracias, de verdad.
Cuelgo y voy hacia el cuarto de invitados. La puerta está cerrada, no he llegado a llamar, cuando escucho un lamento: Soy una pestosilla. Lau ha estado escuchando toda la conversación. No sé si ha podido oírla, pero conoce el resultado: negativo. Siete días más con este juego de quiero y no puedo, de desearla con la mirada, de no poder subrayar una palabra con un gesto, un buenos días con un abrazo. Buenos días, cielo, grito al otro lado de la puerta cerrada, ¿desayunamos?
Preparo toda la parafernalia y lo hacemos en el jardín. Lau tiene mejor cara. A pesar de la noticia. Los dos contábamos con que yo diera positivo y poder relajarnos, que Lau pudiera andar por la casa sin mascarilla, poder acercarnos, tocarnos, besarnos. Qué suerte, dice Lau. ¿A qué te refieres?, le pregunto. A estar confinada aquí. Acompaña sus palabras de una mirada a nuestro alrededor. La vegetación, el cielo. Amplitud. Imagínate tener que estar confinada allá arriba. Señalo la ventana del cuarto de invitados. Sin poder salir. Me da algo, responde. Leí una noticia que decía que el cuarenta por ciento de los confinados lo hacen mal, digo. Creo que el porcentaje se quedaba corto. Estoy seguro de que el noventa por ciento de los enfermos no cumplen estrictamente el aislamiento. El otro diez por ciento se encuentra tan mal que no puede evitar cumplirlo.
—¿Llenamos la arqueta?
La segunda capa de mortero impermeabilizante ya se ha secado. ¿Seguro?, bromeo. Tengo tantas ganas como ella. O más. Pero no quiero que nos pase como la primera vez. Vaya decepción. Puedes hacerlo con la regadera, así sabemos cuánto cabe. Yo aventuro que serán tres. Ella dos y media. Como en El precio justo, pierde quien se pase.
Tres. Necesito tres regaderas de cinco litros para colmar la arqueta. Hasta el borde superior, justo donde se encaja la rejilla. ¿Hacemos barbacoa?, pregunto. Lau se muestra ilusionada. Tenemos unos chuletones que compró Raquel, podemos hacer una ensalada. Subo al despacho y me sumerjo en modo oficina. Cuando levanto la cabeza de la pantalla, son casi las dos. Se me ha olvidado sacar la carne del congelador. La pongo sobre la encimera de la barbacoa. En menos de media hora estará descongelada, podría preparar la brasa mientras. Se lo pregunto a Lau. Dice que no, que no me complique, que lo haga a la plancha. Tiene hambre y, cuando tiene hambre, no puede pensar. Quiere comer. Subo a terminar lo que estaba haciendo y, cuando regreso, la carne se ha descongelado, Lau está en la tumbona comiendo altramuces. ¿Preparo la ensalada y comemos? Dice que sí. ¿Te quieres echar un rato? Dice que no. El chuletón a la plancha está exquisito. Raquel los compró en una carnicería de Torre de Benagalbón. Todavía no la conozco. El chuletón se deshace, sabe a pasto. Un poco de sal y un golpe de plancha. La carne al punto, pero que no sangre, así le gusta a Lau. ¿Qué tal?, pregunto. Buenísimo.
Ahora sí me voy a echar, dice después de recoger la cocina. ¿Estás bien?, pregunto. Se encoge de hombros. Creo que es más el aburrimiento, mi Negativo y los siete días que nos quedan por delante. La precaución de no estar en el mismo cuarto más tiempo del necesario. Yo me quedo aquí leyendo, digo, tumbado en mi zona del sofá, siempre la misma.
Leo un artículo de Juan José Saer sobre Roberto Arlt y tomo un té verde con menta y media cucharada de azúcar moreno mientras una grúa viene a llevarse un coche abandonado que había en nuestra calle. Los aficionados a las causalidades del universo encontrarán alguna explicación.
El artículo de Saer, escrito en 1985, empieza comparando a Arlt con Borges. El segundo sale perdiendo y Saer sitúa al primero al nivel de Kafka, Proust o Dostojevski. “Desde luego —escribe—, la edad de la muerte no tiene ninguna importancia: únicamente la obstinación de la búsqueda, el no querer ser otra cosa que escritor, el no aceptar tareas sociales de substitución, como quien diría subalternas, la fuerza de conservar hasta el final esa disponibilidad para la incertidumbre que es la condición esencial de las obras mayores”. Arlt falleció a los cuarenta y dos años. Había escrito cuatro novelas, publicado dos libros de cuentos, estrenado varias obras de teatro y se ganaba la vida como periodista. Trabajó en la sección de sucesos, publicó artículos de opinión, reseñas y crónicas de sus viajes por Argentina, Uruguay, Brasil, España y África. Afirmaba que <<cuando se tiene algo que decir, se escribe en cualquier parte. Sobre una bobina de papel o en un cuarto infernal>>. Arlt es de los pocos escritores, de comienzos del siglo XX, hijo de inmigrantes pobres, educado en la escuela pública y de formación autodidacta. Lejos de los círculos literarios y sus miserias, a los que sí pertenecían Borges y Bioy Casares entre otros, Arlt vivió para escribir y escribió para vivir. Es fácil leer entre líneas. Aún así, dos escritores tan distintos, Borges y Arlt, Arlt y Borges, tenían un enemigo común: Marcel Proust. Ambos desdeñaban la novela psicológica y el realismo. ¿Hay algo más realista y psicológico que un diario?
No me queda más remedio que volver a la realidad. Contesto correos electrónicos y mensajes en la redes sociales, encuentro un par de cuentos para nuevas propuestas de escritura. Uno de ellos de Arlt, lo mencionaba Saer en el artículo.
Al anochecer, vuelve el sonido del gong. Tenemos un vecino que lo practica, pero juraría que es el primer día en mucho tiempo que lo toca. ¿Será porque hay luna llena? Compruebo que el nivel de agua de la arqueta ha descendido un centímetro. ¿Qué hacemos?, dice Lau. No sé, respondo. ¿La llenamos igual? Lau me pidió al mediodía que cortase las ramas más altas del galán de noche que se levantan casi tres metros del suelo. Por la tarde, ella le quitó las hojas amarillas y le limpió la base de hojas secas. Me explica lo que ha leído: el galán necesita deshacerse de ellas para florecer, no tiene suficiente fuerza y, al haberle quitado las ramas largas, le hemos ayudado a hacerlo. La escucho. No sé si tiene razón. Me resisto a creer que el resultado sea tan inmediato, pero la verdad es que huele a galán de noche, ese olor dulzón tan característico. Me levanto de la mesa y atisbo por encima del muro de nuestra vecina, que también tiene un galán. Puede venir de aquí, digo. Las flores del jazmín de Madagascar están todavía cerradas así que no pueden ser ellas. Lau ni se inmuta. Ninguna fotografía podría capturar este momento. Olor incluido. La luna llena, Lau que ya se ha puesto manga larga, a los pies del galán de noche, como una madre satisfecha.
Vemos los tres capítulos que nos faltan para terminar la serie Love life. Lau lleva varias noches viendo la televisión desde una de las tumbonas del jardín y Telma parece haber dicho “Esta es la mía”. En cuanto me tumbo en mi lado del sofá y Lau se instala en la tumbona, Telma se sube al lugar que ocuparía Lau en el sofá. Increíble. Cuando los dos veíamos la televisión desde el sillón, Telma se quedaba en su jarapa. Ahora, se estira todo lo larga que es, incluso se gira, ofreciéndome la panza para que se la acaricie. Love life tiene final feliz: la protagonista consigue su objetivo, encontrar el amor y formar una familia, pero esta no responde al prototipo de familia que venden la mayoría de los productos audiovisuales, sobre todo esa fábrica de publicidad llamada Hollywood. Enternecidos, tenemos que conformarnos con dormir en habitaciones separadas. Por cierto, le pregunto a Lau, ¿te vino la regla?

