Diario de un positivo
Envío 10. Domingo, cuarto día de la cuarentena.
Dormimos hasta tarde, que no son más de las diez. Hacemos una clase de Pilates. Uno en cada extremo del patio. Lau se quita la mascarilla y dice, en voz baja, que no va a explicarme cada movimiento, que la siga. Me sobrevalora. La ralentizo. Lo suyo son posturas, lo mío, muecas. Tiene la paciencia, pedagógica, para detenerse a explicarme qué parte de mi cuerpo debería empujar y en qué dirección. Ella es capaz de mover de forma aislada cualquier músculo de su cuerpo, parece natural, elegante, fácil. Es imposible. Mi cuerpo es un ladrillo. Soy capaz de copiar el gesto, pero no empleo los músculos que debo emplear y, cuando lo consigo, debo incluir la respiración. Estás acortado, dice, diplomática. Aún así, al terminar, me siento mucho mejor. Al menos, físicamente. Imagino que para Lau es como si yo me pusiera a escribir con mi sobrino: aburrido.
Desayunamos en el jardín. Repetimos tostadas y, de fruta, las últimas manguitas. Té chai. Leemos el periódico, cada uno en su móvil. De fondo, los gritos de unos niños. Los hijos de los mismos que anoche estuvieron gritando hasta la madrugada. No son niños jugando, no son voces, no es la sorpresa o el júbilo, algarabía. Son chillidos a alguien que no está en el patio, alaridos que no sabes si de verdad manifiestan dolor, una urgencia. Sólo están aquí el fin de semana, digo. Con un poco de suerte, no vuelven en todo el invierno. Pasaron aquí el confinamiento, dice Lau, sagaz. Tiene razón, pero no recuerdo que fuera tan insoportable. ¿Levantamos otro muro?, pregunto. Habría que meterlos en una burbuja para que no molestaran al resto de los vecinos.
Barro. La parte delantera está llena de flores de jazmín que el viento ha amontonado junto a la escalera. Fuera, nuestra acera, debe estar igual o peor. Pero no podemos salir. Menos a esta hora. Y no voy a barrerla de madrugada. Como saqué ayer la basura. Esperé a última hora para no encontrarme con nadie, caminé rápido con la bolsa triple bolsa como indica el protocolo y me deshice de ella sin tocar nada ni a nadie. De regreso, la gata blanca que deambula por esa zona salió a saludarme. Cumplí con dos caricias rápidas, apresuradas, de impotencia.
Hay tantas flores en el suelo que tengo que llevar el cubo de basura a la parte delantera. Barro también el pasillo que corre paralelo al arriate, el túnel del amor, y la parte trasera. El viento concentra las hojas, las brácteas y el resto de la suciedad en las esquinas. Mientras, Lau tiende la colada.
Después de comer, elijo una película tonta: Un amigo para Frank. Lau vuelve a instalarse en la tumbona junto a la puerta del jardín. Telma se sube al sofá, extrañada. Nunca lo hace cuando estamos los dos. Al contrario de lo que creía, no nos dormimos. La trama de la película avanza despacio, sin estridencias. Es la historia de un viejo cascarrabias que estuvo en prisión por robo, que tiene problemas de memoria y se desorienta. Su único hobby son los libros. Es egoísta y no ha sido un buen padre. Es la historia de este tipo y de su hijo, de una bibliotecaria amable. Es una historia tierna. Hay un robot. La película está ambientada en un futuro cercano donde los robots pueden cuidar a las personas. El guión saca mucho provecho de esta relación: Frank y el robot. Se conocen, que es una oportunidad para que nosotros conozcamos a Frank y lo poco que encaja en ese mundo que no recuerda, al que olvida y con el que parece no tener ningún vínculo. Hay dos giros bastante sorprendentes. Un juego sutil, bien llevado, con la memoria. La memoria humana y la del robot. Y un final sin diálogos. Un montaje de secuencias con música que me hace llorar. Eso sí que me da miedo, le digo a Lau. Ella me mira, entre la congoja y el llanto. Perder la cabeza, digo. No saber quien eres, quien soy, donde estoy. No te puedo abrazar, dice Lau. No importa, contesto. No pasa nada. No tengo miedo a la muerte, pero a eso sí. Ella sigue en la tumbona, parece clavada en ella. Yo me he incorporado en el sofá para coger aire. Un par de lágrimas recorren mi rostro. Como mi abuela, reconozco. Eso es lo que tengo dentro y no me atrevo a sacar. Como ella. Lau dice algo para aliviar mi dolor. ¿De qué sirve vivir así?, digo yo. Comes, cagas, ocupas un lugar en la residencia, si lo puedes pagar. Yo preferiría no estar, digo. Pero no puedes elegir, responde. Debería poderse. Yo no quiero acabar así. Un testamento vital o algo, dice Lau. Pero no se puede, concluyo. No hay eutanasia.
—¿Qué hora es? —pregunta Lau.
—Las seis.
Ambos hacemos el mismo cálculo.
—¿A qué hora salimos?
—A menos cuarto.
—Nos empezamos a vestir a y media.
Cinco minutos después, estoy tumbado en el jardín leyendo a Peter Handke. Lo que Handke escribió sobre Kafka, lo que Handke escribió sobre Handl, lo que Handke reflexionó sobre el oficio de escritor en Austria que es muy parecido a lo que yo pienso y, ahora, me apropio.
“En Austria el trato con los escritores es muy superficial, es decir, como escritor sólo te conviertes en personaje público si también tienes interés como personaje privado, o te haces el interesante. Y entonces no eres interesante para el público como escritor, como alguien que formula para otros los disimulados, reprimidos deseos y preocupaciones de la época o simplemente de sus días sin ton ni son, sino como una cara más entre las muchas caras conocidas de prensa y televisión. Para el público eres indistinguible de un cantante de cámara, una esquiadora, un moderador y la chimpancé Judy de Daktari; se te acosa como a una figura del mundo del espectáculo, no importa qué tipo de trabajo hayas lanzados a este entorno de titiriteros en el que te sientes extraño, y al que, no obstante, crees necesitar también un poquito, porque pretendes hacer un asunto público de lo que escribes”. Handke escribió este artículo en 1972. Me enteré el otro día, precisamente por Miguel, de que le habían dado el Premio Nobel en 2019. No me interesa el mercadeo de favores. Me quedo con lo escrito, al margen de polémicas, su linaje o la postura política del autor. No creo que podamos conocer a nadie a través de su lectura. Es una ilusión inherente al artefacto literario. Ni siquiera en el caso de la autoficción debemos confundir al protagonista con el autor. La figura que yo me creo de él a través de la lectura de aquellos acontecimientos sólo existe para mí. La escena como unidad de acción. En el mejor de los casos, será esa persona, convertida en personaje, retratada en ese tiempo y ese espacio. Y esas mismas circunstancias lo habrán transformado en otro al final del relato.
A la hora prevista, salimos con destino al Hospital Comarcal de la Axarquía que está en Torre del Mar, comarca de Vélez-Málaga. Ganas de complicarlo. He perdido varios minutos buscando los hospitales que pudiera haber en Torre del Mar para asegurarme de que es este. Supongo que es este. Según la aplicación, tardaremos quince minutos en llegar. Lo mismo yendo por la carretera de la costa que por la autovía. Antes de montarnos en el coche, Lau se fija en que tiene un rayón en su lateral. Parece reciente. Es reciente. El coche está aparcado al final de nuestra calle. ¿Quién puede haberlo hecho? ¿Por qué? Lau tiene su teoría. Aunque creo que tiene razón, intento tranquilizarla. ¿Se puede ser tan ruin?
Arrancamos. Lau dice en voz alta “Estoy intentando no enfadarme por lo del rayón”. Decide conducir por la carretera de la costa, que fue la carretera de la muerte. Hoy brilla el sol y las playas están llenas de bañistas; las cunetas, de coches aparcados. Un imprudente, que confía demasiado en sus endebles piernas, se lanza al otro lado de la carretera. Calcula bien, no tropieza y llega ileso. Confiamos demasiado en nuestra buena suerte. El 7 de febrero de 1937, Málaga fue tomada por el bando sublevado, bajo el mando del General Queipo de Llano, y más de 100.000 malagueños salieron atemorizados, en estampida. Los estaban esperando. Desde el mar y por aire. Encarna Barranquero, en su libro Población y Guerra Civil en Málaga: Caída, éxodo y refugio, calcula que fallecieron entre 5.000 y 7.500 personas. Siempre que viajamos por esta carretera no puedo evitar el contraste entre la belleza actual y el triste recuerdo. La carretera de la muerte.
Llegamos a Torre del Mar, lo atravesamos. Está vacío, digo. Hoy sí que es el último domingo de agosto, dice Lau. Sonrío. ¿Un chocolate con churros?, me pregunta cuando pasamos frente a la churrería donde una vez merendamos con nuestros sobrinos. Un poco más adelante, al pasar por otra churrería, digo Hay cola, hay gente esperando. Al final de Torre del Mar, en una rotonda, giramos a la derecha y vemos el cartel de Hospital. Según me dijo Mari Mar las pruebas las realizan en un carpa detrás del aparcamiento. Entramos en el aparcamiento y volvemos a salir. No hemos visto la carpa. Volvemos al aparcamiento. Hay una carpa junto a la entrada principal y hay un sitio para aparcar ahí mismo. Son las siete y diez, tengo tiempo de sobra para encontrarlo. Lau se queda en el coche, yo me dirijo a la entrada. Echo de menos despedirme de ella con un beso. Antes, hasta para lo más mínimo, nos despedíamos con un beso.

