Diario de un positivo
Envío 8. Viernes, segundo día de la cuarentena. 2/2
Lau vuelve frente a la puerta del despacho. Ha puesto en el descansillo, en una esquina junto a la barandilla, un taburete con un cojín, se sienta en él. Hablamos casi a cuatro metros de distancia, ella, con la mascarilla, yo parapetado detrás de la pantalla del ordenador. Una mala noticia: el encargado de las redes sociales de la clínica deportiva también está enfermo de COVID-19. Tiene náuseas y fiebre. Una buena noticia: Kasia, su compañera, con la que Lau estuvo tomando un café el lunes antes de saber el resultado, ha dado negativo. Alivio. Sé que lo que Lau siente ahora mismo es la más pura sensación de alivio. Todavía hay más: una de sus alumnas, a las que dio clase ese día, también ha dado negativo. Hice las cosas bien, dice frotándose las manos como si se las estuviera lavando. No me quité la mascarilla, me lavaba las manos antes y después de cada clase. Orgullo. Ahora es orgullo. Merecido. Ya ha escrito a su compañera para darle la enhorabuena en forma de aplausos, también ha llamado a su jefe para contarle lo que le han dicho del Servicio Andaluz de Salud. La empresa quiere hacerle otra prueba PCR antes de que se incorpore. Nos parece bien. Para tranquilidad de todos. Ojalá en todos los gimnasios lo hicieran. Ojalá lo hicieran todas las empresas cuyos empleados hayan estado enfermos. El aislamiento de catorce días es sólo orientativo, una regla genérica. Para unos será más y para otros, menos. Un médico de familia ha estado ingresado cinco meses en la UCI antes de poder volver a planta. Sus propios compañeros le hicieron un homenaje cuando el pasado día 21 lo consiguió. Él, emocionado, solo podía dar las gracias.
—Ha vuelto a llamar Mari Mar para decirme que si el domingo das positivo, podríamos hacer vida normal, de contagiados.
Sonrío. Pues sí. Eso sería lo mejor. Es posible que ya lo tenga y que no sean necesarias tantas precauciones. ¿Y si no? ¿Y si soy inmune? Una amiga de Lau le ha contado que una amiga suya se contagió y siguió haciendo vida normal con su marido. Incluso dormían juntos. Y él no lo ha pasado. ¿Cómo lo saben?, le pregunto. No acabo de entenderlo. ¿Se ha hecho él alguna prueba? ¿Y si lo cogió al final de la cuarentena, era asintomático y estuvo paseando el virus desde que salió de su casa? Jugamos con fuego.
—Tengo treinta y siete —dice Lau.
—Bueno, no se considera fiebre hasta treinta y siete y medio.
Intento restarle gravedad. Aunque me preocupe, tengo que parecer tranquilo.
—No hay paracetamol —dice.
Creo recordar que lo único que tenemos es ibuprofeno. Lau lo confirma.
—Ponte una serie o algo, relájate.
—¿Dónde?
—En el portátil.
Por su reacción, sé que ni siquiera se le había ocurrido. Porque para ella no es una alternativa tumbarse toda la tarde a ver series o películas.
—Voy a hablar con Greta de los alumnos —dice.
Trabajar la mantiene ocupada, la distrae, la hace sentirse provechosa. Así es ella. No puede estar sin hacer nada. Eso es lo que peor lleva. Cruzo los dedos. Que esto sea lo peor que tengamos que pasar hasta el ocho de septiembre.
Merendamos en el jardín, donde Lau ha instalado su oficina. Siento bochorno y le pregunto si ella también lo nota. Sí, ha entrado de repente. Busca en internet: estamos en alerta naranja por terral ventoso. En el valle del Guadalhorce alcanzarán los cuarenta grados que, con humedad, parecen más. En Málaga capital, treinta y nueve. El termómetro de casa marca treinta. Mastico un gajo de naranja que he aliñado con un chorro de aceite. Es el único recuerdo que tengo, agradable, de mi abuela paterna. A ella le gustaba prepararla así. Supongo que es algo típico de la provincia de Almería, de donde era su familia. Hoy puedo disfrutar de este sabor. Me gusta. La naranja resulta menos ácida con el aceite. Sabe más a tierra. Puedo saborearlo porque he perdonado. Porque esa parte de mi vida forma parte del pasado y está asimilada. Lo escribo porque lo creo. No le guardo rencor ni a ella ni a mi padre ni a ningún miembro de su familia. Estoy en paz. Quizá algún día me extienda sobre este pensamiento. En esto pienso mientras saboreo la naranja y una mariposa revolotea a Lau y se posa en la hiedra. Tiene las alas negras, con una linea naranja y tres puntos blancos en los extremos. Lau se vuelve y queda embobada, también, con su belleza. La mariposa permanece ahí, detenida, mueve sus alas a espasmos regulares, como si fueran los latidos de su diminuto corazón, el diapasón de una canción muda. Ha florecido la gitanilla, digo. Precisamente ha florecido la gitanilla que Lau tuvo que podar por completo porque se la estaban comiendo las orugas. Lau me cuenta entonces la historia del matrimonio que ya me había contado antes y yo no había acabado de entender. Él fue quien estuvo muy enfermo. Mucho. Pero no supo que había sido COVID-19 hasta que fue a donar plasma. Lau cree que fue en mayo. ¿Se podía donar plasma en mayo?, pregunto. No lo sé, dice, y continúa con la historia. Pues a ella le hicieron la prueba PCR y dio negativo. Y habían seguido durmiendo juntos, haciendo la misma vida. ¿Pero ella lo pasó o es inmune?, pregunto. No lo sé, responde un poco harta. ¿Y por qué le hicieron a ella la PCR?, ¿tiene enchufe? Tampoco lo sabe. No hago más preguntas.
Trabajo hasta las ocho y media. Lau está en el jardín, podando las flores muertas y marchitas. Le pregunto si le importaría que publicara lo que estoy escribiendo, este diario. Tendría que revisarlo, responde con malicia. Le escribo un mensaje a José María Loma, redactor jefe de La Opinión de Málaga. Me responde inmediatamente. Cree que sí. Entiendo que no son horas, que seguramente ya no esté en la redacción o, si está, que tenga otro millón de tareas más importantes. Le digo que lo hablamos cuando pueda. Me levanto de la tumbona y saco el romero. Durante la merienda, con el vuelo de la mariposa, me volví a fijar en él. Completamente marrón. Muerto. A pesar de lo grande que es, apenas tiene raíz. El suelo está encharcado por lo que es muy fácil de arrancar. ¿Lo habremos ahogado? Ya estaba aquí cuando compramos la casa. De entonces, sólo quedan los agaves attenuata, el galán de noche, el jazmín, el limonero lunero y el mandarino. El clementino lo saqué y hoy luce altivo en la maceta que hemos colocado junto a la alberca. Hemos plantado, de este a oeste: helechos, cintas, otro tipo de helechos, lengua de la suegra, una cala, otro jazmín, dos hibiscos en maceta que compramos en una tienda de cerámica de Lagos, un seto de margaritas comunes que marca el límite entre la grama y la corteza de pino. La corteza de pino cubre el suelo del limonero lunero y del mandarino y, donde acaba el pasillo, hemos delimitado el arriate con una celosía donde se enredan claveles, una gaura descomunal, una buganvilla rosa que también se pelea por su cuota de valla contra la hiedra y las ramas del galán. Margaritas africanas, verbena, clavelinas, un pelargonio, una gitanilla, alisum (una tapizante de flores blancas y menudas de la que siempre olvido el nombre), el hueco del romero, como un diente mellado, un agujero al que el resto de plantas todavía no se ha acostumbrado y no se atreven a colonizar. Hay otras plantas aromáticas: salvia, dos tipos de lavanda, tomillo. Otra gaura, la que ha sobrevivido de las dos que transplantamos a esta zona y un agave attenuata o cuello de dragón, en realidad dos, porque uno de los hijos lo transplantamos más allá, buscando el equilibrio. Esto es la última zona que hemos definido del jardín. Ahora termina en un lecho de canto rodado, blanco, y un metro más allá se levanta la alberca. Hemos puesto una cascada de acero inoxidable con el tubo y el cable eléctrico oculto en la pared. Tenemos un pequeño problema: la alberca pierde agua por la arqueta donde está la bomba que mantiene el agua en movimiento. Espero que podamos solucionarlo durante la cuarentena.
Cenamos crema de calabacín. Para los dos, basta con uno de los calabacines, enormes, que nos regalaron Fito y Sonia cuando estuvimos en Cobos. Me bebo la última cerveza Alhambra 1925, la de la botella verde. Lau me cuenta que a Raquel, su hermana, le han derivado a la Seguridad Social. Por lo visto, Adeslas no hace pruebas PCR. Asombrado, pregunto ¿En serio? Sí, responde. Creo que debería llamar a su centro de salud. Dudamos que lo haga, que persevere como Lau lo ha hecho hasta conseguirlo. Disfrutamos del silencio. Sigo sin creérmelo: vivimos en una urbanización de chalets adosados. Creía que esto era un privilegio para los que vivían en chalets independientes. Prejuicios. Viernes por la noche, son las diez y media, y Lau y yo nos callamos adrede para escuchar el sonido del mar a lo lejos. Solo el mar. El viento que juega con las ramas altas del galán y enreda sus sombras. A pesar del calor, a estas horas estamos a treinta grados, algo inaudito, seguimos conversando. Hablamos de Mari Mar, hablamos de cómo gestiona cada uno sus miedos. Precisamente por esto, no nos metimos en casa de nadie durante nuestro viaje a Galicia, reconoce Lau. Ha cambiado de idea y ahora no se arrepiente de haber hecho el viaje. Está convencida de que se ha contagiado, nos hemos contagiado, al regresar. Aquí. Hablamos de la responsabilidad. Puedes creer en lo que quieras, pero no puedes poner en riesgo la salud de los demás. Puedes pensar que eres inmune, que ya lo has “pasado” y que no vas a contagiar a nadie, pero una cosa es lo que tú piensas y otra, la realidad. Al contrario de lo que creemos, pocas veces coinciden. Tus actos siempre tienen consecuencias y, la mayoría de las veces, somos incapaces de preverlas. Por eso hay que extremar las precauciones.

