Diario de un positivo
Envío 1. Lunes, 24 de agosto de 2020
Lunes, 24 de agosto de 2020.
Lau y yo regresamos de Galicia el viernes. Todavía están aquí Raquel y Mar. Se ha unido Tania, otra amiga suya, también profesora. He pasado el fin de semana cocinando y leyendo. Feliz. Ellas han estado en la playa casi todo el día. O durmiendo. También durmiendo en la playa.
Dos de ellas están enamoradas. Me gustaría decirles que aprovechen el momento, que esa sensación de omnipotencia y superioridad también desaparecerá. No porque sea un cenizo, me gustaría decírselo para que sean conscientes del momento que están viviendo. Dentro de un año, cuando volvamos a vernos, su relación habrá cambiado, evolucionado. Al igual que ellas serán otras.
Los enamorados, sean de la edad que sean, tienden a comportarse como adolescentes.
A veces, se escucha reír a alguna de ellas por la casa. De forma indiscriminada, en la habitación de invitados, desde la cocina o el salón, una de ellas echa a volar una ristra de carcajadas. Es fácil saber quien es la propietaria. Las paredes de esta casa son como todas las paredes: indiscretas, delgadas y convierten las conversaciones en susurros. Son las exclamaciones, y las risas, lo único que escucho con nitidez de un piso a otro.
Volver a casa, al jardín, ha supuesto el reencuentro con el silencio. La serenidad. Telma. Un silencio que nunca puede ser absoluto. Nunca imaginé que en una urbanización de chalets adosados, idénticos y anodinos de interés variable —arquetipo del sueño burgués de conseguir una segunda residencia, reconvertido por el sistema neoliberal en vivienda habitual en la periferia de una ciudad cuyo centro ha sido transformado en el escenario del ocio diurno y nocturno de los turistas— pudiera habitar el silencio. Lo reconozco. Es cierto. Eliminando momentos puntuales, tengo el privilegio de vivir en el silencio. Uno no es consciente del ruido hasta que lo abandona. El peligro del silencio es que nunca permanece callado. Pregunta. La antigua propietaria no estaba de acuerdo con esto. Ella definió la urbanización como “un cementerio viviente”. Ahora que cumplimos dos años aquí, yo lo definiría como un lugar tranquilo excepto los meses de julio y agosto.
El domingo, ayer, Lau y yo bajamos a bañarnos a primera hora de la mañana. Era tan temprano que no había nadie en la playa. Le dije a Lau que por fin era el último domingo de agosto, que pronto se irían todos los veraneantes y recuperaríamos la calma. Me sacó de mi error. Este no es el último fin de semana, me dijo, falta otro. Intentó consolarme con que el próximo fin de semana ya estarían todos pensando en hacer las maletas, pero no la creí. Para lo bueno y para lo malo los bañistas de Benajarafe y alrededores residen en la provincia de Málaga. Incluso los guiris. No deberíamos contarle a nadie más lo bien que estamos aquí, bromeé. Pues empieza quitándolo de tu biografía, contestó. No pienso hacerlo. Aquí el crimen se ha cometido a menor escala. Al contrario que su hermana, la costa occidental malagueña, no ha sido invadida por el ladrillo y la tiranía del desarrollo turístico. Nos quedan bancales sin invierno donde se cultiva el mango y el aguacate, huertas que desembocan en bahías de boquerón, sardina, pargo y gamba. Este lugar del mundo, la costa de la Axarquía, es todavía una costa verde huerta que se estrella contra el azul mediterráneo, festoneada por Torres Vigías.
Por la tarde, empecé Porque olvido, los diarios de Álvaro Valverde poeta extremeño al que desconocía. Me bebí su año 2005 después de una película mediocre de Netflix (hemos decidido darnos de baja) y antes de empezar Bienvenida a casa de Lucia Berlin (cuidado con la tilde). También es un libro autobiográfico. Berlin comenta, por orden cronológico, las casas donde ha vivido. Ambos libros, y otro de Handke y otro de la editorial Maldita cultura, los compré en la librería La industrial de Zafra. Anoto esto porque no sé si algún día desarrollaré los apuntes del viaje a Galicia.
¿Cuánto tiempo necesito para llevar a cabo todos mis proyectos?
Para este curso que empieza hoy, me he propuesto ser más selectivo. Si quiero seguir con el ritmo de leer dos libros a la semana para la escritura de la reseña y el artículo de La Opinión de Málaga, leer noticias, reportajes y libros sobre el tema que esté investigando, escribir este diario (no me gustaría abandonarlo ahora) y el libro de ficción o no ficción que decida abordar, debo imponerme un horario y reducir el tiempo que le dedico a las redes sociales y otras tareas que tienen más que ver con el marketing. Por otro lado, además del sopor que me producen, cada vez más, empiezo a dudar de su efectividad.
Esta mañana me levanté a las siete, auspiciado por los maullidos de Telma que, nada más escuchar el despertador, acudió a darme los buenos días. He empezado a corregir, dar los últimos retoques, a Héroes. El plazo para el Premio Edebé termina el 15 de septiembre, tendré ningún problema para terminarlo. También quiero revisar Yolanda y presentarla al Premio Málaga de Novela. Termina el 1 de septiembre, pero se tiene que presentar a través de la página web del Ayuntamiento. Es un alivio. De tiempo y de dinero. Siempre es un engorro preparar las copias, encuadernarlas y enviarlas por Correos. Siempre te queda la duda de si habrá llegado. Y sale bastante más caro.
He retomado el ritual de la escritura, el desayuno, el saludo a las abejas, su murmullo laborioso alrededor y por dentro del, ahora, inmenso jazmín que huele todavía al amanecer. He barrido el patio y borrado los cientos de correos electrónicos que no servían para nada. Boletines y otras informaciones caducas. He hojeado los periódicos, leído alguna noticia que parecía interesante y luego estaba vacía. La actualidad es un mar donde es difícil pescar algo significativo. Los intereses de unos y otros marcan los titulares de cada medio y la objetividad no aparece ni entre líneas. Como el sentido común. O el criterio.
Termino el verano con la sensación de que todo el mundo se dedica a opinar. Aunque he aprendido a llevar conmigo el silencio, sucede como con una bocanada de aire: el oxigeno, tarde o temprano, se acaba consumiendo y tienes que volver a llenar los pulmones de sosiego. Uno puede ser paciente cuando sabe que le espera la calma. La seguridad del silencio. Hasta el más desinformado, incluso el que se jacta de no leer nunca las noticias, cree saber de lo que está hablando. En estos casos es mejor callar. Asentir. Escuchar. Nunca rebatir. ¿Para qué? La mayoría de los argumentos se construyen a partir de prejuicios, sensaciones y la experiencia personal. Pocas personas tienen en cuenta el contexto y los hechos. Porque los desconocen. Siento pena (elijo esta palabra al final, pero durante el paseo del sábado no fui capaz de decidirme si la palabra era pena, lástima o desdén), siento pena porque hoy, gracias a internet, tenemos acceso a esos hechos, información que no necesariamente tiene que llegar en forma de noticias precocinadas al calor del anunciante, pero no empleamos el tiempo necesario en su recolección. Es la época del Meme, del titular. Basta una chispa, en forma de comentario, para disparar un debate que no conducirá a ningún lado. Entre otras cosas porque ninguna de las personas que participan en la conversación tienen la posibilidad de cambiar la situación. Hablar por hablar. Una perdida de energía considerable.
Fuimos a comer, todos, Lau, Raquel, Tania, Mar y yo, al Restaurante La plata Casa Matilde. El arroz con carabineros sigue siendo mi plato preferido. Exquisito. Y las berenjenas fritas, las mejores que he probado en toda Málaga. También pedimos de entrante gambas de la Caleta de Vélez. Lau contó que ha empezado con muy buen pie su regreso. A pesar del COVID-19, tengo la sensación de que este va a ser un buen curso. Por primera vez, tengo la sensación de estar en el sitio adecuado. Y no me refiero a mi lugar de residencia. Aunque supongo que también ayuda.
Acabo de enterarme de que hoy sería el cumpleaños de Borges. He estado a punto de enviar un mensaje capcioso a algunos de mis alumnos.


