Canto yo y la montaña baila
Recordamos la lluvia. La recordamos sobre la piel, sobre el sombrero oscuro de las que la recibían. Hummmm, le decían. Hummmmm, y se la bebían. Antes. Hummmmmm, decíamos, hummmmm, la lluvia. Y nos la bebíamos. Nos la bebíamos con las trompetas elásticas que teníamos antes. Nos la bebemos con las trompetas negras de ahora.
Nos la beberemos con la boca firme, oscura, abierta que tendremos después. La lluvia dice pin, pin, pin. La tierra se la traga. La lluvia dice pin, pin, pin. Nosotras nos la tragamos. La lluvia viene de sitios y sabe cosas. Se está bien aquí abajo. Se está bien en este bosque. En este trozo de tierra. En este trozo de mundo. La lluvia nos despierta, un despertar fresco y renovado. La lluvia nos hace grandes, nos hace crecer. ¡Hermanas! ¡Amigas! ¡Madres!
Tenía mucho miedo de programar este libro en el Club de Lectura Medioambiental de la Universidad de Málaga. Encantó. Menos mal. Ana Álvarez —la persona que creyó en este proyecto y me da rienda suelta, me trae y me lleva en coche y me empuja a salir de mí, me invita a un taller culinario donde cocinamos algo llamado “ajo social”— no sabe lo que me cuesta todo esto. El miedo. Al rechazo. Una novela. Canto yo y la montaña baila está muy bien escrita. De esa manera. Cada capítulo un punto de vista distinto, un campo semántico propio, una sintaxis diferente. Todos juntos son las piezas de un puzzle que vamos creando sin saber cual será el resultado final. Ese capítulo, imprescindible, que podría ser algo autónomo, independiente, un relato que cobra mayor significado cuando lo relacionamos con los anteriores. Un lío. Literatura. ¿Medio ambiente? También. Ficción. Sí. Un libro exigente, por supuesto, porque no todo va a ser Netflix en la vida. Por mucho que el mercado se empeñe en netflixear la literatura, hay un puñado de autores ahí afuera que todavía se atreven a arriesgar y, aunque todos somos productos de nuestro tiempo, son los que se mantienen en el margen, al borde del precipicio, los que marcan la diferencia. Es fácil aceptar la llamada del mercado. Rebajar las expectativas y, una vez creada la marca (un escritor también lo es, una marca), convertirse en una máquina de hacer dinero (el poco dinero que se puede hacer en esto de los libros y sus aledaños). Dejar de arriesgar. Limitarse. Repetirse. Bajar el listón. Me temo que la mayoría de las veces esto se produce por un fenómeno de autocomplacencia. ¿Hastío? Pero esto ya no tiene nada que ver con Irene Solá ni su novela Canto yo y la montaña baila. He llegado hasta aquí, acabo de darme cuenta, pensando en esa otra novela que he leído recientemente (en realidad, ni siquiera la he terminado, aunque lo haré). Más pistas. Me la regalaron en un instituto y viene firmada por uno de esos autores que escriben bien, muy bien, tan bien que se pueden permitir escribir lo que quieran. Y publicarlo. Un escritor que también empezó publicando poesía y, ahora, catorce novelas después, ocho libros de cuentos, tres ensayos, siete libros de poesía, lanza al mercado un nuevo producto cuyo título es un nombre propio. Que seguro, no pienso buscar el dato, está arrasando en librerías, ha sido lo más comentado en la Feria del Libro de Madrid. ¿Qué necesidad? Con lo bien que tú cocinas, FA, ¿por qué te conformas?
—El mundo, ahora, quiere hamburguesas.
Es cierto, incluso yo, una vez al mes disfruto del sabor inmundo de un Whopper. Ese toque, se supone, a pepinillo. Y están las hamburguesas de autor, esas que cuestan el doble o incluso más porque, dicen, están hechas con carne de angus y pan de masa madre. De acuerdo, también las tomo. Alguna vez. Y pizza, de la peor, en un centro comercial.
Pero es comida rápida. Chatarra.
Y mira que no me gusta la analogía porque no hay nada más elitista y superfluo que la cocina de autor. Esfera de AOVE con pompa de oliva en su interior. Creo que se entiende. Aunque no se entienda del todo.
Estoy seguro de que Irene Solá (o su agente) han recibido un montón de proposiciones para firmar la próxima hamburguesa. Con su nombre. Ojalá su próxima novela sea un bocadillo. O mejor, unas lentejas. Lo leeremos.
Ayer tuvimos el último encuentro del Club de Lectura de Medioambiente de la Universidad de Málaga. Compartimos lo que cada uno habíamos sentido sobre Canto yo y la montaña baila de Irene Solá, una maravilla de libro, original, auténtico, irrepetible. Arriesgado. Nos deseamos feliz verano y quedamos para octubre. Todavía no tengo ni idea de qué lectura compartiremos entonces. Ahora toca estar con mis gatos, leer, dibujar gatos, leer, hacer ejercicio, leer, tocar el piano, cocinar para Lau, escribir alguna linea, intentar llegar donde antes no he llegado, leer, ver crecer a Piter y dar las gracias a Simba porque ha abandonado la pose de rey magnánimo para convertirse en el hermano mayor, juguetón y paciente, de este huracán de kilo trescientos gramos. Y subiendo.
Toca vivir. No hacer nada. Estar sin estado. Ser.
Para contarlo.
Después de todo lo que acabo de decir, el principal y único motivo por el que Canto yo y la montaña baila de Irene Solá debería pasar a la historia es por ser el primer libro que mordió Piter.


