Atlántico
Empecé a escribir esta novela, es cierto, hace más de veinte años. Cuando nos mudamos a Galicia. Al principio, iba a ser un documental. No conseguí que nadie lo produjera. Y la historia se quedó agazapada hasta hace un par de años, 2024, que decidí volver a escribirla. Con vistas al Mediterráneo. Acababa de terminar Código 9 y, quizá por eso, Atlántico es como es. Aunque podía ser de otra manera.
He encontrado la primera prueba de narrador que hice. Todo lo contrario a lo que acabó siendo. El título en aquel momento era El mar no siempre es azul. Esto es lo que escribí:
Me llamaban Neno y con Neno me quedé. Hace mucho tiempo que dejé de ser un niño y me lo siguen llamando. Neno. Ni me gusta ni me disgusta. Es lo que hay. ¿Eso se sigue diciendo allí? ¿Cuánto tiempo hace que me marché? Ni idea. Pero un día me fui. ¿Para qué iba a volver? No se me ha perdido nada allí. ¿En qué televisión dices que trabajas? Ah, sí, independiente. Pero en algún sitio sacarás esto luego, ¿no? En Televisión Española. OK. Sí, claro que veo la tele. ¿Qué otra cosa se puede hacer aquí?
Leer no es lo mío. Pero, ¿tú quieres que hablemos de lo que pasó entonces o de lo que hago ahora? Ya, el contexto. Pues no, no leo. Aquí tenemos todos los canales y así estamos entretenidos. ¿Te vale así?
Eres el primero que me pregunta por aquello. Han pasado treinta años. El año que viene. ¿Es por eso? ¿Por el aniversario? Manda carallo. Acabo de darme cuenta. Osea que ahora se cumple el treinta aniversario y por eso crees que te comprarán el documental. Ojalá tengas suerte. Yo creo que ni así. A nadie le importa lo que pasó. Como mucho sacarán unas imágenes en el telediario. Pero nadie quiere saber la verdad. Yo creía que esto sucedía solo en nuestro país, pero qué va. Pasa en todos lados. Mira que he viajado por el mundo y en todos sitios igual. No importa que estés salvando focas en Holanda o ballenas en el Ártico. Estuvimos en un vertido en México, intentamos movilizar a los pescadores de allí. Lo mismo. Te digo yo que quizá sea lo mejor. Para los veinte años que nos quedan de planeta, sería mejor vivirlos a la bartola. ¿Qué no?
Y tú queriendo hacer un documental. Quizá tengas los contactos que hay que tener. Ojalá. Yo escribí un libro, ¿lo sabías? Qué va, quién va a querer publicarlo. Y lo de la autopublicación me da mucha pereza. Yo no soy de estar todo el día metido frente a un ordenador de esos. Prefiero estar fuera, al aire libre. No soporto esos trastos. Así me va. Claro que lo uso, pero no aguanto todo el día ahí metido. Tenemos nuestros perfiles y publicamos lo que hacemos, pero no sé si sirve para algo. Muchos Me gusta, pero pocas donaciones. Cuando a la gente le tocas el bolsillo… O el tiempo. Yo no sé qué tienen que hacer, de verdad. Pasa con algunos compañeros. A mí no me importa que pierdan el tiempo, pero no pueden faltar a sus obligaciones.
¿Quieres que te hable de mi libro? Es una chorrada. Sí, claro, no leo, pero escribir es otra cosa. Te sientas delante del ordenador y sueltas tus recuerdos. Esa no fue la parte más difícil. Una vez que ya lo has contado todo, tienes que corregirlo. No tengo paciencia. Ya te lo he dicho. Se lo pasé al compañero que lleva las comunicaciones, que hizo periodismo, y me dijo que estaba bien, pero que había cosas que no se entendían del todo. Que repetía muchas palabras. Pues si es que yo hablo así, le dije. Claro, yo no he estudiado una carrera, pero no creo que solo puedan escribir los que lo han hecho, ¿no? Además, ¿qué importa? Nadie va a querer leerlo. ¿A quién le importa lo que pasó? Ya nadie se acuerda. Total.
Yo soy el neno, el que se encontró al Alemán muerto. Por eso es por lo que estás aquí. Sí, fui yo. Una mañana de diciembre de 2002 fui a buscarle a su casa y estaba muerto.
Nada que ver. No sé en qué momento decidí dividirlo en tres partes, ni cómo llegó a suceder que las historias de Man —un hombre que ha encontrado su lugar en el mundo—, Lois —un adolescente que necesita escapar de ese lugar— y Yolanda —que pasaba por allí— confluyeran. Ni idea. Recuerdo poco más allá de lo que dejé escrito. Y publicado. Esto fue en octubre de 2006.
Man, el Alemán de Camelle
No fue la imagen de un refresco con burbujas, ni un modelo a seguir; cuesta imaginarse a un niño diciendo que de mayor quiere ser como el Alemán de Camelle. Vivimos una época de consumo inmediato, compulsivo: antes de terminar de pagar el coche, ya estamos pensando en cambiarlo; recién estrenada la hipoteca, nos vamos de vacaciones lejos, lo más lejos posible. Es difícil imaginarse a una persona que renuncie, mejor dicho: que se atreva a renunciar a todo esto y se dedique a caminar por la playa, vestido con un taparrabos, haciendo esculturas con los objetos que encuentre. El Alemán de Camelle lo hizo: vivía en una pequeña casa construida por él mismo a orillas del Atlántico, en un pequeño pueblo pesquero al que llegó en 1962. Entonces se llamaba Manfred Gnädinger y tenía el aspecto de “un turista alemán, bien vestido y elegante”.
La primera palabra que se nos ocurre para definir a una persona que se comporta de esta manera es loco. Los que le trataron reconocen que era huraño, tosco y que apenas hablaba. “Te entregaba una libreta y te pedía que dibujaras lo que te apeteciese, eso sí, no te perdonaba las cien pesetas”. Con el tiempo, en los años ochenta, fueron muchas las personas que se acercaron hasta Camelle para visitar ¿el museo? ¿la obra? ¿al loco? y dejaron sus dibujos en las libretas que hoy se amontonan en un almacén del ayuntamiento, junto a los aforismos que Man escribió. Se cuestiona (una universidad lo está valorando) la calidad artística de su legado. Volvemos a la pregunta: ¿era el Alemán de Camelle un loco?, ¿un artista?, ¿un anacoreta?, ¿un ermitaño?
Cuenta la leyenda que fue un desengaño amoroso lo que propició la transformación. No se ha vuelto a saber nada de aquella maestra. Ahora, casi cuatro años después de su muerte, son muchas las preguntas que todavía quedan sin respuesta y poco lo que queda de Man. La desidia institucional y el expolio han convertido la casa del Alemán en una ruina. “Todos los papeles que se encontraron fueron trasladados a las dependencias municipales” y escondidos en cuarenta y cinco cajas. El Alemán murió de una mezcla de vergüenza y pena (llamada Prestige) y una afección cardiaca. Tenía 120.000 euros en una cuenta bancaria y su hermano los cedió para que se mantuviese el “museo”, pero nada se ha hecho con ese dinero que, en breve, pasará a engrosar las arcas del Estado. No deja de ser paradójico.
Podemos seguir hablando, exigir a los políticos que hagan algo (todos, sin importar el color de su traje, querrán salir en la foto), podemos, incluso, debatir si era un loco o un artista, pero sólo una cosa es segura: Man ya no está con nosotros. Y el día que murió, una pequeña parte de nosotros (la que cree que otro mundo es posible) moría con él.
Queda claro por lo que me interesa este personaje. Un anacoreta en el siglo XXI. Aunque lo del siglo XXI fuera por los pelos: murió en 2002. Ni siquiera pensaba entrar en el debate de si era un artista o no. Me intrigaba la otra parte, la humana: ¿por qué alguien renuncia a todo para vivir como vivía Man, el Alemán de Camelle? La primera respuesta que encontré fue “por amor”. Mejor todavía “por desamor”. Porque su amor no había sido correspondido. Al romántico que yo era entonces, le fascinó aquella idea. Mi imaginación empezó a volar. Yo todavía no había publicado ningún libro, escribía y soñaba con que algún día me ganaría la vida contando historias. Me quedaba mucho camino por recorrer hasta el lugar donde estoy ahora. A mil kilómetros, en la otra punta de España. Mucho por aprender. Más de una decena de novelas publicadas, un libro de poemas. Quizá por eso me atreví a empezar esta novela. Sin rumbo. A ciegas. Porque el mar no siempre es azul. Y el fracaso siempre es una posibilidad.
Llegamos a Galicia, en concreto a A Coruña, en 2003, un año después del desastre del Prestige. Que este desastre y la muerte de Man estaban relacionadas, yo no lo sabía todavía. En aquel 2003, en la playa del Orzán todavía podía encontrarse chapapote. Eran como grumos, del tamaño de una chapa, de arena negruzca. Supongo que esa era su composición: arena y el engrudo que fuera que transportaba el Prestige.
Laura había conseguido una plaza como bailarina en el Ballet Galego Rey de Viana y yo tenía dinero ahorrado para sobrevivir un tiempo mientras decidía qué hacer para ganarme la vida. ¿Dar talleres? ¿Escribir un bestseller? ¿Trabajar como guionista? En aquella época ni se me había ocurrido que pudiera escribir una novela juvenil. Todavía no había conocido a Fernando Marías. Yo quería escribir libros, llevaba años participando en talleres de escritura, pero no había aprendido cómo se hacía. Juntaba letras que formaban palabras y estas se agrupaban en párrafos pero no conseguía mantener la trama más allá de unas pocas páginas. Era capaz de crear escenas, más o menos ajustadas a la realidad, a partir de la realidad, pero una novela me parecía imposible. Por eso, un documental.
Me estoy alargando demasiado y me temo que no te quedarán fuerzas para leer ni siquiera las primeras páginas de Atlántico. ¿Cómo resumir veinte años en poco más de tres páginas? ¿Cómo contar todo lo que uno ha intentado transmitir en una novela? La novela más bella que he escrito. Quizá el siguiente párrafo, arrancado del capítulo 82, iluminé este aspecto.
No sé si aquel fin de semana marcará un antes y un después en la Historia, pero en la mía, con h minúscula, estoy convencido. Si Yolanda no hubiera sido Yolanda, si cualquier otra persona se hubiera alojado en mi casa aquel fin de semana, quizá ni nos hubiéramos dirigido la palabra, hubiésemos sido dos personas más, anónimas, en aquella marea blanca de ilusión que me gusta recordar como una toma de conciencia de la sociedad española. Si nos movemos, todos a la vez, en la misma dirección, las cosas pueden cambiar. Tenemos un poder del que todavía no nos hemos dado cuenta. Un hombre solo, como Man, puede llegar a influir en sus vecinos, pero necesita de otros, en este caso turistas, la mayoría curiosos y descreídos, que sólo buscan hacer la gracia, para que su mensaje transcienda.
Un hombre solo. Una persona. Frente al grupo, organizado, en pro de un objetivo común. Si Man hubiera conseguido movilizar a todas las personas que pensaban como él, si hubiese contactado y convencido a un grupo de personas que, como él, pensaran que no era necesario construir un dique de abrigo para el puerto de Camelle, quizá hubiera conseguido detenerlo. Pero Man había decidido luchar por su cuenta, hacer la guerra él solo. Una persona no significa nada, aunque puede resultar muy significante. La historia se encarga de focalizar en un rostro, una personalidad, la transcendencia, pero el éxito no es de esa persona, sino de sus partidarios, de las personas sobre las que esa persona consiga influir. Locos como Julio César, Napoleón, Hitler o Donald Trump no existirían sin sus ejércitos, movilizados con el beneplácito del estado y, en mayor o menor medida, de la sociedad a la que representaban. Mandela, Ghandi, Luther King no habrían transcendido si no se hubieran dado a conocer a través de sus miles de seguidores.
De nosotros depende que gobiernen unos u otros.
Puedes leer las primeras páginas de Atlántico aquí.
Esta es la playlist con la que escribí la novela.


