Quedo con Félix J. Palma para comer. No le importa entrar en un centro comercial así que quedamos en la estación de autobuses y, de allí, al Larios. Llegamos pronto y está casi vacío. Nos sentamos en el 100 Montaditos y nos levantamos sin haber pedido nada, horrorizado por el nuevo sistema para pedir. Digo “nuevo” porque Palma me dice que es nuevo. Yo nunca he pedido en un 100 Montaditos. Creo que estuvimos una vez (era un local de estos, ¿verdad?) y pediste tú. Todo lo que elegiste me supo igual así que, en el fondo, me alegro de que nos levantemos y vayamos a otro sitio.
El pasillo se alargaba más y más a cada paso que daban, amenazando con volverse interminable si no paraban. Sus paredes fluctuaban: ahora parecían tan altas que se perdían en una cúpula catedralicia, y al instante siguiente el techo parecía cernirse sobre ellos como la tapa de un ataúd. En su deambular, se iban cruzando con otras personas, operarios atareados o simples curiosos que no sabían qué función tenían allí. …

