| Para enamorarse de José Manuel sólo necesitó ver la portada de su libro. Primeros de septiembre es la mejor época para empezar un sueño. Al leer el título, que tiene la textura del grito de un obrero al culo de una rubia tres pisos de andamio más abajo, se ha sentido empapada, con ganas de dar la vuelta al libro y que los ojos de la fotografía de José Manuel vean el estado de su coño (húmedo) al final de sus dos contorneadas piernas de gimnasio. Hora y media, tres días por semana. Carmen sale de la librería que le ha recomendado un conocido (un don nadie que hace un programa sobre libros a las horas en las que sólo se ve la televisión buscando sexo o clásicos en blanco y negro). Anda por la calle Mayor con el libro junto a su estómago, pero ella se ve paseando de la mano de su autor. Ya siente las miradas de envidia, imagina el romance, la boda, la exclusiva. En una boca de metro de la Puerta del Sol, entre aromas de napolitana y croissant, una vieja mendiga sostiene una bolsa de plástico donde se arremolinan más pelusas que monedas. Carmen decide compartir su dicha con ella. El vigilante jurado, que hasta entonces era un macetero con porra, le advierte: "Señorita, no la dé nada, que se lo va a gastar en lo mismo que la pensión." La anciana tiembla al pensar en que Carmen le haga caso, y sonríe mellada al ver el tintineo del plástico con la moneda. Da la buenaventura a la generosa presentadora de televisión y maldice, en una mirada de soslayo, al simpático mercenario. El apartamento de Carmen tiene cada estancia pintada de un color y la cama grande y llena de peluches. Tumbada entre ellos, empieza a leer. Una pelirroja. -es lo que está de moda, piensa, ahora todas corren a teñirse de desinhibidas, con fóllames tatuados en los pómulos, y el culo ceñido dentro de un pantalón para hacer ver que vale para mucho más que ser admirado. ¡Frívolas!- La protagonista del libro, la PELIRROJA, se equivocaba y tenía un hijo con UNHIJODEPUTA, que, a los seis meses, se levanta y decide que su matrimonio es una mala digestión. Hace las maletas y se larga con una COMPAÑERA DE TRABAJO, quince años más joven, con quince veces más tetas y con quince veces más ganas de follar. Al poco tiempo, este tipo acaba por darse cuenta de su error y se vuelve a fugar, esta vez, con una CIEGA a la que compraba el cupón todos los días. El libro estaba saturado de polvos sin sentido, lleno de descripciones profundas y húmedas y, como no, de corridas siempre exteriores. El final le resulta ridículo e inverosímil. Ella no acaba de ver a esa utópica pareja haciéndose vieja en un parquecito donde la hierba no crece, y los árboles, cuando llega el otoño, dejan caer sus ramas y no sus hojas. Demasiado poético. Además, las últimas cien páginas le parecen aburridas -a casi todas las novelas le sobran cien páginas- y sin embargo todavía tiene en la boca el sabor de aquel título. Suficiente. Cierra el libro y mira la foto de José Manuel. Al lado, la biografía inconclusa. La fecha de su nacimiento separa los pliegues de su coño, la ciudad que le vio nacer mete la lengua en su oído. Carmen apaga la luz de la mesilla mientras siente el beso de sus primeras obras. Se coloca el libro entre las piernas, y se ahoga con las letras que la han encendido. |